
Gobernanza de despacho, negligencia de campo: El fracaso del protocolo contra el rabo de gato
Como jardinero, mi relación con la tierra ha sido siempre mi vocación. Sin embargo, durante años he vivido mi activismo ambiental en un estado de "supervivencia", agotado por una maraña legislativa que a menudo ignora la realidad de quienes trabajamos la tierra.
El año pasado, tuve el privilegio de participar junto a mi hijo en una actividad organizada por la Asociación Flora en colaboración con el CEIP Amelia Vega Monzón. Fue una jornada de alfabetización ambiental ejemplar. Familias, docentes y alumnos aprendimos a identificar nuestras joyas botánicas y, sobre todo, a combatir técnicamente al rabo de gato (Pennisetum setaceum), una de las especies invasoras más agresivas de Canarias. Aprendimos que no basta con cortar; que hay que embolsar las espigas, arrancar de raíz y evitar a toda costa la dispersión de la semilla. Salimos de allí con la satisfacción de quien sabe que la gestión del territorio empieza en el pupitre y termina en las manos.
Sin embargo, la realidad de nuestras instituciones parece viajar por una carretera distinta a la de la educación.
Este mes de enero, mientras llevaba a mi hijo al colegio, presenciamos una escena surrealista a la altura de la Máquina del Azúcar, en la GC-41. Los operarios de la empresa concesionaria del mantenimiento de carreteras del Cabildo de Gran Canaria realizaban labores de desbroce en los márgenes. Lo que debería ser una tarea de mantenimiento era, en realidad, una siembra masiva: una nube densa de semillas de rabo de gato corría por la calzada, impulsada por las máquinas y el viento, colonizando nuevos metros de isla con cada pasada.
Mi hijo, con la lógica aplastante de quien ha sido bien formado, me preguntó: "Papá, ¿el rabo de gato no se arranca con cuidado como nos explicaron en el cole?".
¿Cómo se le explica a un niño que las instituciones públicas —Cabildos y Ayuntamientos— incumplen sistemáticamente los protocolos que ellas mismas redactan? ¿Cómo justificar que, mientras la ciudadanía se moviliza en voluntariados para salvar nuestra biodiversidad, la administración contrata servicios que actúan como el principal vector de dispersión de la plaga?
El rabo de gato está incluido en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y su gestión está reglada. El desbroce mecánico sin retirada previa de la semilla es una negligencia técnica que anula años de esfuerzo ciudadano y fondos públicos. Es el síntoma de una administración que elabora los concursos públicos "desde el despacho" pero no supervisa "en la cuenta".
Si queremos que la protección del medio ambiente sea efectiva, debemos superar la etapa de las leyes de papel. Necesitamos una gobernanza real donde los técnicos y los actores que pisamos el terreno seamos escuchados. No podemos pedirle a la infancia que sea el guardián de la naturaleza si quienes ostentan la responsabilidad pública actúan como sus principales saboteadores por pura desidia operativa.
La gestión del territorio es la interfaz entre nuestra civilización y la naturaleza. Si esa interfaz se rompe en las manos de quien debe cuidarla, no solo perdemos biodiversidad; perdemos la confianza de las nuevas generaciones. Es hora de que el Cabildo, Ayuntamientos y las concesionarias bajen del coche y aprendan la lección que mi hijo ya aprobó en el Amelia Vega Monzón.
Domingo Rigüela Padrón es ciudadano de Telde.


























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