Salón de Plenos del Ayuntamiento de Telde/TA.Lo ocurrido en el último Pleno municipal de Telde no debería interpretarse como una anécdota ni como un simple calentón dialéctico. Cuando en el salón donde reside la soberanía democrática se escuchan insultos o expresiones de carácter amenazante —procedentes, según la versión del alcalde y lo oído por varios ediles, a tenor de los testimonios recogidas por TELDEACTUALIDAD al finalizar el Pleno, desde el escaño de la concejala Rita Esmeralda Cabrera (Vox) durante el turno de Ruegos y Preguntas— el problema deja de ser personal para convertirse en institucional.
La discrepancia política es sana. El enfrentamiento ideológico forma parte del juego democrático. Pero la degradación verbal no lo es. Confundir firmeza con agresividad, o contundencia con intimidación, solo contribuye a erosionar la confianza de los ciudadanos en quienes deben representarles.
El Pleno no es un plató, ni una red social, ni un mitin permanente. Es la casa común de todos, incluidos quienes no votaron a ninguno de los concejales presentes. Por eso las palabras pesan más allí que en cualquier otro lugar. No son privadas, no son improvisadas y no son inocuas: educan, legitiman comportamientos y proyectan un modelo de convivencia.
En este contexto, resulta secundario discutir quién dijo exactamente qué o con qué matiz. Cuando varios ediles perciben una amenaza, cuando el debate se interrumpe para reclamar respeto y cuando la noticia deja de ser la gestión municipal para centrarse en el tono del enfrentamiento, el daño ya está hecho. La institución pierde, y con ella la ciudadanía.
La política local —la más cercana— debería ser la primera en cuidar las formas. Porque es la que convive diariamente con vecinos, asociaciones, comerciantes o colectivos. Si en ese nivel se normaliza el insulto o la tosquedad en las intervenciones o interpelaciones, se envía un mensaje peligroso: que la confrontación personal sustituye al argumento.
No todo vale para defender una idea. Y quien cree que la crispación da rédito político debería preguntarse a qué precio. El espectáculo puede dar titulares, pero empobrece la democracia.
Por eso la responsabilidad no es solo individual, sino colectiva. El resto de la corporación debe marcar un límite claro: no blanquear comportamientos impropios, no relativizarlos por afinidad política y no responder con la misma moneda. Aislar institucionalmente las conductas inaceptables no es censura; es proteger la dignidad del cargo público.
La ciudadanía no espera unanimidad. Espera altura.No exige que piensen igual, sino que se respeten.La política puede ser dura sin ser violenta.Y el debate puede ser firme sin ser ofensivo.
Telde necesita discrepancia.Pero nunca desprecio.






























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