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Miércoles, 25 de Marzo de 2026

Actualizada Miércoles, 25 de Marzo de 2026 a las 20:10:18 horas

Colaboración

Las élites de poder occidentales: sin patria ni ley

La reflexión de Xavier Aparici, filósofo y experto en gobernanza y participación

XAVIER APARICI Miércoles, 25 de Marzo de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Miércoles, 25 de Marzo de 2026 a las 18:28:54 horas

Hace siglos que ante el resto del mundo la cultura occidental pretende ser el espacio geopolítico más tolerante en creencias, erudito en conocimientos, competente en tecnologías y avanzado en artes. Y como colofón de esas auto arrogadas virtudes, desde mediados del siglo pasado, Occidente también considera que está conformado por los países más democráticos, los que más respetan el derecho internacional y los más responsables medioambientalmente, aunque, últimamente con la notable excepción de los EE. UU. No obstante, esta imagen autocomplaciente ha venido contestándose cada vez más críticamente desde dentro y fuera del imperio. Y razones no faltan. 

 

Aun así, entre sus ciudadanías el prestigio de las instituciones occidentales ha sido notable, sobre todo en Europa y durante el largo periodo de vigencia de los Estados del Bienestar. Pero, cuando la crisis del petróleo de 1973 puso en evidencia las debilidades de ese modelo y contribuyó a poner fin a los treinta años gloriosos de crecimiento y bonanza, las élites de poder empezaron a desembarazarse del consenso asumido tras el fin de la segunda guerra mundial, con la instauración del Neoliberalismo que empezó a cambiar las tornas drásticamente. 

 

El régimen político, económico y cultural neoliberal trajo el cambio de paradigma de la desregulación legislativa, la flexibilización de los mercados laborales, la privatización de recursos públicos y la apertura comercial.  Redefinió el papel de los Estados, de protectores sociales a garantes de las fuerzas del mercado, provocó precariedad salarial y aumento del desempleo. E impuso que las políticas económicas se centraran en el control de la inflación y la austeridad, a menudo, incluyendo una mayor desigualdad social y la distribución desigual del poder.

 

A nivel externo, la economía occidental, buscando la expansión global de sus mercados, eliminó barreras comerciales e impulsó el libre comercio, facilitando la circulación de capitales productivos y financieros a gran escala, preferentemente hacia la nueva fábrica mundial, China, su actual Némesis. Las empresas transnacionales adquirieron una influencia comparable a la de los estados nacionales, condicionando las políticas de los países para atraer inversión extranjera. 

 

Así mismo, la desintegración de la Unión Soviética contribuyo a consolidar este sistema a nivel mundial hasta conformar un único mercado funcional al capital transnacional: la globalización. Este proceso sirvió, como es notorio, para que los más poderosos aumentaran la concentración de riqueza a costa de profundizar la desigualdad social. 

 

Y cuando, tras décadas de privatizar ingentes beneficios especulativos se provocó la Gran recesión en 2008, con la transferencia de los fallidos financieros de la gran banca a los Estados, todo fue a peor. Pues en vez de reconocer la inviabilidad sistémica el modelo, se aplicaron recortes sociales hasta el “austericidio”, hubo perdida de propiedades y empleos masivos, se generalizó (vía “financiarización”) el endeudamiento y se extremó la dualización económica a beneficio de los más poderosos. 

 

Hoy, en su imparable declive, el neoliberalismo sufre una reacción antagónica interna con el "trumpismo", el cual, frente al afán globalista, partidario del libre comercio y de la manipulación de las instituciones internacionales del original, es proteccionista, nacionalista, abiertamente hostil a las reglas globales y temerariamente beligerante. Lo que nos lleva a las puertas de que este modelo extractivista, insolidario y voraz nos arrastre a males aún mayores y sin posibilidad de retorno.

 

En este momento histórico crítico como nunca, aun siendo las principales responsable del desastre a las puertas, las élites -esas minorías con un poder desproporcionado que ocupan en la cumbre de las sociedades las posiciones estratégicas en las principales instituciones políticas, económicas y militares -en vez de contribuir a concentrar todas las capacidades en lidiar con los desafíos mayores de la desestructuración ecológica planetaria y en poner coto a las crecientes fracturas geopolíticas mundiales, siguen aplicadas en perseverar, patológicamente, en manipular, acaparar, reprimir y destruir. Sin patria ni ley. 

 

Reflexión de Xavier Aparici Gisbert, filósofo y experto en gobernanza y participación

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