Una amiga en Facebook publicó hace muy poco su mala experiencia vivida mientras tuvo a su madre en una residencia de ancianos. Eso es muy triste, por eso, pienso que cuando es al contrario, también hay que decirlo. La triste historia de mi amiga hizo que yo hable por este medio de mi experiencia con mi madre en un centro que no es el que hacía referencia mi amiga.
Es importante saber agradecer, cuando reconoces esa dedicación en la mañana, tarde, noche y madrugada, y más con la dificultad que tiene una persona que es dependiente y además, con demencia.
Muchos nos acordaremos de esa casa de nuestros padres que siempre estaba con las puertas abiertas para recibir a todo el mundo. Siempre había sitio para que se quedara un tiempo cualquier familiar o amigo que llegara del pueblo o de la península. Esa casa, siempre se acogía a todo el que lo necesitaba. Un cuarto en la azotea, un colchón en el suelo… Siempre había predisposición, nunca quejas. Los abuelos, los padres, hermanos, y allegados siempre daban ese calor al hogar.
Pero, ahora, las viviendas son unifamiliares, y solo hay una familia en cada una de ella, todos tienen sus funciones. Normalmente, los padres trabajan, los hijos van a la escuela y ¿quién cuida a los abuelos con Alzheimer o demencia?
Antes era como una tribu, nos cuidábamos unos a otros, pero ahora es imposible, y ahí está la impotencia y la lástima por tener que llevar a nuestros padres y abuelos a una residencia. No hay sitio adecuado, ni tiempo, pero, sí ganas de que estén bien cuidados atendidos y que se sientan amados siempre por su familia y nunca olvidados.
Entiendo que cada cual hable desde su propia experiencia. Yo solamente tengo palabras para agradecer que mi madre, mientras tenía un poco de conocimiento, ella misma quiso entrar en la Residencia de ancianos Nuestra Señora del Pino en Tafira, Esta institución está en las manos de Las Hermanitas de los ancianos desamparados y yo, solo tengo palabras de agradecimiento para ellas y para todo el personal que trabaja en dicho centro. No he visto lugar más limpio. A la hora de la comida, se huele un aroma de potaje o puré casero y las señoras que aún son autosuficientes, se ven caminando muy bien arregladas con su tacataca por los bellos jardines que rodean el Hogar.
Cuando paseamos por el recinto, todo el personal saluda a mi madre: “Hola Anita” y ella, se ríe con su nueva risa y se ve feliz con todas ellas.
Eso hace que un pensamiento de tranquilidad me rodee. Ya lleva unos años viviendo en el Hogar, y entre sus nietas, nuera, e hijas, hacemos que nunca se sienta alejada del cariño de su familia, Lo importante no es lo que ella piense, porque su mente está perdida en el caos de la demencia, ya no nos conoce la mayoría de las veces, lo importante es que a nosotras no se nos olvida que hay una parte de nuestros corazones viviendo en un gran hogar que, ahora es el suyo y que, aunque nos pregunte ¿quién eres? se nos ensancha el alma cuando, por ejemplo, yo, le digo: soy tu hija, mamá.
Muchísimas gracias, una vez más a todo el personal del Hogar y a esos voluntarios y voluntarias que sin tener protagonismo, tiene una presencia activa siempre importante.
Eternamente agradecida a las Hermanitas de los ancianos desamparados, que, aunque lleven ese nombre, los ancianos nunca están desamparados, si sus familias no les arropan, siempre están esas manos cariñosas, que ahora, sin serlo, se han sumado a su círculo familiar.
Eternamente agradecida.
Ana Chaceta es escritora.


























Olga Maria Rivero Santana | Martes, 24 de Febrero de 2026 a las 13:48:38 horas
Como bien se expresa en este artículo, es bueno y justo reconocer el trabajo bien hecho y más aún cuando se trata del trato que se le da a las personas que más lo necesitan; una situación en la que cualquiera puede verse en algún momento. Denunciar cuando no es así, pero también valorar y dar a conocer lo bueno que afortunadamente también se da.
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