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Domingo, 15 de Marzo de 2026

Actualizada Domingo, 15 de Marzo de 2026 a las 13:19:13 horas

Gregorio Chil y Morales llevó a Fernando Zumbado ante la Real Audiencia Provincial

1834: La procesión que enfrentó a la Iglesia con el alcalde de Telde un martes de carnaval

El conflicto entre la autoridad civil y la eclesiástica marcó el desarrollo de los festejos en la ciudad

SONIA VEGA/TELDE Domingo, 15 de Marzo de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Domingo, 15 de Marzo de 2026 a las 12:55:14 horas

La tarde del 11 de febrero de 1834, en el interior de la ermita de Los Llanos, todo estaba preparado para el comienzo de la procesión del martes de carnaval. El Beneficiado Gregorio Chil y Morales ya había concluido el sermón y se encontraba revestido con su capa pluvial, próximo a salir al altar. En el exterior, se iba reuniendo la ciudadanía que, con sus mascaritas y disfraces, festejaba el fin de los tres días de carnestolendas.  Y en medio de los dos escenarios; el alcalde de Telde, Fernando Zumbado.

 

Colocado en la puerta del templo y mirando hacia la plaza, el edil se tropezó con Andrés de Vega, Teniente de Milicias y Mayordomo de la ermita, al que preguntó si estaba por salir la procesión. La respuesta que obtuvo fue afirmativa, a lo que Zumbado replicó: "lo dudo".

 

La procesión va para dentro

El sacristán, Manuel Ramírez, estaba ayudando a colocar las imágenes sobre los hombros de quienes iban a portarlas cuando, de repente, un alguacil se acercó hasta la sacristía, pidiendo que dejaran los Santos, ya que el alcalde no permitía que saliese la procesión. ¿Cuál fue el motivo esgrimido para semejante decisión? Simplemente, que el encargado de ella no le había dado parte ni había contado con la autoridad competente, como era obligación y costumbre. "Pues si no hay procesión, ¡vámonos con Dios!", expresó Chil, quien se dio la vuelta con la Cruz y regresó a la ermita.

 

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Gregorio Chil y Morales hizo todo lo posible por simular entereza y naturalidad, pero en su  semblante se reflejaba la cólera que estaba sintiendo al creerse insultado por Zumbado. Que el alcalde real se opusiera a la salida de la procesión mientras permitía "mojigangas y disfraces" en las calles, le suponía un menosprecio y desaire que no iba a pasar por alto. Desde hacía 50 años, todos los martes de carnaval se sacaba la procesión de la ermita de Los Llanos con la finalidad de evitar la indisciplina que traía consigo dicha fiesta y el alcalde, lejos de prohibir la presencia de las máscaras, las toleraba, y daba pábulo "al mismo desorden". Por ello, en menos de 24 horas, junto al Beneficiado Francisco Manuel Socorro y Ramírez, ya tenía redactada una queja formal que remitió al Vicario general del Obispado de Canarias. En ella dieron cuenta de lo acaecido y solicitaron que se llamara a capítulo a Fernando Zumbado, para "que en lo sucesivo, se porte con más prudencia en los actos eclesiásticos que se practiquen por los párrocos".

 

El Vicario se lava las manos

La respuesta del Fiscal general eclesiástico no fue todo lo satisfactoria que podían esperar los  Beneficiados. El no haber dado aviso de la salida de la procesión no lo contempló como una "vagatela", tal y como la calificaron Chil y Socorro, sino "una falta de la mayor consideración e intolerable". Les recordó que para estas funciones y otros actos públicos, se debía contar con la autoridad aunque, sí estimó que el edil se excedió en su proceder. No obstante, se apartó del caso, puesto que el Tribunal Eclesiástico no era el que había de interceder en estos conflictos, sino que tenían que llevar el pleito a los juzgados ordinarios.

 

A partir de ese momento, el Presbítero José Navarro y Campos empezó a tomar declaración a los testigos. Entre ellos, a los ex alcaldes teldenses Sebastián de Medina, Francisco Barreto y Cristóbal Aguilar, de 71, 82 y 57 años respectivamente. De Medina explicó que este acto religioso se venía realizando desde hacía 5 décadas con el fin de "evitar desórdenes que acaecían en semejantes días", de la misma manera que se hacía con la salida del Rosario por las calles las tardes del domingo y lunes anteriores, que sacaban los dos Venerables Beneficiados, Clero y Hermandad del Rosario. Asimismo, tanto él como los otros ediles evitaron darle importancia a la necesidad de ser convidados a la procesión. 

 

En este punto coincidió Navarro y Campos quien, tras haber tomado declaración a más de 10 testigos, añadió en su informe que "ningún alcalde se ha entrometido en que salgan o no procesiones" y que él sólo convida a aquéllos que no viven en el pueblo o con los que la amistad no es muy estrecha, "no porque yo crea que para sacarla sea necesario su permiso, sino para que se hagan con más ostentación".

 

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Una mañana de recados entre criados

Entre los múltiples vecinos que aportaron su testimonio en el proceso, fueron clave Sebastián Millán, Luis Talavera y Andrés de Vega. Con ellos, se pudo entender por qué el alcalde actuó de esa forma tan tajante.

 

Según lo relatado por los testigos, todo comenzó a las 11 de la mañana del mismo martes de carnaval, en el despacho de Fernando Zumbado. El alcalde, que se encontraba con Sebastián Millán,  le dio la orden para que fuera a hablar con Andrés de Vega, Mayordomo de la ermita de San Gregorio. Tenía noticias de que estaba por salir en la tarde la procesión, pero no se le había pasado aviso a la Justicia para que acudiera. Quería que Millán pusiera esto en conocimiento de Vega, por si se trataba de un olvido y que si, en efecto, la procesión salía, le avisaran para asistir.

 

Sebastián no le dio el recado de manera directa al Teniente de Milicias, puesto que no se encontraba en el domicilio, así que lo hizo a través de Luis Talavera, uno de sus criados, quien confirmó haber trasladado el mensaje a su "amo" cuando llegó a la casa.

 

Los Mayordomos de la ermita

El 24 de abril, Andrés de Vega declaró ante el notario público haber recibido el recado por parte de su criado. Pero aseguraba haber respondido que, aunque era Mayordomo de la ermita, no le correspondía a él convidar a la Justicia, sino a su cuñado, Manuel Betancor, que era el encargado de la procesión y por eso mandó a una de sus personas a que le pasaran el recado. De Vega manifestó que invitar al alcalde era lo debido y que así lo había hecho él los días en los que se encargaba de la procesión.

 

La pelota se hallaba ahora en el tejado de Manuel Betancor. ¿Qué declaró el teldense? Su testimonio se limitó a relatar que había sido criado, desde niño, en la casa de Pedro de la Ascensión Betancor, mayordomo que fue, hasta su fallecimiento, de la ermita de San Gregorio, en los Llanos. "Siempre se practicó la devoción de sacar la procesión por las calles los martes de carnaval en todos los años que vivió". Una vez finado, su esposa y tía de Manuel, María del Pino Betancor, practicó la misma devoción hasta que murió en 1833 por lo que, como heredero de ella, queriendo continuar con el acto religioso, preparó la función.

 

En el momento en el que iba a salir la procesión, Manuel Betancor ni siquiera se hallaba presente, pues había ido a su casa a preparar un refresco para los que cargaban las imágenes. Fue al regresar cuando preguntó por qué no había salido, y le contaron que el alcalde no lo permitía.

 

"De mí no se burla nadie"

Otro de los testigos que prestó declaración fue Juan Nepomucento Santa Ana. El vecino de Telde, de 42 años de edad, se encontró esa tarde al Párroco y la Cruz en el camino. Chil le expresó que se volvía porque el alcalde no quiso que saliera la procesión. Una vez en la plaza, Santa Ana le preguntó a Zumbado qué ocurría y éste le trasladó que no se le había dado parte del acto y que se le había tratado casi con desprecio pues, aunque se acercó y lo vieron en la propia plaza, tampoco le dieron aviso. Así que optó por mandar a un alguacil a decir que la procesión se suspendía, porque de él no se burlaba nadie, ni se ultrajaba la autoridad que tenía a su cargo.

 

"Los párrocos miran a los alcaldes con desprecio"

No fue hasta el 23 de junio, cuando el alcalde real pudo dar su versión de los hechos ante el notario Esteban Pastrana. "Aunque considero por insignificante la queja dada por estos párrocos al Provisor", indicaba, "me es forzoso manifestar a Vuestra Excelencia el insulto y agravio que se me hace por dichos párrocos con atribuírseme haber dado pábulo a escándalos y desórdenes por no haber salido la procesión".

 

Zumbado se muestra firme en su posición de que lo único que hizo fue cumplir con su deber. Para toda salida de procesiones, a los que no está obligado a acudir la Justicia, se le debía dar aviso con anticipación, cosa que no hizo el encargado. Para más inri, añade que, aunque los párrocos aseguran que la procesión se realiza para evitar desórdenes, "es de Justicia que se deba prohibir, pues sólo sale para que se causen irreverencias propias del día que es", ya que los pueblos, esos días, son intolerables.

 

El alcalde termina su alegato mostrando un enorme enfado con los miembros de la Iglesia. Se queja de que el Provisor mandara a tomar declaración a sacristanes y monaguillos de la propia parroquia, personas que "aunque han sido jueces, han mirado con indiferencia el sostener los principales deberes de la Jurisdicción ordinaria que deben prevalecer pero, tanto los párrocos como las autoridades de otros fueros están empeñados en abatir la Jurisdicción ordinaria y, por lo tanto, miran a los alcaldes con indiferencia y desprecio, queriendo arrollarlos, persuadidos de que son ignorantes".

 

La sentencia

El escrito del fiscal, fechado el 6 de agosto, advierte de que en procesiones semejantes no hay sino desórdenes por las calles, máxime cuando a ellas no asiste la autoridad pública para dar orden y contener los desacatos. Además, puntualiza en la buena fe del alcalde que, una vez sabido que se iba a realizar el acto sin haber pedido permiso, pasó recado para que se enmendara el defecto. Por tanto, no era de extrañar que la sentencia de 13 de agosto terminara dándole la razón a Fernando Zumbado. "Se declara no haber lugar la queja presentada por los Beneficiados de la Iglesia Parroquial de Telde contra su Alcalde Real", comienza, "y se les previene que, en lo sucesivo, para sacar a la calle las procesiones, den los oportunos avisos a la Justicia".

 

Fernando Zumbado, lejos de rendir pleitesía a los párrocos de Telde, hizo valer su autoridad. Fue conciliador, recordando al Mayordomo que debía dar parte de la salida de la procesión, estuvo en la plaza de los Llanos esa misma tarde, esperando a ser convidado y, al sentir ninguneada su posición como alcalde, optó por cumplir con la legalidad.

 

Y así, ese martes de carnaval de 1834 se produjo una lucha de poder en la que las mascaritas pudieron disfrutar de unas fiestas en paz. Un pulso con el ayuntamiento en el que los párrocos de Telde sacaron un aprendizaje: si al alcalde no se le invita, la procesión se queda en la ermita.

 

Sonia Vega es licenciada en Ciencias de la Información (periodista) e investigadora histórica.

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