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Lunes, 02 de Marzo de 2026

Actualizada Lunes, 02 de Marzo de 2026 a las 07:40:25 horas

Desde la acera de enfrente

El perdón: ¿acto de debilidad o manifestación de fortaleza?

Reflexión de Gregorio Viera, exconcejal socialista

GREGORIO VIERA VEGA Lunes, 02 de Marzo de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Lunes, 02 de Marzo de 2026 a las 07:00:15 horas

Pocas experiencias humanas generan tanta controversia como el perdón. Mientras que ciertas tradiciones religiosas lo consideran una virtud suprema, algunas narrativas contemporáneas lo presentan casi como una traición a uno mismo.  Surge entonces la interrogante: ¿constituye el perdón un acto de debilidad que nos deja vulnerables ante quienes nos han causado daño, o representa, por el contrario, una manifestación de fortaleza interior?

 

El perdón emerge como un acto complejo que puede ser interpretado tanto como debilidad como fortaleza, dependiendo de su origen y motivación. Cuando se origina en el miedo, la dependencia o la incapacidad para establecer y defender los propios límites, ciertamente se configura como una debilidad. Sin embargo, cuando surge de un proceso consciente de sanación, de la decisión deliberada de no quedar atrapado en el resentimiento, y del reconocimiento de la humanidad compartida incluso con quienes nos han herido, el perdón se revela como una de las expresiones más elevadas de fortaleza humana.

 

Quizás la verdadera fortaleza no reside en perdonar siempre ni en abstenerse de perdonar nunca, sino en poseer la sabiduría para discernir cuándo, cómo y a quién perdonar, y el coraje para hacerlo cuando sea sanador, sin confundir el perdón con la sumisión.  En palabras del escritor argentino Jorge Luis Borges, “el perdón es la única venganza que vale la pena: no parecerse a quien te ha ofendido”.  En esa decisión de no replicar el daño, de no permitir que la herida nos transforme en alguien irreconocible, reside quizás la fortaleza más profunda del espíritu humano.

 

El desafío más significativo reside en la comprensión de que el perdón no implica la absolución del ofensor, sino la liberación del propio individuo. Se trata de un acto íntimo, silencioso y profundo, que consiste en la elección consciente de no definirse por las acciones ajenas, sino por la respuesta personal a las mismas.  En el acto de perdonar se manifiesta una fortaleza serena, no la fuerza que se impone con violencia, sino la que se mantiene firme en la calma ante la tentación de la venganza. Es la que rompe la cadena del daño, impidiendo su perpetuación a través de nosotros.  Quizás por esta razón, el perdón genera incomodidad, ya que exige valentía emocional, la capacidad de enfrentar el dolor sin disfrazarlo y la determinación de atravesarlo en lugar de negarlo.

 

En diversas culturas, especialmente aquellas con un marcado énfasis en el honor y la imagen social, el perdón puede ser percibido como una forma de claudicación.  Frases como “El que perdona pierde”, “no olvido ni perdono” o “perdonar es de tontos” reflejan esta concepción del perdón como una rendición. Esta perspectiva tiene profundas raíces históricas: en sociedades donde la venganza constituía un componente esencial de los códigos de honor, el perdón implicaba una merma en la posición social del individuo o de su familia. El mensaje era inequívoco: la omisión de una respuesta ante una ofensa se interpretaba como una señal de vulnerabilidad.

 

No obstante, la psicología contemporánea ofrece una visión radicalmente distinta. Robert Enright, pionero en el estudio del perdón, lo define como “una disposición a abandonar el resentimiento, la evaluación negativa y la conducta indiferente hacia quien nos ha herido, cultivando compasión, generosidad e incluso amor”.  En este sentido, el perdón se configura como una fortaleza psicológica.

 

Perdonar no representa un acto de debilidad, sino la fuerza invisible de quien opta por la sanación en lugar de la permanente melancolía sobre el daño.  Es el momento en que se decide dejar de cargar con la carga emocional y depositarla en el suelo, no porque el peso desaparezca, sino porque se ha alcanzado la decisión de no seguir soportándolo. Y en ese gesto silencioso, se produce un fenómeno extraordinario: la recuperación de la libertad personal..., desde la acera de enfrente.

 

Gregorio Viera Vega fue concejal del PSOE en el Ayuntamiento de Telde.

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