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Miércoles, 01 de Abril de 2026

Actualizada Miércoles, 01 de Abril de 2026 a las 18:21:28 horas

Colaboración

La gran duna de Playa del Hombre

Reflexión de José Manuel Espiño Meilán, profesor, ecologista y escritor

JOSÉ MANUEL ESPIÑO MEILÁN Miércoles, 01 de Abril de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Miércoles, 01 de Abril de 2026 a las 18:21:27 horas

Dedicado a los habitantes de las arenas, a las plantas y a los animales  capaces de adaptarse a un sustrato inestable y cambiante.

 

Hacía tiempo que quería hablar de ella, mucho tiempo.


Hacía tiempo que venía observando su desarrollo, día a día, mes tras mes, un año tras otro.


Y ahí se encontraba ella, solemne y silenciosa, a sabiendas de su callada fortaleza, conocedora del trabajo que los alisios, los constantes vientos del nordeste, realizaban con sus arenas.


Recuerdo yo, cuando joven, tal vez aún adolescente, que poco sabía de dunas más allá de lo aprendido en la clase de Geografía. Es tan nítido el recuerdo que parece que estoy escuchando las palabras de don Tarsicio: -las dunas costeras son montículos de arena que origina el viento al transportar estas partículas tierra adentro.


Recordaba también los tipos de dunas que había explicado: fijas y móviles. Las primeras, según sus conocimientos, las fijaba la vegetación arbustiva y arbórea y las móviles seguían avanzando mientras no encontraran un elemento estático que detuviera su marcha. Nada más habló de las dunas. Los alumnos de tierra adentro jamás habíamos visto duna alguna. Sí, en cambio, ríos, valles, montes y montañas que él consideraba más importantes para nuestra formación.


Mi primer encuentro con dunas aisladas lo tuve en la isla de Gran Canaria y, en concreto, en el municipio de Telde. Me cautivó tanto como me sorprendió la adaptación de algunas plantas y pequeños animales a vivir en aquel sustrato arenoso tan inestable como cambiante.


No en vano, como docente, lo consideré una parada pedagógica obligada en el conocimiento del litoral teldense. Tanto fue así que las actividades y visitas periódicas a este espacio culminaron con una publicación que vio la luz en el año 1987. Su título: “Sendero ecológico por los arenales deTufia”.


Treinta y cinco años más tarde, otro recorrido por la costa teldense aparece plasmado en otra publicación: ”El arte de caminar y el placer de sentir”. Aquí se trataba de transitar y disfrutar todo el litoral municipal, desde el barranco de Jinámar hasta el barranco del Draguillo. Pues bien, en la publicación se registran los vestigios residuales de los importantes arenales que en el pasado cubrían toda esta costa, verdaderos campos de dunas esquilmados sistemáticamente por la acción del ser humano. 


Traigo esta publicación a colación por un párrafo que redactaba cuando preparaba la publicación, en ese fructífero tiempo que uno dedica a observar, conocer, explorar e investigar.


“La subida por la escalera que nos permite salvar el desnivel del cantil nos confirma la potencia de la enorme duna que se ha ido formando con el paso de los años, al pie del Paseo, ocultando progresivamente la parte baja del acantilado. Larga y alta, la montaña de arena está viva y su avance, aunque a simple vista sea inapreciable, es constante. Es innegable que algún día alcanzará la altura del acantilado. Puede que no lo vea, pues el tiempo del ser humano sobre la tierra es breve, pero pasarán unas decenas de años y se podrá acceder a esta playa sobre un mar de arena. Entonces, bajo ella, el acantilado permanecerá sepultado”.


Así reflexionaba yo a mi paso por la playa del Hombre, no hace más de cinco años. Recuerdo que, como puede observarse en la serie de fotos adjuntas, le restaba a la duna entre cinco y ocho metros de distancia para alcanzar el muro del Paseo y un desnivel en altura cercano a los dos metros.


Pero el año pasado, dos mil veinticinco, las periódicas visitas y la serie de fotografías que realizo periódicamente en aras a constatar el crecimiento y la evolución de la gran duna, me sorprendieron sobremanera.


Apenas en cinco años el frente de la duna había cubierto una parte de la base del acantilado y a punto estaba de llegar al muro que preservaba el Paseo Marítimo.


Ayer, al igual que muchas mañanas de este mes de abril, volví a transitar por el Paseo. La duna había alcanzado el muro y comenzaban sus arenas a desbordarlo. Sobre el paseo, arenas negras procedentes de aquella enorme masa arenosa, arrastradas por los fuertes vientos de las últimas borrascas comenzaban a cubrir las losetas del camino. No me extrañó ver a varios operarios de Limpieza barriendo el paseo y cargando y vaciando, de nuevo sobre la duna, los cubos de arena recogidos de la que invade el Paseo cada día, con la ayuda de los vientos reinantes. 


Me acordé entonces del mito de Sísifo y supe que este era un ejemplo de cómo el castigo del dios Zeus, podía traducirse en una dimensión humana, a la vista de este trabajo tan inútil como repetitivo. 


Recordé entonces como el Paseo Marítimo que bordea la playa de La Laja presenta la senda cubierta de arena en una buena parte de la misma. La arena de la playa lo ha invadido repetidas veces y ahora, abandonado su cuidado por dejación e inutilidad, eliminado el control sistemático de sus arenas, se amontona sobre el Paseo, amenazando con llegar a la GC-1.


Supe entonces del enorme poder y avance del sustrato arenoso. Aquel acantilado que en la playa del Hombre ofertaba un sustrato donde prosperar diversas especies de plantas, la mayoría plantas ornamentales, había sido sepultado y las plantas con él.


De una rastrera capaz de cubrir por completo el sustrato rocoso, apenas unos pocos ejemplares sobreven al pie del muro, en la escasa zona pendiente de ser cubierta por la arena -una supervivencia ésta, sin lugar a dudas, con fecha de caducidad-. Se trata de la conocida como uña de gato (Carpobrotus edulis), planta invasora costera de la que desconozco su capacidad, si es que la tiene, de sobrevivir al soterramiento de las arenas. Hasta ahora, en la parte que permanece enterrada no veo asomar brote alguno de la planta. 


Lo cierto es que no hay que esperar décadas para acceder a la playa desde el Paseo, caminando sobre la arena. Ya lo hacen muchas personas que encuentran en esta entrada una atractiva forma de alcanzar la playa. Sus huellas son inconfundibles. A la vista de ellas recuerdo los rastros del correquetecagas -excusen la vulgaridad del nombre pero es como conocen la gente de Tufia y Ojos de Garza y no como cucarros boliches que aparece en varias descripciones, a un escarabajo pequeño y de brillante color negruzco que vive en estos arenales. Se trata de un coleóptero endémico (Arthrodeis obesus crassus), adaptado a desplazarse con rapidez sobre las arenas y habitual en los arenales de Tufia y Ojos de Garza.


¿Y el porqué de la comparación? preguntarán ustedes. Pues está claro, a fin de cuentas, ambas son huellas de seres vivos, sólo varía el tamaño de los mismos.


Me siento sobre el muro que protege el Paseo y observo. No tardará mucho tiempo la gran duna en sepultar el resto del acantilado. Es natural, no hace otra cosa el arenal que recuperar sus dominios de antaño.


Es el ser humano quien, con su ciega tozudez, trata de usurpar terrenos que son propios del océano y la costa. La naturaleza no se manifiesta en medios de comunicación, no plantea manifestaciones, sentadas o grandes algaradas. Sólo espera, y en paciencia nadie le gana. Dispone de todo el tiempo del mundo y de los efectos propios de un trabaja incesante.


La labor de los grandes oleajes, el trabajo del viento y la maresía y la fuerza arrolladora del agua con las grandes lluvias le permiten restablecer sus dominios.


A veces, el ser humano se niega a la evidencia y vuelve a plantear Paseos donde jamás debieron estar, fabricar casas y estructuras varias en el camino del agua y la naturaleza vuelve a responder en silencio, pero con enorme decisión, paciencia y fuerza, arrasándolo todo.


Otras veces, vence en el ser humano el sentido común y declina la realización de nuevas obras en zonas inundables o de dominio marítimo y, sólo entonces, existe la posibilidad de restablecer un equilibrio beneficioso para todos.


Mientras esto sucede, la gran duna de la playa del Hombre sigue sepultando el acantilado e iniciando la colonización del Paseo marítimo. Sobre ella, mimosa y atrevida una planta canaria, el corazoncillo de costa (Lotus tenellus), ilumina con sus florecillas amarillas el mar de arena. Hay corazoncillos de costa en todos los arenales teldenses. Su presencia supone, sin duda, una esperanza y significa, al menos para mí, una ofrenda visual al arte y a la belleza.


José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y la vida. Lector empedernido, escritor y educador ambiental.

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