Leandro Asis, junto a la fuente de la plaza de San Francisco (Foto: Juan Antonio Hernández)Leandro Asís Schuarzberg (28 de abril de 1989) es licenciado en Derecho, abogado y gestor de cuentas. Se formó en el British School of Gran Canaria (1993–2007) y cursó Derecho en ESADE, Barcelona (2007–2012). Ese recorrido unió educación bilingüe y una universidad con cultura de empresa, orientada a salidas corporativas, despacho y departamento jurídico.
Su entrada al mundo profesional se produjo en el ejercicio jurídico. Trabajó en el despacho barcelonés Garrigues entre 2011 y 2012 como abogado y asesor laboral, y después en Las Palmas de Gran Canaria en Milicia Ramos Abogados (2013–2014), con práctica contencioso-administrativa, civil, laboral y penal.
Desde 2015 su carrera quedó vinculada a la industria: gestor de cuenta (o Key Account Manager, como les gusta a los bilingües) en Gestamp, primero en Barcelona (2015–2018) y más tarde en Estados Unidos (2018–2025), con responsabilidad comercial, relación con cliente y un entorno laboral marcado por movilidad y exigencia.
Leandro Asís atiende a TELDEACTUALIDAD en el núcleo fuerte de San Francisco: plaza junto a la iglesia y luego en el mirador donde se puede otear barrios emblemáticos como Caserones, Cendro y Tara. ¿Motivo de su elección?: “Es un barrio superpintoresco, muy emblemático, siendo un miércoles a la mañana, una zona tranquila. Representa muy bien lo que es la zona colonial, no solo de Canarias, sino de Telde”.
Sus primeros recuerdos se sitúan en Marzagán, una etapa de quietud antes del traslado definitivo al núcleo urbano. “Me mudé al centro porque yo ya estaba apuntado en baloncesto y en fútbol, en el CB Telde y en el CD Faycán y al tenis en La Pardilla”. Esa mudanza facilitó una integración total en la vida social del municipio. “La verdad que fue muy fácil el venir porque ya conocía a mucha gente. Y la recuerdo muy feliz y con mucha actividad”.
Ese activismo en las calles de Telde convivía con la realidad académica del British School. Asis recuerda la distancia emocional que sentía hacia ese modelo educativo durante su niñez. “De pequeño no le veía mucha utilidad, si te soy sincero. Porque todos mis amigos iban a los institutos, yo veía otro tipo de temario, incluso la historia que dábamos era la historia de Gran Bretaña. No me sentía como arraigado con el resto de mis compañeros de vida”.
Una vez superado la enseñanza en el BSGC, le tocó deshojar margarita universitaria y la elección del Derecho en Leandro respondió a una búsqueda de herramientas útiles para navegar la realidad. “Siempre sentí que fue una carrera muy práctica para la vida en general y que tenía muchas salidas laborales”, explica. Como tantos jóvenes de su generación, el primer contacto con la justicia fue a través del cristal de la ficción: “Uno se cría viendo series como Ally McBeal o Shark. La parte penal es la que más te intriga, el tema de los delitos de sangre y los juicios”.
El interés inicial sufrió un desplazamiento al entrar en contacto con la academia. Al comenzar la carrera, el brillo de los crímenes dio paso a una fascinación por la arquitectura de las organizaciones. “Ya una vez te metes dentro de la carrera te das cuenta de que hay muchísimas ramas más. Me empezó a gustar mucho más la parte de empresa, el derecho mercantil, el laboral… cosas aplicables al día a día corporativo”.
Cruzar el umbral de ESADE le supuso someterse a un proceso de destilación intelectual. El Derecho allí se moldeaba bajo una presión constante que obligaba a una lucidez inmediata. “La carrera te exige una capacidad de análisis y una disciplina que no todo el mundo está dispuesto a asumir”, reconoce. En ese proceso, Leandro filtró sus opciones: el Derecho podía ser una estructura de poder o una jaula burocrática, y él ya buscaba la llave de la toma de decisiones.
El ejercicio profesional en Milicia Ramos transformó los conceptos teóricos en una responsabilidad de peso físico. El Derecho se convirtió en plazos que vencen y vidas que dependen de un escrito. “Ahí tienes más contacto con la gente, temas más mundanos. Temas civiles, de menores, penal, contencioso-administrativo... te das cuenta de que los problemas de la gente son reales y que un error tuyo tiene consecuencias directas”.
En la práctica, el sistema judicial español se reveló como un engranaje garantista. “Aquí vas a un juicio e intentas convencer a un juez, que es el que entiende de ley. Le hablas de la ley tal, del artículo tal... es un proceso técnico”. La realidad de los juzgados, con su carga técnica y su lentitud administrativa, acabó por delimitar su campo de acción.
Tras años de lidiar con el conflicto, Leandro identificó el agotamiento inherente a la abogacía reactiva. “El derecho penal o civil tradicional tiene un componente de conflicto constante que puede llegar a agotar”, admite. El límite personal surgió al comprender que su energía estaba atrapada en resolver problemas ya creados, en lugar de participar en su prevención o desarrollo. “Me di cuenta de que me gustaba más construir que defender lo construido. En el ejercicio clásico te limitas a intentar salvar una situación que ya se ha torcido”. Esa toma de conciencia marcó el cierre de una etapa: la toga era un marco demasiado estrecho para alguien que deseaba influir en el origen de las operaciones comerciales.
La transición a la empresa fue el paso natural hacia el Derecho de gestión. En Gestamp, el cambio de rol fue radical: de asesor externo a responsable de resultados. “Mi jefe en ese momento me dijo: «Te veo un perfil más comercial. Siendo comercial vas a poder viajar más, vas a tener contacto con los clientes. Si estás en el departamento jurídico vas a estar nada más que redactando leyes»... Y ahí me quedé”. La negociación se convirtió en una gestión de confianza y costes. “El rol comercial requiere entender el contrato para proteger a la empresa, pero sobre todo entender a la persona que tienes enfrente. La negociación ya no es sobre un artículo del Código Civil, sino sobre costes, logística, calidad y confianza”.
Su etapa en Estados Unidos despojó a su método de cualquier resto de burocracia. Michigan le enseñó una eficiencia extrema. “Allí todo es a lo grande; quieres algo para allá, lo tienes ya. Pero la protección laboral no existe. Yo me operé de la rodilla y al día siguiente estaba trabajando con el ordenador en la cama. Te operan un lunes y el martes tienes que estar rindiendo”. Operativamente, el choque jurídico fue total: mientras España busca la verdad técnica ante un juez, EE. UU. busca la persuasión ante ciudadanos de a pie. “Tienes el jurado, entonces el abogado hace más como de actor, porque es el que le quiere vender a un jurado de dpce personas una historia. Si no aportas valor hoy, no importa lo que hiciste ayer”.
Todo eso, en el país de Donald Trump, de Elon Musk, Mark Zuckerberg, Bill Gates, Steve Jobs y Satya Nadellla. Cuando se refiere a su ciudad de crianza y residencia, se le ablanda los sentimientos describiéndola: “A nivel social, se me hace que es una ciudad relativamente grande pero con corazón de pueblo, que eso tiene su encanto. Pero a San Juan le falta más vida”.
Su análisis parte de una observación directa de los espacios que habita y recorre. Siente una inclinación natural hacia el potencial de los cascos históricos. La arquitectura colonial de San Francisco representa para él un valor seguro para el visitante. “Siempre que viene gente de visita a Telde, paseo obligado es San Francisco”, afirma con rotundidad. Sin embargo, esa admiración por la piedra y la historia choca con una percepción de estatismo en el día a día del municipio.
La preocupación por las infraestructuras deportivas ocupa un lugar central en su discurso. Leandro vivió una infancia ligada al movimiento y al uso de las canchas públicas. Observa ahora con inquietud el estado de instalaciones fundamentales para la cohesión social. “A nivel deportivo, se me hace que Telde tiene un municipio que tiene muchísimo potencial, pero está lastrado. Un polideportivo que está en el corazón de la ciudad, el Paco Artiles, que esté así cerrado… eso es inviable”. Para él, la salud de una ciudad se mide por la vitalidad de sus centros de entrenamiento. El cierre de estos espacios supone una pérdida de oportunidades para las nuevas generaciones. Leandro apuesta por una recuperación de estos nodos de actividad como motor de cambio.
La conectividad entre los barrios y las zonas de ocio es otro punto de fricción en su diagnóstico. Su experiencia internacional en ciudades con transportes eficientes le otorga una visión crítica sobre los accesos locales. “Ir en guagua hasta El Hornillo es inviable. O sea, tienes que llegar hasta Telde, luego caminar por la carretera que no hay ni siquiera una acera, que los coches pasan a 80 por hora por tu lado. Los accesos son horribles. Eso habría que mejorarlo”. Leandro defiende un urbanismo amable con el peatón y el deportista. La falta de seguridad en los viales periféricos limita el uso de los grandes complejos de la ciudad. Su propuesta pasa por una integración real de las zonas periféricas mediante infraestructuras seguras y accesibles.
En el plano económico y patrimonial, Leandro visualiza una ciudad vibrante y abierta. Toma como referencia otros núcleos históricos donde el respeto a la historia convive con el dinamismo comercial. “Si vives en un casco antiguo, yo estaba en Cartagena de Indias, por ejemplo, o como el de Vegueta… está lleno de hoteles, boutiques, restaurantes, discotecas, y le da una vida tremenda a la ciudad”. Siente que San Juan posee los atributos necesarios para replicar esos modelos de éxito. La dinamización de los locales vacíos y la creación de una oferta gastronómica y cultural sólida resultan esenciales. “A San Juan le falta un poco más de eso, pero también porque hay muchos temas, muchas restricciones con todo”, explica al señalar la rigidez administrativa.
Su conclusión sobre el estado actual de la ciudad destila una mezcla de afecto y exigencia. Leandro desea ver un Telde que aproveche cada rincón de su geografía. “Aquí vale que hay muchas restricciones, mucho patrimonio, pero está muy muerto, está muy muerto todo la verdad. Me da pena”. A pesar de esta visión crítica, mantiene un vínculo emocional inquebrantable con las calles de su infancia. Su regreso al municipio implica un compromiso con la mejora de su entorno. Cree en la posibilidad de facilitar las iniciativas que aporten color y actividad a los barrios históricos. El silencio de San Francisco es una joya patrimonial, pero Leandro aspira a que ese silencio sea el preludio de una renovación profunda en la gestión de la ciudad.














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