(A la memoria imperecedera de mi tío-abuelo Antonio Guedes Santos, dueño de un caramelero).
Solo recuerdo que era el atardecer de un día cualquiera del recién estrenado mes de enero de 2026. Los rayos del Sol, que normalmente invadían sin piedad aquel reducto de la casa llamado patio, ahora daba lugar a una tenue luz que anunciaba la despedida del día. Extraño en estos lares era el frío en el que se sumían estas últimas horas. El Teide, en la cercana Tenerife, luce completamente nevado y, cuando al Volcán Padre le crecen las canosas barbas, cual anciano atlante, todas las Islas Afortunadas, fieles hijas de éste, sucumben a la humedad extrema y al gélido céfiro.
Aparto la vista por un instante del libro que mis cansadas manos sostienen. La obra en cuestión es una historia novelada sobre la vida de Jesús de Nararet, titulada El Profeta, nacida de la investigación histórica que sobre el personaje Divino-humano realizó magistralmente José María Zavala. Al girar mis ojos éstos enfocan a un rincón que, en ángulo recto, se dibuja entre la blanca pared y la acristalada galería. Allí plantada en un gran macetero de rojo barro cocido, vive una coqueta pompadour. ![[Img #1000600]](https://teldeactualidad.com/upload/images/11_2023/2565_recorridoetnograficolosllanos2023-65.jpg)
A partir de ahora, emplearé siempre el femenino como lo dejó establecido, en su momento, la Real Academia de La Lengua, a sabiendas de lo extraño y sorpresivo que pudiera ser para el lector canario, que habitualmente lo hace masculino. Así, jamás diríamos la pompadour, sino el pompadour, reservando exclusivamente La Pompadour, cuando denominamos a la amante del Rey Luis XV de Francia.
No estará de más repasar la vida y obra de La Pompadour, llamada en realidad Jeanne-Antoinette Poisson que vivió entre 1721 y 1764. Aunque el pueblo le atribuía grado sumo de frivolidad, en verdad fue una destacada mecenas del mundo cultural, sobresaliendo por su altruismo a la hora de fomentar las Artes Plásticas, también fue notable defensora de los filósofos de La Ilustración y promotora sin igual del estilo Rococó, todo ello a pesar de sus orígenes burgueses y al odio que generó entre la nobleza por su influencia sobre la voluntad real. Jeanne-Antoinette recibió una más que esmerada educación en un selecto internado de monjas. Siendo ya entonces una adolescente de gran encanto físico e intuitiva inteligencia. Algo más tarde, aceptó contraer matrimonio con Charles-Guillaume Le Nortmant d´Étiolles, hombre de gran fortuna y altísimo prestigio social, que le valió a su esposa para ser aceptada en los más exquisitos salones parisinos, en donde deslumbró a propios y extraños. Una pitonisa le predijo que reinaría sobre el corazón de un rey, desde entonces su madre la llamó ma Reinette (Mi pequeña reina). En 1745 fue presentada, durante un baile de máscaras, a Luis XV, que quedó completamente fascinado por la dama. Algo más tarde, el rey la hizo su amante oficial, instalándola en Versalles. Creó para ella el señorío de Pompadour, que elevó, algo más tarde, a marquesado. Con el tiempo, la relación física con el monarca terminó, pero dotada de gran inteligencia política siguió siendo consejera e influyendo en los más altos asuntos del Estado. La Pompadour apoyó las más variadas acciones diplomáticas, entre ellas el celebre Tratado de Versalles que unió a Francia con Austria contra Prusia, durante la guerra de los Siete Años.
La Pompadour tuvo tal grado de influencia en la sociedad cortesana parisina que muy prontamente se convirtió en el faro y guía de la moda femenina. Todas las damas querían imitarla, tanto en sus peinados como en su forma de vestir. El rostro nacarado de la célebre cortesana obtenido tras maquillar con profusión su piel con finos polvos confeccionados ad hoc y, los falsos lunares, distribuidos estratégicamente, añadían coquetería y, en cierto modo, picardía. No ha de extrañarnos que à la manière de o à la façon de La Pompadour, se impusiera en aquellos años. De ahí que muchas flores y objetos varios recibieran tal apelativo.
Su exquisito gusto en el mundo de Las Artes la llevó a proteger la célebre porcelana de Sèvres, creándose para ella la coqueta Rosa Pompadour. En el mundo de la arquitectura su opinión fue decisiva en las obras de la Plaza de La Concordia y la École Militaire.
Espíritu libre, supo nadar y guardar la ropa, amada y odiada por igual, fue muy apreciada por sus amigos y terriblemente temida por sus enemigos, en ambos bandos levantó pasiones inconfesables.
Concluido nuestro breve, pero intenso paseo por la biografía de esta tan peculiar como atractiva mujer, volvamos a lo que realmente es el motivo principal del presente artículo. Así pronta mi mente vuela a otros lares más cercanos y, concretamente, a mi casa paterna de la calle Tomás Morales Nº3 del Barrio de Los Llanos de Telde. Allí, en el hall de entrada e iluminado por un cierre de grandes ventanales, mi madre cuidadosamente protegía su variopinta pompadour. En el amplio patio central de mis tíos, Antonio Guedes Santos y Rosa Pérez de Azofra, en la también rúa llanense General Mola número 4; en dos enormes maceteros de cemento imitando sendos troncos de árboles, había un ejemplar de pompadour blanco- verde, y otro en tonos rojos-violáceos, este último con la peculiaridad de ser un caramelero. Debido a la imaginación y destreza de mi tío-abuelo, que con finos hilos de coser colgaba de sus ramas una decena o docena de caramelos. Mi mente fantástica creía, a pies juntillas, que el mentado arbolillo daba esos dulces frutos. Otros tíos-abuelos, Blas Guedes Santos y Dominga (Mima) Pérez de Azofra, que vivían muy cerca de casa, en la calle Juan Diego de La Fuente, lucían en el segundo descansillo de la escalera interior de su hogar y bajo cierre de láminas de cristal, otra pompadour, que como todas las anteriores derrochaba vida y armónicas tonalidades, con la particularidad de invadir el paso y por ello estar sometida a una continua caída de hojas. A un tiro de piedra de esta última vivienda, se encontraban las de la familia Peña Verona y también la del comerciante don Juan Martín Saavedra y su esposa doña Pino de La Nuez Calderín; así como la de doña Candelaria (Doña Lala) Monzón Santana. Pero sin duda alguna los más espléndidos ejemplares los poseía el amplio patrio de la familia Jiménez Ortega, en donde doña María de Los Ángeles y más tarde doña Nieves (Nievita), cuidaban con esmero. En todos estos lugares había un que otro ejemplar de Pompadour, a los que recuerdo con agrado.
En el hogar de mi abuela Lola, en la calle Pérez Galdós del Barrio de San Juan, lucía perennemente otro arbusto similar, que hacía las delicias de todos los que por allí deambulábamos, hasta que un buen día mi tía, María Salomé Padrón Espinosa, decretó su traslado a la azotea, sufriendo el efímero ejemplar un exilio no exento de cierto ostracismo, que Pirulo, el fiel perro de aguas de mi prima Mari Lola, aprovechó para mordisquearlo una y otra vez, sometiéndolo así a una poda desmesurada de la que nunca se repuso. En el Barrio de San Francisco, mis primos Laureano de Armas Verdugo y Ana Rosa Fleitas Padrón, en su domicilio familiar de la calle o callejón de La Fuente, tuvieron durante años un mato, hijo de éste, que al estar en un longo patio descubierto y siempre soleado, creció hasta cotas inimaginables.
Al hacer memoria de las pompadours familiares, me asaltan a la mente otras tantas que vi, en los tiempos de infancia y juventud, en otros tantos hogares de parientes más o menos lejanos y de amistades. Así, en la casa de don Diego Ojeda Amador y doña María Rodríguez Sanabria y, también en la de su hermana doña Ana y su marido don José de La Nuez Martín. Ambas familias las habían plantado en sendos macetones de cemento, imitaban éstos a unos robustos troncos arbóreos, sujetados en alto por unos tronquillos del mismo material, entrelazados los unos con los otros.
La mansión solariega de doña Pino Medina Castro y don Sebastián (Don Chano) Álvarez Cabrera, médico otorrinolaringólogo y alcalde de Telde; sita ésta entre La Alameda de San Juan y la Calle Duende (Edificación que había pertenecido durante siglos a la familia de los León y Joven), tanto en su patio central como en su huerta-jardín (Hoy reconvertido en El Rincón de Plácido Fleitas) poseía dos bellos ejemplares, que lograban la admiración de cuantos visitaban tan bella y noble casa.
En el augusto hogar de don Luis Castro Ojeda y su esposa doña Pino Álvarez Peña, con exquisito gusto, decoraron el bello patio interior de su casa de fachada historicista, en la calle Conde de la Vega Grande, con dos ejemplares: Uno, cuyas pequeñas hojas eran verdiblancas y, el otro las lucía amoratadas.
La Casa-Palacio de los Ruiz de Vergara, popularmente más conocida por Casa del Conde o Casa-Palacio de los Señores Condes de La Vega Grande de Guadalupe, existieron hasta ocho ejemplares, a cual más hermoso, todos ellos se encontraban en los parterres del Jardin Romántico anexo a la domus palaciega.
Hablando de grandes jardines, otros ejemplares se podían ver en la huerta-jardín de La Finca del Convento de San Francisco, propiedad de la familia Macario Brito, lugar de parcial veraneo del matrimonio formado por doña Isabel Macario Brito, excelsa soprano y su no menos valeroso esposo don Saulo Torón Navarro, eximio poeta.
En el jardín-huerta de la casa de don Ventura de La Vega, allí donde se unía la calle Pérez Galdós (Distrito de San Juan) con la actual Avenida de La Constitución, antes del Molinillo o Molinete y también del Abrevadero (Distrito de Los Llanos de San Gregorio), entre algún que otro árbol frutal y un sinfín de planteles de hierbas medicinales, aparecían de pronto dos o tres pompadours de muy diversos colores, siendo el más claro, aquel que estaba a la sombra o saturna, ésta parecía eternamente nevada, pues el blanco era el color imperante en sus pequeñitas hojas. En cambio, en los lugares de sol, según la mayor o menor exposición directa al Astro Rey, aparecían las más rojizas, violáceas y amoratadas.
Atrás hemos dejado los pertenecientes a las casas de don José Medina y doña Clara Betencourt, además de las existentes en el también patio de la noble familia Puig Ruíz de Azofra (Ambas casonas son de las construcciones más antiguas de la Zona Fundacional de la Ciudad).
Haremos cumplida mención, como no, a los pompadours que habitaban la galería baja que daba al jardín romántico de la gran mansión del médico y director del Hospital de San Pedro Mártir y Santa Rosalía de la Ciudad de Telde, don Juan Castro Ojeda y de su esposa doña Ana. También el de la huerta-jardín de del celebérrimo doctor don José Brito y su esposa doña Mima Castro, así como el del patio de don Rafael Guedes Santos y doña Lucía Jiménez, a los que habría que sumar el que era propiedad del eximio poeta Montiano Placeres Torón y, dos centenares o más a lo largo y ancho de nuestra querida ciudad.
Después de mucho indagar sobre el motivo o motivos que llevaron a nuestros conciudadanos de antaño a decantarse por esa planta en cuestión, las opiniones, pacientemente recogidas por este cronista, nos llevan a la contemporaneidad de la Revolución Francesa o la posterior invasión gabacha (Francesa) de nuestro Suelo Patrio e ilegítimo reinado de José Bonaparte, más conocido entre los españoles, de antes y de ahora, por Pepe Botella. Estaríamos hablando por tanto del último cuarto del siglo XVIII o los rimeros años del siglo XIX. Aunque también pudiera ser consecuencia de la clara influencia comercial británica ejercida a través de las primeras familias escocesas e inglesas, asentadas sobre todo en las islas de La Gran Canaria y Tenerife. Sea como sea, las principales familias canarias de entonces tomaron la pompadour/el pompadour como planta ornamental por excelencia, símbolo de distinción social y por tanto presente en toda suerte de patios, huertas y jardines. Aunque en nuestro relato nos circunscribimos al casco histórico de la más de seis veces centenaria Ciudad de Telde (Este año de 2026 cumple 675 años, desde su fundación documental, gracias a la Bula Coelestis Rex Regum, dada en Avignon, por Su Santidad Clemente VI, Sumo Pontífice Sismático de La Iglesia Católica) y como hemos dejado escrito desde el principio, esta planta ornamental fue común en todas las Islas que conforman nuestro Archipiélago, ya que su versatilidad adaptativa le permitía desarrollarse, desde la brumosa Villa de Santa María de Valverde (El Hierro), hasta la siempre soleada Villa de Teguise (Lanzarote).
Hoy en día, tanto en urbanizaciones privadas como públicas, en parques y jardines, así como en rotondas y demás zonas verdes se utiliza como un elemento vegetal de primer orden. En los tramos medios y final de la longa avenida Americo Vespucio de Las Clavellinas-Las Salinetas de la popular costa teldense, podemos visualizar un centenar de bellos ejemplares, lo que pone de manifiesto la total vigencia de nuestros gustos favorables a su contemplación y conservación.
Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte y cronista oficial de Telde.









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