
Lo normal es que dos políticos de partidos distintos debatan en público,
que mantengan una conversación. Lo normal es eso y no otra cosa. Exponen lo que consideren oportuno, divergirán otro tanto, se obtienen conclusiones (tanto ellos como el auditorio) y, en paz, cada uno se va a su casa. Eso es lo normal en democracia: respeto al interlocutor, consagración del pluralismo político y reverencia al Estado de Derecho que sustenta la democracia.
Esta semana en Sevilla, Juanma Moreno (PP) y Felipe González (PSOE) protagonizaron un recordatorio sobre la duquesa de Alba, ejerciendo de maestro de ceremonias la periodista Susanna Griso. Cada uno blandió su planteamiento sobre la actualidad y la España en democracia, al margen de la cuestión estricta de la cita, y santas pascuas.
Lo que no es normal es que, a efectos prácticos, el PP respete más González que el propio PSOE. No puede concebirse el PSOE sin la obra de Felipe González, con sus luces y sus sombras en el poder (1982-1996). Pero la democracia actual, este país, le debe mucho a ese PSOE, a González, en su consolidación y expansión económica.
Obviamente, todo esto ocurre mientras Pedro Sánchez ejecuta una remodelación de su Gobierno en la que quema políticamente a María Jesús Montero y aúpa a la tecnocracia en la esfera ‘monclovita’, a la vez que relega el papel de Yolanda Díaz. ¿Lectura? Sánchez no solo piensa seguir sino que, aunque pierda, no deja relevo, no cavila un banquillo. Los partidos deben estar por encima de las personas, de los liderazgos. Sobre todo, en una organización más que centenaria como es el PSOE. De lo contrario, se cargan el partido.
No hay un ‘nuevo’ y un ‘viejo’ PSOE como ha defendido Sánchez desde que estaba en Ferraz. Solo hay un PSOE. Pero ese PSOE no lo puedes seguir edificando yendo en contra de su historia, con sus aciertos y errores, y practicando el ninguneo a una figura de la talla política de González (y, de paso, a Alfonso Guerra).
El esnobismo no es una característica de la socialdemocracia. La estabilidad sí lo es. La socialdemocracia debe ser la defensora de la clase media y trabajadora. El electorado socialista del sur peninsular (Extremadura ya lo ha manifestado en las urnas, y pronto lo hará Andalucía) no entiende fomentar premios de financiación (léase Cataluña) al compás del conflicto territorial. El PSOE sin Andalucía no será unas siglas con vocación de mayoría. Y el ‘sanchismo’ ha supeditado, desde el primer instante, la vocación de mayoría a sus intereses cortoplacistas por sobrevivir en la primera línea. Sacrifica el partido al líder que por poder que hoy ostente, antes o después lo perderá. A ver cómo se rescata entonces las raíces del PSOE. El cesarismo deja tierra quemada.











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