
La costa de Telde se ha convertido en el escenario de un debate que trasciende lo local. Las jaulas marinas, presentadas a menudo como la panacea frente al agotamiento de los caladeros salvajes, están dejando una huella ambiental que ya no podemos ignorar. Sin embargo, para abordar este conflicto, debemos elevar la mirada. No se trata sólo de señalar con el dedo, sino de entender la arquitectura del problema.
Es un error común pensar que la acuicultura alivia la presión sobre los océanos. Al contrario, el modelo actual nos lleva a la extinción de especies salvajes. Para alimentar a los peces en cautividad, se requieren toneladas de harinas y aceites de pescado provenientes de capturas salvajes, acelerando el colapso de las poblaciones naturales. Es una lógica circular destructiva, ‘pescamos el océano para llenar una jaula’.
A esto se suma el impacto invisible bajo nuestras aguas. Aunque desde la orilla de las playas no percibamos esas bolas grasientas de color ocre, el fondo marino sufre una lluvia constante de residuos, restos de piensos y excrementos, generan bacterias y producen sulfuro de hidrógeno que degradan irreversiblemente el equilibrio marino. Y no olvidemos el riesgo de los escapes de peces: individuos seleccionados genéticamente que, al huir de las jaulas, compiten y desplazan a las poblaciones locales, extinguiendo la biodiversidad autóctona por hibridación o competencia voraz.
Es tentador caer en el marco de la responsabilidad individual —culpar al consumidor o al descuido técnico puntual—. Y seamos claros, si una empresa transgrede la norma o la ley, debe pagar. El principio de "quien contamina, paga" es innegociable. Pero en Telde asistimos a una táctica de distracción habitual: la empresa señala a los vertidos de los emisarios submarinos como los únicos culpables de la mortandad de sus peces, pretendiendo que ignoremos que sus propias jaulas funcionan como un reactor de residuos en pleno corazón de nuestro litoral.
No nos confundamos. El mal estado de los emisarios es, en sí mismo, otro problema perverso (Wicked problem) de gestión pública que trataré en un futuro artículo; pero usarlo como escudo no resta ni un ápice de gravedad al impacto de las jaulas. El verdadero desafío es estructural. No podemos simplemente proponer "trasladar los cultivos a tierra" como solución mágica, ya que el consumo energético y la gestión de residuos en tierra firme presentan desafíos de insostenibilidad a menudo mayores. El problema no es solo el lugar, sino un modelo de producción intensiva que choca frontalmente con la salud de nuestro litoral.
El verdadero desafío es estructural. Hemos aceptado la acuicultura industrial como la única respuesta a la crisis de las actividades extractivas de peces salvajes, sin cuestionar si el remedio es más costoso que la enfermedad. Estamos ante un modelo que, en muchos casos, privatiza el espacio público marítimo y socializa los residuos.
En teoría de planificación, un "problema perverso" es aquel que es difícil de resolver porque los requisitos son incompletos, contradictorios y cambiantes. Pero lo que ocurre en nuestras costas encaja mejor en la definición de problema superperverso (Super Wicked problem). El tiempo se agota (la degradación del ecosistema marino es acelerada). Quienes causan el problema también buscan solucionarlo (las empresas definen los estándares de su propia sostenibilidad). Las autoridades se muestran débiles frente a la presión de los grupos empresariales, permitiendo políticas que priorizan el dinero rápido de hoy a costa de arruinar el futuro de todos.
Si el problema es superperverso, la solución no puede venir de un despacho cerrado ni únicamente de los consejos de administración de las acuícolas. No puede ser que quien origina el problema sea quien establezca en exclusiva las soluciones.
La salida debe ser colectiva y contributiva. Los vecinos de Telde deben tener voz real en el uso de su litoral. La Comunidad Científica y Pescadores son una alianza necesaria. Los pescadores aportan el conocimiento empírico del medio; los científicos, los datos de impacto. Ambos deben liderar el mapa de "dónde y cómo" pueden —o no— instalarse estas jaulas. Política y empresa, en una sociedad democrática, deben actuar como ejecutores de un consenso técnico-social, no como directores de orquesta.
La pregunta para Telde no es solo si queremos jaulas marinas, sino bajo qué marco de justicia ambiental estamos dispuestos a permitirlas. Es hora de dejar de parchear lo "perverso" para enfrentar lo "superperverso" con democracia ambiental y rigor científico.
Domingo Rigüela Padrón es ciudadano de Telde y estudiante de Ciencias Ambientales.









Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.10