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Viernes, 06 de Febrero de 2026

Actualizada Viernes, 06 de Febrero de 2026 a las 21:48:23 horas

Colaboración

Una novela y un país africano colonizado

Nicolás Guerra

NICOLÁS GUERRA Viernes, 06 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Viernes, 06 de Febrero de 2026 a las 17:59:46 horas

¿Puede un río, estimado lector, recorrer diez países desde Burundi con transitorias paradas en Ruanda, Tanzania, Uganda, Kenia, República Democrática del Congo, Sudán del Sur, Sudán, Etiopía y Egipto, última etapa antes de su desembocadura en el Mediterráneo, es decir, desde el sureste africano hasta el norte? 


 Pues sí. Y a su paso por Sudán riega las tierras de una aldea cercana a Jartum, la capital. Desde ellas un nativo -educado en universidades inglesas- nos conduce (habilidad, dominio técnico, belleza a veces poética, a veces muy cruda) para conocer la vida de un paisano (sabio, profesor, triunfador en las alta sociedad inglesa) a quien se le suponía muerto. Pero se había refugiado entre analfabetos campesinos sudaneses, ignorantes de quién se trataba. Su vinculación con el río que recorre diez países cierra el último capítulo: “Me metí en el río desnudo como mi madre me trajo al mundo […] Aunque estaba flotando sobre el agua, no formaba parte de ella”.  
 

(Por cierto: la actual República Democrática del Congo entre 1908 y 1960 fue propiedad privada -incluidos sus habitantes- de la monarquía belga y, posteriormente, del Estado. Sin embargo, el Gobierno belga reclama hoy muy rigurosos controles para frenar la migración ilegal… a solo sesenta y cinco años de haberles devuelto el país a sus propietarios. Y olvida los cincuenta años de asesinatos en masa, seis millones de muertos sudaneses en “obras públicas”, violaciones, mutilaciones, mercenarios a sangre y fuego, esclavitud para construir vías de comunicación y así transportar las riquezas robadas… y a las tropas invasoras.)
 

¿Puede un río alcanzar casi los siete mil kilómetros cuando la distancia entre Asturias y Gibraltar se estima en ochocientos cincuenta?  Y aunque son muchos los factores (inmensas presas...) que influyen en su decurso, ¿cuánto tardan las primeras aguas del naciente en llegar a su desembocadura? Varios meses, apuntan los estudiosos. Pero antes deben regar las ilusiones de simples campesinos sudaneses, personajes de una novela.
 

¿Y a pesar de sus siete mil kilómetros puede un río convertirse en la imaginada catapulta de un niño -narrador de Época de migración al Norte (1969)- cuyos pensamientos empezamos a conocer desde las primeras páginas de la novela hasta su madurez y posterior doctorado en literatura inglesa? Aquel, tumbado bajo un árbol cercano a las aguas, sueña con el lejano horizonte que llegará incluso más allá de las fronteras africanas, quizás hasta el mismo Londres de la esclavista y colonizadora Inglaterra. (Acaso un riesgo para él: ¿insinúa que podría ser diosa-serpiente cuyos encantos lo atraparán... y será devorado por sus corrientes?) 
 

¿Es el mismo río que refugia a “pequeños islotes verdes sobre los que revolotean pájaros blancos” y gracias al cual su abuelo y viejos amigos vivían de la agricultura, subsistencia de todos, incluidas las tierras aledañas? El  narrador lo confirma cuando, ya “intelectualizado” en la odiada metrópoli, regresa a su tierra sudanesa, a las mismas orillas del río donde están su infancia y primeros años de la adolescencia: “Fue maravilloso encontrarme de nuevo realmente allí”. Y empezó a recuperar “ese alegre murmullo del viento  de nuestro pueblo”.
 

Desde esas mismas orillas, recordando los años en la metrópoli, contrasta su poblado con la rigurosa planificación inglesa (“las casas, los campos y los árboles han sido diseñados de acuerdo con un plan”). Más: los ríos ingleses caminan sin serpentear, se desplazan ordenadamente. Y no solo como animaliza el novelista al torrente de aguas africanas, sino también a la manera de Calderón (el arroyo es “...culebra / que entre flores se desata”). O de  Antonio Machado: el Duero culebrea como símbolo del devenir, el mismo que vislumbra y ansía el joven relator. A fin de cuentas es el río de su tierra ocupada (“el gobernador inglés de la región era entonces como un dios omnipotente”).
 

¿!Qué río? Es el Nilo, bautizado por los griegos (Neilos) y por Roma (Nilus), a cuyos pies nacieron extraordinarias culturas (seis mil años a. C.) muy anteriores a las nuestras, la helena y la romana, cunas del pensamiento europeo. El mismo Nilo tan presente en la novela de Tayyeb Saleh, un sudanés del siglo XX que llegó a ser universitario en Londres y director del departamento árabe de la BBC, emisora de radio de las más antiguas de Europa y siempre modelo cuando de imparcialidad, rigor e inteligente análisis se trata. (La escuchaba desde mediados de los años sesenta del siglo pasado. Fue la fresca y confiable fuente informativa -en español- de quienes ansiábamos coger las verdades y estar al día dada la férrea y encarceladora censura franquista sobre todos los medios de comunicación.)
 

En varias páginas Saleh se refiere al río y a la mar como elementos simbólicos tan usados en nuestra literatura desde el siglo XV por Jorge Manrique (“Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / qu´es el morir”): nacemos, navegamos y desembocamos. Para el novelista africano, también los tres momentos: sin el río no habría principio; corre hacia el norte, tuerce hacia el este si le sale al paso una montaña, y si encuentra algún gran obstáculo (un precipicio, por ejemplo), vuelve hacia el oeste. Pero ”Tarde o temprano, su curso inexorable acaba en el norte, en el mar”. (Como todos los seres humanos, todos: nos nacen en el seno familiar; crecemos mientras se entrecruzan caminos, senderos y vías en los cuales nos desarrollamos; y, finalmente, nuestro cuerpo se rinde de repente o “se deja dil”, pacientemente. A partir de ahí, la nada.) 
 

Desarrolla también concomitancias con otros temas conocidos como, por ejemplo,  los impactos solares del mediodía y la tarde. A fin de cuentas es África, el desierto, lugares por donde descansan esqueletos de camellos vencidos definitivamente por la sed y el hambre. Lugares donde los árboles ni están vivos ni están muertos y el sol “lanza sus rayos sobre la tierra como si hubiera una antigua venganza entre él y y los habitantes del planeta”, “este sol insoportable que derrite el cerebro y paraliza el pensamiento”. (¿Acaso el mismo sol que enloqueció al protagonista de L’ètranger, la obra de Camus, donde un francés-argelino de la tierra ocupada por Francia se siente dominado por él y comete un asesinato?) Como contraste, el Nilo da vida a las tierras, las hace germinar. Y la noche refresca, “es la salvación”. 
 

Es una novela que seduce, embriaga... Naturaleza y tradiciones violadas por el inglés; sentimiento de desprecio de quienes transmitieron “la enfermedad de la economía capitalista”; rebeliones de un pueblo consciente de cómo los usurpadores levantaron escuelas solo para enseñar a los nativos tres palabras: “Yes, my lord”.

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

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