
A mediados de los años sesenta, mi verano transcurría entre el Monte de La Esperanza y la costa tinerfeña. Por aquel entonces, cumplía con mi obligado deber patrio (¡sí o sí!) de hacer la "mili", pero no una mili cualquiera, ¡no! Me encontraba haciendo el segundo campamento de la Instrucción Premilitar Superior (IPS), en el cuartel de Las Raíces, como Caballero Aspirante a Oficial de Complemento. Y aunque la disciplina militar marcaba nuestros días, los domingos el mar era mi único mando y mundo.
Como buen canario de La Isleta, mi pasión era el buceo —lo que hoy llaman snorkel—. Un domingo cualquiera, mis aletas me llevaron a la Playa de San Marcos, en Icod de los Vinos. Allí, donde un viejo muelle semi-derruido desafiaba al oleaje, decidí explorar la parte sumergida del dique hasta llegar a su zona más saliente, parcialmente derrumbada.
Bajo una gran plancha de hormigón desprendida que formaba una cueva, el mar custodiaba un secreto. Al entrar, vi un poste vertical de unos dos metros de largo y unos treinta centímetros de diámetro, ligeramente recostado. Pensé que sería un poste de alumbrado caído del muelle, pero al observar con más detalle dicho poste, descubrí dos protuberancias opuestas a ambos lados de su diámetro. ¡Eran muñones!
En ese instante, la emoción disparó mis pulsaciones. No era un poste; era una pieza de artillería de avancarga, ¡un antiguo cañón! Probablemente de los siglos XVI al XVIII, que llevaba incontables años esperando a que alguien, entre los miles de personas de todas las edades que pasaban por delante, se percatara de su presencia.
Salí a la superficie súper emocionado. Necesitaba confirmar si era de hierro o de bronce. Saqué mi cuchillo de la vaina, volví a bajar y pinché su superficie. Un hilillo de óxido de hierro brotó de la incisión. Era hierro, mimetizado con su "traje biológico marino" de algas y concreciones.
Lo que sucedió después fue un choque con la realidad. Al lunes siguiente, acudí a la Comandancia de Marina. Mi intención era comunicar el hallazgo para el patrimonio histórico, pero la respuesta del oficial fue tajante: "Tiene usted que extraerlo, transportarlo hasta aquí, lo valoramos, usted paga un porcentaje de su valor y se lo lleva, quedando como depositario pero de propiedad pública".
Ante tal despropósito burocrático, y tras recuperar el ánimo, decidí llamar al entonces alcalde de Icod. Después de presentarme y explicarle qué hacía un canarión en Tenerife, y comunicarle el hallazgo, exclamó: "¡Pero si yo vivo aquí y practico snorkel habitualmente! ¿Cómo no lo he encontrado yo?". Con la generosidad de quien no buscaba medallas, le dije: "Puede decir que lo ha encontrado usted".
Hoy, sesenta años después, me pregunto si aquel hierro sigue allí o si alguien más se fijó en lo que nadie más ve.
No te pierdas la siguiente entrega de este artículo, si quieres saber qué tengo protegiendo mi casa de Marzagán.
Mafersa es Manuel Fernández Sarmiento, actualmente cursando el segundo curso del Diploma Ciencia y Tecnología de la ULPGC


























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