A finales del siglo XVIII, el filósofo ilustrado Immanuel Kant propuso un orden internacional pacífico basado en la razón y el derecho, argumentando que la “Paz perpetua” era posible mediante una federación de Estados libres que prohibiera la guerra, eliminara los ejércitos permanentes, fomentara el comercio y respetara a la ciudadanía mundial.
En un momento de peligrosos riesgos sistémicos como el presente su propuesta, aun utópica, es digna de tenerse en cuenta. Y actualizarla, aunque desde el final de la Guerra Fría en 1991 con la caída de la URSS, se hayan estado despreciando oportunidades históricas para construir un orden mundial integrado y solidario basado en la paz.
Pues, lejos de aprovechar el fin de la bipolaridad, las élites de poder de Occidente, lideradas por Estados Unidos, en lugar de integrar a Rusia y al espacio postsoviético en una arquitectura de seguridad común y cooperativa, procedieron a expandir la OTAN hacia el Este y, pretendiendo que no existía alternativa al capitalismo de mercado desregulado, dogmatizaron el modelo neoliberal.
En las décadas siguientes se incrementó el desmantelamiento de los estados del bienestar occidentales y se aplicaron terapias de shock en las naciones bajo su influencia. Exacerbando el poder de las oligarquías y empobreciendo al resto de las poblaciones, se aceleró la destrucción del orden humanitario surgido en 1945.
Un modelo basado en un consenso generalizado sobre la necesidad de cooperación y creación de instituciones multilaterales; donde los Estados tenían el papel central en la reconstrucción posbélica, la planificación económica y la creación de auténticas sociedades de bienestar; y en el que las organizaciones populares eran fuertes y las élites económicas aceptaban un "pacto social" que demostró que el desarrollo económico podía ir de la mano de la cohesión, la reducción de la desigualdad y la creación de una amplia clase media.
Al contrario del periodo actual, donde el "capitalismo de accionistas" ha llevado la desigualdad a extremos patológicos, produciendo una severa fractura del cuerpo social a través de una élite globalizada que precariza y fragmenta al resto. Cada crisis -la financiera de 2008, la pandemia de 2020, la guerra en Ucrania y, el último desastre en marcha, la que se ha iniciado en Irán- se ha convertido en una oportunidad para los poderosos que han normalizado la "doctrina del shock": sacar tajada de todos los eventos, pase lo que pase y caiga quien caiga.
Para el orden neoliberal todo vale. Aunque por ese camino haya perdido su legitimidad, su capacidad y su sentido, pues ya no puede prometer prosperidad compartida y movilidad social, es incapaz de resolver las crisis sistémicas que él mismo genera y su relato de progreso infinito basado en el consumo material se ha estrellado con la creciente escasez de recursos.
Por lo que ya no podemos elegir entre más o menos neoliberalismo. O profundizamos, como es la pretensión de las actuales élites, en la lógica de la competencia y el autoritarismo hasta el colapso cultural, bélico y medioambiental, o nos aplicamos en hacer posible un modelo humanitario que priorice la supervivencia y la sostenibilidad, centrado en tecnologías limpias y producción circular y en la reducción solidaria de las desigualdades.
Pero, debemos ser conscientes: generalizar la paz entre las potencias y naciones es el requisito previo para cualquier proyecto de futuro habitable. Y esto implica extender y concretar el valor de la vida humana en derechos efectivos (a la vivienda, la alimentación sana, la salud, la educación, etc.); reparar los estragos ecológicos mediante una movilización generalizada para la restauración de ecosistemas, y la descarbonización y descontaminación masivas; y garantizar el acceso universal a los bienes y servicios básicos (como la energía, el agua, la conectividad, la movilidad…) como bienes comunales y no como mercancías sujetas a especulación.
Recuperar la aspiración de un mundo multipolar y cooperativo basado la justicia social -y los derechos y deberes que comporta- no es una utopía, es la condición de posibilidad para la supervivencia digna de la humanidad y del planeta. La bifurcación está aquí, y elegir el camino de la paz, la concordia y la reparación es el único acto de responsabilidad histórica por el que vale la pena vivir.
Por Xavier Aparici Gisbert, filosofo y experto en gobernanza y participación.



























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