El reconocido escritor y pensador George Orwell, ante la constatación de como los poderosos se han aplicado a controlar los relatos para manipular los hechos que les generan conflictos, concluyó que "La historia la escriben los vencedores". Sabemos que, efectivamente, así ha sido desde el surgimiento de las primeras ciudades estado e imperios de la antigüedad. Y, desde luego, nos costa que en los tiempos actuales el tergiversar la realidad por “intereses de parte” continúa siendo una práctica notoriamente habitual de las élites de poder.
Las técnicas retóricas que se emplean para la manipulación de “propios y extraños” vienen de lejos. Se sigue usando, de manera preminente, el atribuirles a las acciones y discursos propios toda suerte de aciertos y virtudes mientras se descalifican los sucesos e interpretaciones que los ponen en cuestión. Así mismo, se utiliza con fruición el ocultar la verdad de lo que ocurre, el “tomar la parte por el todo” y el presentar los efectos como si fueran las causas. Y, cómo no, el “matar al mensajero”, es decir, en lugar de aceptar la realidad de los problemas y tomar medidas con los responsables, culpar y perseguir a quienes los denuncian. Y así, llegar a comprender la verdad de lo que pasa y sus consecuencias se vuelve muy complicado. Pero, tras los relatos interesados, la realidad sigue ahí y es tozuda.
A poco que se analice, la pretendida "Civilización occidental" resulta ser no más que una categoría retórica donde las haya que, para mantener su poder de dominio, los países “del Norte” utilizan como herramienta de diferenciación y hegemonía frente al resto del mundo. Y, Donald Trump, el líder político de su máxima potencia, EE. UU., en sus pretensiones sobre “la periferia” no hace más que seguir -aun con su histriónico y desvergonzado estilo comunicativo “a cara descubierta”- la pauta de lo que ha sido y es el modo imperial de justificarse y proceder de Occidente.
Porque, desde sus orígenes, el modelo de gobernanza occidental ha sido el de procurar llevar su civilización liberadora al mundo mientras apoyaba a regímenes dictatoriales de su interés y realizaba intervenciones de extermino militar con el fin de asegurar los objetivos económicos de sus autoritarias y acaparadoras elites. Y así, desde mediados del pasado siglo, mientras Occidente ha pretendido estarse aplicando nada menos que extender la democracia liberal y los derechos humanos en los países en desarrollo, la extracción de recursos y la explotación laboral se han generalizado a través de la globalización de las cadenas de extracción, fabricación, transporte y comercio.
Y todo ello se ha consolidado a través de mecanismos de usura, como la deuda externa y la financiarización, que perpetúan la dependencia estructural del resto de las naciones. Y desde la irrupción del neoliberalismo, también, de las poblaciones del Imperio. Pues, contra la narrativa de que las comunidades occidentales se caracterizan por el progreso democrático y la prosperidad continuada de sus poblaciones, hace mucho ya que en su seno se han acelerado las dinámicas de desigualdad estructural y de erosión de sus Estados de bienestar. Y que, para contrarrestar el creciente descontento generalizado se están alentando el auge de movimientos identitarios y populistas intolerantes a gusto de los poderosos.
Pero, para desbaratar todas esas dinámicas de control, en lo que va de siglo XXI las contradicciones estructurales de la "civilización occidental" se han extremado a causa de la incompatibilidad del ideal de "progreso" occidental con el cuidado de los límites biofísicos de la Tierra, de su insostenibilidad ecológica. Su modelo capitalista de desarrollo, basado en la utilización ilimitada de energías fósiles y el consumo masivo, ha expandido la huella ecológica hasta provocar una crisis sistémica planetaria. Y al alcanzar ese punto de extenuación, el modelo se vuelve inviable.
Si, la Administración Trump -y sus cómplices a lo largo del mundo- tiene toda la responsabilidad en las graves acciones de desestabilización política, económica, bélica y ecológica que está ocasionando al mundo. Pero ni todo ello, ni el "destino manifiesto" que le atribuye a la potencia americana son una novedad. Son el efecto más extremo y en el peor momento de su matriz, el modelo civilizatorio occidental.
Nos está tocando vivir en el periodo histórico en que por las insolubles fallas que contiene la civilización occidental está colapsando. Y en el que el mayor riesgo es, que si no se remedia el afán de las élites que representa Trump por prevalecer a toda costa, en su hundimiento arrastre al conjunto de la humanidad. Urge hablar de ello y ponerse manos a la obra.
Xavier Aparici Gisbert es filósofo y experto en gobernanza y participación.


























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