El sectarismo, en su esencia, no constituye una ideología específica ni una postura política definida. Representa, primordialmente, una modalidad de interacción con las ideas y con los demás individuos, una modalidad empobrecida. En el contexto actual de creciente polarización, el sectarismo se ha erigido como uno de los desafíos sociales y políticos más acuciantes de nuestras democracias, a pesar de su frecuente invisibilización como tal.
En el ámbito político, el sectarismo se manifiesta cuando la afiliación a un grupo adquiere mayor relevancia que la búsqueda objetiva de la verdad, cuando la identidad se impone sobre el argumento racional y cuando la disidencia se percibe como una traición. En consecuencia, el mundo se fragmenta en dos bandos claramente delimitados: los propios y los ajenos, los virtuosos y los viciosos, los “despiertos” y los “dormidos”. A partir de este punto, el pensamiento crítico se torna innecesario, siendo suficiente con la mera alineación con la postura grupal.
Las redes sociales han amplificado exponencialmente esta lógica, transformando el debate público en una sucesión de consignas, etiquetas y respuestas automatizadas. La discusión de ideas ha cedido el paso a la defensa de posiciones predefinidas, convirtiendo cada acontecimiento en un pretexto para la confirmación de creencias preexistentes, en lugar de un estímulo para su comprensión profunda. El sectarismo, en su naturaleza intrínseca, no busca la comprensión de la realidad, sino la salvaguarda de una identidad particular.
Desde una perspectiva social, este fenómeno conlleva consecuencias de gran envergadura. El sectarismo erosiona la confianza entre ciudadanos, fragmenta los puentes del diálogo y transforma al adversario en un enemigo moral. Ya no se trata de que el otro esté equivocado, sino de que representa una amenaza, una fuente de ignorancia o una manifestación malintencionada. Cuando se produce esta transformación, la convivencia se resiente y el espacio común se reduce considerablemente.
En la era de la información ilimitada, paradójicamente, nos encontramos en un periodo caracterizado por el pensamiento encapsulado. El sectarismo, esa tendencia humana a agruparse en torno a verdades absolutas y a demonizar al diferente, ha encontrado en nuestro tiempo un hábitat propicio. Si bien no se trata de un fenómeno novedoso, las divisiones religiosas, étnicas e ideológicas han marcado la historia humana, su manifestación contemporánea resulta particularmente insidiosa al disfrazarse de convicción legítima.
Esta tendencia se evidencia en diversos ámbitos: la política, convertida en tribalismo; el debate público, reducido a trincheras ideológicas; y las redes sociales, que mediante sus algoritmos inducen un encierro intelectual. El sectarismo ya no requiere muros físicos; construye cámaras de eco digitales donde nuestras creencias se reflejan infinitamente sin encontrar un contrapunto. El funcionamiento de esta maquinaria sectaria se basa en tres pilares fundamentales. En primer lugar, establece una frontera moral clara: “nosotros” (los poseedores de la verdad, los virtuosos) contra “ellos” (los engañados, los malintencionados). En segundo lugar, desarrolla un lenguaje propio, consignas que operan como contraseñas de pertenencia. En tercer lugar, desacredita sistemáticamente las fuentes externas, creando un relato cerrado donde únicamente ciertos medios, ciertos intelectuales y datos son considerados aceptables.
Lo más preocupante es que este proceso rara vez se desarrolla de manera consciente. Creemos estar pensando con libertad cuando, en realidad, estamos recitando guiones aprendidos. Nos convencemos de haber llegado a nuestras conclusiones mediante la razón, cuando frecuentemente hemos seguido el camino emocional del grupo. El costo del sectarismo es inmenso. Destruye la capacidad de diálogo, que constituye el fundamento mismo de la democracia. Cuando el otro deja de ser un interlocutor legítimo para convertirse en un enemigo existencial, la política deja de ser el arte de lo posible y se transforma en una guerra cultural permanente...desde la acera de enfrente.
Gregorio Viera Vega fue concejal del PSOE en el Ayuntamiento de Telde.









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