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Viernes, 13 de Febrero de 2026

Actualizada Viernes, 13 de Febrero de 2026 a las 22:23:03 horas

Colaboración

San Valentín: del martirio al marketing, del amor al encuentro

Reflexión de Esteban Rodríguez

ESTEBAN RODRÍGUEZ GARCÍA Viernes, 13 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Viernes, 13 de Febrero de 2026 a las 18:30:39 horas

Cada 14 de febrero millones de personas celebran el Día de los Enamorados entre regalos, mensajes y promesas, pero tras esta fecha se esconde una historia compleja que invita a repensar el significado del amor más allá de su versión comercial y a recuperar una mirada más consciente, amplia y humana sobre cómo nos relacionamos.

 

El origen del Día de San Valentín se sitúa, según la tradición más extendida, en la Roma del siglo III, donde un sacerdote llamado Valentín desafió las órdenes del emperador Claudio II, quien había prohibido los matrimonios entre jóvenes soldados al considerar que estos rendían mejor sin vínculos afectivos. Valentín, en un acto de compromiso con el amor y la libertad de las personas, celebraba bodas en secreto, lo que le llevó a ser encarcelado y posteriormente ejecutado un 14 de febrero. Con el paso del tiempo, su figura fue adoptada por la tradición cristiana y, ya en la Edad Media, comenzó a asociarse con el amor romántico, especialmente en Europa, donde se vinculaba esta fecha con el inicio del apareamiento de las aves, dotando a la jornada de un carácter simbólico y poético.

 

Sin embargo, la celebración tal y como la conocemos hoy se aleja considerablemente de sus orígenes. A lo largo del siglo XX, especialmente (como es habitual) bajo la influencia del mercado estadounidense, San Valentín fue transformándose en un fenómeno marcadamente comercial en el que el amor empezó a expresarse a través de objetos: tarjetas, flores, chocolates, cenas o joyas. Este proceso no es necesariamente negativo en sí mismo, pero sí plantea una cuestión relevante: cuando el amor se reduce a gestos materiales, corre el riesgo de vaciarse de contenido emocional real y convertirse en una representación más que en una experiencia vivida. En este contexto, el valor simbólico del amor puede quedar eclipsado por su dimensión consumista, generando incluso una presión social sobre cómo debe demostrarse.

 

A esta simplificación se suma otro elemento significativo: la tendencia a identificar el amor exclusivamente con la relación de pareja. Esta visión limita una experiencia mucho más amplia y profunda. El amor también se manifiesta en la amistad, en los vínculos familiares, en la forma en que una persona se relaciona consigo misma y en su manera de estar en el mundo. Reducirlo únicamente a la pareja no solo empobrece su significado, sino que puede generar la sensación de que quien no tiene una relación sentimental está incompleto, una idea que no se sostiene desde una mirada emocionalmente saludable.

 

En este sentido, el amor está profundamente ligado al cuidado. Cuidar y amar no son conceptos separados, sino expresiones de una misma raíz. Sin embargo, durante años se ha extendido la creencia de que amar implica sacrificarse, ceder constantemente o incluso olvidarse de uno mismo en favor del otro. Esta interpretación ha dado lugar a relaciones desequilibradas en las que el desgaste emocional se normaliza. Frente a ello, cada vez cobra más fuerza una comprensión del amor basada en el respeto, los límites y la responsabilidad afectiva. Amar no debería implicar anularse, sino poder sostener la propia identidad dentro del vínculo.

 

De ahí surge una de las cuestiones más relevantes en las relaciones contemporáneas: cómo amar sin perderse. Muchas relaciones no se rompen por falta de sentimiento, sino por la ausencia de equilibrio entre el espacio individual y el compartido. La convivencia emocional requiere aprendizaje, comunicación y una cierta madurez que permita sostener diferencias sin que estas se conviertan en conflicto permanente. Amar, en este sentido, no es fusionarse con el otro, sino compartir desde la libertad, sin necesidad de posesión ni dependencia.

 

Otro de los aspectos que merece atención es la percepción de la soledad. En una sociedad que tiende a evitarla, muchas personas buscan relaciones desde la necesidad más que desde la elección. Sin embargo, estar solo no implica estar vacío ni incompleto, sino que puede representar una etapa de crecimiento personal, autoconocimiento y cuidado propio. Desde ahí, una relación deja de ser un refugio frente al miedo y pasa a ser un encuentro entre dos personas que eligen compartir su vida.

 

En este contexto, San Valentín puede seguir siendo una fecha significativa, pero quizás su valor no resida tanto en los gestos visibles como en la reflexión que puede generar. Más allá de los regalos, la jornada puede convertirse en una oportunidad para revisar cómo entendemos el amor, cómo nos tratamos a nosotros mismos y cómo nos relacionamos con los demás. En una sociedad marcada por la rapidez, la sobreinformación y, en ocasiones, la desconexión emocional, hablar de amor es también hablar de convivencia, de respeto y de la capacidad de construir vínculos más conscientes.

 

Así, el 14 de febrero deja de ser únicamente una celebración romántica para convertirse en una invitación a ampliar la mirada: del amor como posesión al amor como presencia, del amor como necesidad al amor como elección y del amor idealizado al amor practicado en lo cotidiano. Porque, en última instancia, amar no es encontrar a alguien que nos complete, sino aprender a compartir sin dejar de ser.


Esteban Rodríguez García es coach en Gestión Emocional y Mindfulness

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