El 8 de marzo no es solo una fecha en el calendario. Es memoria, es justicia y es reconocimiento. Y en una isla como la nuestra, también es una oportunidad para mirar al mundo rural y poner en valor a esas mujeres que, lejos de los focos, han sostenido durante generaciones la economía, la identidad y la dignidad de Gran Canaria.
La ganadera que madruga antes que el sol.
La quesera que transforma tradición en excelencia.
La pescadora que desafía el mar.
La agricultora que convierte la tierra volcánica en alimento y futuro.
Ellas no han pedido privilegios. Han pedido oportunidades. Y muchas veces ni siquiera eso: simplemente han trabajado el doble para que se les reconociera la mitad.
Durante décadas, el mundo rural fue territorio de esfuerzo silencioso femenino. Mujeres que llevaban la contabilidad sin firmar, que ordeñaban sin aparecer en la foto, que cultivaban sin figurar como titulares de explotaciones. Mujeres que eran columna vertebral y, sin embargo, invisibles.
Hoy, muchas han decidido romper ese techo de cristal. Han dado un paso al frente con valentía para liderar explotaciones, innovar en la producción, formarse, emprender, exportar y demostrar que el talento no entiende de género. Son ejemplo de capacidad, cualificación y determinación.
Pero este reconocimiento no empieza hoy.
Empieza en historias como la de mi bisabuela, Malola.
Con apenas nueve años, siendo aún una niña, se echó a la espalda a sus hermanas, a su hermano y a su madre. Trabajó la tierra, recogió lo que cultivaban y lo llevó a vender a Las Palmas de Gran Canaria. Cargaba su mulo desde Telde hasta la capital, recorriendo el camino con la responsabilidad de quien no podía permitirse fallar. No había discursos de igualdad. No había reconocimientos institucionales. Había necesidad, coraje y dignidad.
Como ella, cientos de mujeres rurales sostuvieron esta isla cuando no había ayudas, ni subvenciones, ni titulares. Ellas fueron economía circular mucho antes de que existiera el término. Fueron resiliencia antes de que la palabra estuviera de moda.
Hoy, cuando hablamos de sector primario, de soberanía alimentaria, de producto local y de sostenibilidad, hablamos también de ellas. De su capacidad para reinventarse, para formarse, para dirigir cooperativas, para innovar sin perder la tradición.
El 8 de marzo en Gran Canaria también huele a queso curado, a tierra húmeda, a salitre. Tiene manos agrietadas por el trabajo y mirada firme. No es un eslogan: es una realidad construida con sacrificio.
Reconocer a la mujer rural no es un gesto simbólico. Es un acto de justicia histórica. Es garantizar acceso a la titularidad compartida, a la financiación, a la formación, a la visibilidad y al liderazgo en igualdad de condiciones.
Porque sin ellas, el campo se apaga.
Sin ellas, el relevo generacional se rompe.
Sin ellas, la isla pierde sus raíces y valores.
Este 8 de marzo no celebramos una moda. Celebramos una herencia. La de mujeres como Malola, que no esperaron permiso para ser fuertes. Que no pidieron protagonismo, pero lo merecieron siempre.
Y si hoy Gran Canaria sigue teniendo campo, mar y producto local, es porque antes hubo niñas que se hicieron mujeres demasiado pronto y decidieron no rendirse.
Que nunca más vuelvan a ser invisibles.
Diego Fernando Ojeda Ramos fue concejal del Ayuntamiento de Telde y actualmente es asesor en la Consejería del sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad Hídrica del Cabildo Insular de Gran Canaria.




























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