
Bajo los restos del antiguo muelle de San Marcos esperaba, quizás desde hacía siglos, un silencioso testigo de la historia. El tubo que tenía delante estaba completamente cubierto por una gruesa concreción marina, una especie de “traje biológico” formado durante años por algas calcáreas, conchas y sedimentos adheridos que impedían ver el metal del que estaba hecho.
Sin embargo, había un detalle inconfundible: dos salientes laterales sobresalían del cilindro; eran los muñones con los que los cañones se apoyaban en su cureña. Fue precisamente ese rasgo el que me hizo comprender que estaba ante un antiguo cañón.
La pieza medía aproximadamente dos metros de largo y unos treinta centímetros de diámetro. Estaba inclinada, probablemente con su parte trasera enterrada en la arena, mientras que la boca quedaba casi tocando el techo de la losa bajo la que se encontraba; por esa razón me resultaba imposible acceder a ella.
Se hallaba a unos cuatro o cinco metros de profundidad y estaba completamente oculto bajo aquella costra calcárea. Para comprobar de qué material se trataba tuve que apuñalar con fuerza aquella concreción con mi cuchillo de buceo. De la “herida” causada por el apuñalamiento —que atravesó la costra hasta llegar al metal— surgió entonces un fino hilo de óxido de hierro; su color marrón indicaba claramente la naturaleza del material que se ocultaba bajo aquel traje biológico.
Convencido de que podía tratarse de una pieza de interés histórico, comuniqué el hallazgo a la Comandancia de Marina. La respuesta que recibí no fue precisamente entusiasta; por ello decidí llamar directamente al alcalde de Icod de los Vinos, municipio al que pertenece la caleta de San Marcos, para informarle de lo que había encontrado.
Durante muchos años nunca supe qué ocurrió con aquel cañón. Sin embargo, en un estudio arqueológico sobre la bahía de San Marcos (Icod de los Vinos) se menciona que en esa zona fue recuperado un cañón de hierro, que durante un tiempo permaneció guardado en un almacén de la propia playa y que posteriormente fue trasladado a dependencias del Ayuntamiento. ¿Era aquel el mismo cañón que vi bajo los restos del muelle tantos años atrás? Todo parece indicarlo.
Recuerdo también que, cuando salí de la playa después de realizar aquel inusual hallazgo, encontré sobre el muelle —el mismo bajo cuyo extremo se encontraba el cañón— a una señora vendiendo camarones. Le compré un kilo, a muy buen precio, para mí solo; porque los descubrimientos submarinos abren el apetito.
Durante mucho tiempo fue costumbre en Canarias —y seguramente también en muchos otros lugares— que mientras el hombre se encargaba de pescar, su mujer fuera quien vendiera el pescado y administrara los dineros de la casa.
¡Ah! Casi me olvido. El que cuida de mi casa, en Marzagán, es mi perro Coco.
*Mafersa es Manuel Fernández Sarmiento, quién un día leyó que "Se comienza a envejecer cuando se deja de aprender" . actualmente cursando el segundo curso del Diploma Ciencia y Tecnología de la ULPGC




























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