Cuando la Grecia clásica inicia el tránsito del pensamiento mágico, -explicar el mundo a través de los mitos y los dioses- a interpretarlo a partir de la razón lógica, alrededor del s. VI a.C., las mujeres carecían de elementales derechos: no podían participar en los asuntos públicos, tenían un tutor legal y su educación estaba orientada a las labores del hogar. Limitaciones compartidas con la mayoría de las antiguas civilizaciones.
Sin embargo Pitágoras, s. VI a.C. consideraba que las mujeres podían estudiar filosofía y matemáticas, ya que la educación y la vida intelectual no estaban reservadas solo a los hombres, pues ambos géneros formaban parte del orden natural. La Escuela Pitagórica, en Crotona, llegó a contar hasta con veintiocho mujeres entre maestras y discípulas, con los mismos derechos que los hombres, formando parte de una comunidad con normas estrictas como la Regla del Secreto que obligaba a todos sus miembros.
Algunas de sus discípulas tuvieron un papel destacado en los albores de la ciencia, como Theano, alumna y luego esposa, quién tras su muerte pasó a ser directora de la escuela y escribió diversos tratados. Fijó la relación entre los números y la realidad, pues un objeto lo es en cuanto puede ser contado. Y la proporción áurea -reconocido patrón de armonía y belleza- que podemos observar en construcciones como el Partenón y las Pirámides de Egipto y obras de arte como el Nacimiento de Venus, de Botticelli. Junto a su esposo tuvo que huir de Crotona y sufrir los rigores del exilio.
Y Timica, filósofa, que llevada ante Dionisio el Viejo, tirano de Siracusa, al ser presionada para revelar los principios y secretos de la comunidad pitagórica, temiendo no poder soportar la tortura y romper la Regla del Secreto que había jurado, prefirió morderse la lengua y escupirla ante el sátrapa.
Aglaonike, s. II a.C., nacida en Tesalia, considerada la primera astrónoma, llegó a predecir los eclipses, por lo que fue acusada de tener poderes mágicos y arrancar la luna del cielo.
Los filósofos clásicos mantuvieron opiniones muy diferentes sobre la mujer. Platón, en La República, afirma: “No hay diferencia natural en el alma que impida a la mujer desempeñar los mismos cargos que el hombre”; y Aristóteles en Política: “El varón es por naturaleza superior y la hembra inferior, y el varón gobierna y la hembra es gobernada”.
El prestigio de Aristóteles y su gran influencia en la civilización cristiana, junto a prejuicios como la supuesta maldad intrínseca de la mujer -pues fue Eva quién indujo a Adán a comer el fruto del árbol prohibido y Pandora la responsable de todos los males que afligen a la humanidad al abrir la caja en que estaban encerrados- determinaron la marginación de la mujer del conocimiento científico durante siglos.
Situación que empieza cambiar en el Renacimiento, donde ya se observa una mayor presencia de la mujer en el mundo de la ciencia y la cultura. Un ejemplo paradigmático de ello es la española Luisa de Oliva y Sabuco, s. XVI, autora de la Nueva Filosofía de la Naturaleza del Hombre (1587) obra de un gran contenido científico, filosófico y de un extraordinario nivel literario. De quién llegó a ponerse en duda su capacidad intelectual para escribir una obra de esta naturaleza sólo por el hecho de ser mujer.
Es, ya, en la Edad Moderna, s. XVII, cuando la mujer aumenta su presencia en el mundo de las ciencias, como es el caso de Margaret Cavendish, precursora de las primeras teorías moleculares. Pese a haber escrito una decena de libros de filosofía natural su candidatura a la prestigiosa Royal Society of London fue rechazada por ser una institución científica reservada a los hombres.
En el s. XVIII, Mary Wortley Montagu, conoció en Turquía la práctica de la inoculación contra la viruela y la practicó con sus hijos -técnica conocida como variolización- antecedente de la vacuna de Jenner contra esta terrible enfermedad. Al tratar de introducir esta práctica en Inglaterra se encontró con la oposición de médicos y científicos que retrasaron casi medio siglo la lucha contra este mal.
En el siglo XIX destaca el talento de Ada Lovelace, hija de Lord Byron. En 1843 crea el primer algoritmo de la historia para ser procesado por una máquina, aportando así la base conceptual para la computación moderna. Y anticipando que en el futuro las máquinas podrían crear música y gráficos. Muchas de sus aportaciones fueron inicialmente infravaloradas por su condición de mujer en la muy conservadora Inglaterra victoriana.
En el XX, hay que destacar a María Slodowska (Madame Curie) Premio Nóbel de Física en 1903, compartido con su esposo Pierre y con Becquerel, por sus trabajos sobre la radiactividad. En 1910 fue rechazada su entrada en la Academia de las Ciencias de París, lo que no impidió que en 1911 obtuviera el Premio Nobel de Química por el descubrimiento del polonio y el radio. Única investigadora galardonada en dos disciplinas distintas. En 1935 también lo obtuvo su hija Irène Joliot Curie. Recibió muchas críticas por ser mujer y extranjera, pero terminó siendo la primera en impartir clases en la Universidad de La Sorbona.
Y a Grace Murray Hopper, estadounidense, programadora que utilizó el primer ordenador, el Mark I, y participó en la creación del lenguaje de programación COBOL, usado por gobiernos, bancos, aerolíneas, aseguradoras, etc. Fue tal su éxito que en 1969 fue distinguida, ironías del destino, con el reconocimiento de “Hombre del Año”.
Afortunadamente, la situación ha mejorado bastante, sin perjuicio de los avances necesarios hasta conseguir la igualdad plena. Hoy la Catedrática Emérita de Química Cuántica Perla Wahnón Benarroch es la presidenta de la Confederación de Sociedades Científicas de España que representa a más de noventa organizaciones y 45.000 investigadores de nuestro país.
Juan José Sánchez Martín es catedrático jubilado de Enseñanza Secundaria y fue concejal de Cultura del Ayuntamiento de Telde.

























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