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Miércoles, 21 de Enero de 2026

Actualizada Martes, 20 de Enero de 2026 a las 21:34:55 horas

Opinión

La lucha canaria no necesita escenarios ni homenajes

Reflexión del exluchador teldense José Trujillo

JOSÉ TRUJILLO ARTILES Martes, 20 de Enero de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Martes, 20 de Enero de 2026 a las 16:21:16 horas

Hubo un tiempo en que la lucha canaria no necesitaba escenarios ni homenajes, solo tierra, respeto y hombres dispuestos a dar la cara.


Donde la lucha era pueblo.

 

Antes de federaciones sólidas, reglamentos pulidos o reconocimientos oficiales, la lucha canaria ya estaba allí, porque el pueblo la necesitaba. Vivía en los márgenes: descampados, patios prestados, terreros que nacían y morían sin dejar rastro en los papeles… pero nunca en la memoria de quienes los habitaban. En Telde, uno de esos lugares se convirtió en refugio de autenticidad: el terrero junto al bar de Pepe, en San Gregorio, calle Juan Diego de la Fuente.

 

No necesitaba nombre. Bastaba decir “el terrero del bar de Pepe” para que todos supieran de qué se hablaba. Allí, a finales de los años cuarenta y comienzos de los sesenta, la lucha no era espectáculo ni folclore: era vida compartida, desahogo, identidad y orgullo en tiempos duros.

 

Eran años de trabajo sin horarios, de manos callosas y cuerpos cansados, pero cuando se levantaba el terrero, el barrio entero parecía contener el aliento. La tierra apisonada, el corro apretado, las miradas que todo lo veían. Hombres que llegaban tras la jornada laboral, muchachos que aprendían solo con mirar, viejos luchadores que ya no agarraban pero enseñaban con la palabra, con el gesto, con la mirada.

 

En ese escenario apareció el Castro Morales, con luchadores que venían desde el Unión Telde: frágil aún, humilde todavía, sostenido más por la voluntad que por los recursos. No era el club que después conocerían todos; era un equipo de sacrificio, compromiso y pertenencia. Aquella etapa, tantas veces olvidada por la historia oficial, perdura con fuerza en la memoria de quienes la vivieron, porque era auténtica, cercana… y viva.

 

El bar de Pepe no era solo un bar. Era vestuario improvisado, escuela oral, refugio y consejo. Allí se discutían agarradas, se hablaba de mañas y de injusticias, se cerraban compromisos sin contratos, solo con la palabra dada. Allí se aprendía que la lucha no se mide por la victoria, sino por la forma de estar en el terrero… y fuera de él.

 

Hoy no queda nada físico de aquel lugar. Ninguna placa, ningún reconocimiento institucional. Pero no todo lo importante deja huella en la piedra. Algunas cosas sobreviven solo en la memoria de quienes las defendieron sin esperar nada a cambio. Ese terrero, como tantos otros, forma parte de la historia profunda de la lucha canaria en Telde: la historia que no siempre se escribió, pero que sostuvo al deporte cuando más lo necesitaba.

 

El Club de Lucha Castro Morales: del barrio al corazón de Telde

A partir de los años 70, el Castro Morales inició su transición hacia la modernidad. Ya no era solo un grupo de vecinos que se reunían a pelear; se convirtió en club organizado, con estructura formal, reglamentos y aspiraciones competitivas. Su terrero se llenó de jóvenes con hambre de lucha y de mayores dispuestos a transmitir valores de esfuerzo, respeto y comunidad.

 

Todo comenzó con Manuel Pérez, el entrañable “Manolo el Carnicero”, luchador y presidente, cuya energía, humor y cariño por el club lo convirtieron en un referente del terrero y un amigo de todos. Luego llegó José Juan Sanabria, firme y discreto, que mantuvo la fortaleza del club en tiempos de cambio, apoyado por baluartes como Juan Carlos Suárez, presente en todas las etapas y mandatos, sosteniendo la memoria del terrero hasta su fallecimiento.

 

Le siguieron Juan León Suárez y, tras él, Juan Suárez, quien ocupó la presidencia por poco tiempo antes de cederla a Héctor León. Héctor logró consolidar el legado familiar, preparando el camino para Jaime Rivero, el “todo terrero”, que aún hoy se pone la ropa de brega y mantiene viva la fuerza y la tradición del club. Cada luchador, cada baluarte, dejó su huella, formando un legado que respira en cada entrenamiento y en cada encuentro de lucha.

 

En los años 2000, el club impulsó su escuela de lucha: un espacio donde niños y adolescentes aprendían técnicas tradicionales y valores de disciplina. No importaba solo ganar; lo esencial era mantener viva la memoria del terrero y transmitir la pasión por la lucha canaria a nuevas generaciones.

 

La década de 2010 trajo renovación organizativa: el club volvió a categorías superiores, fortaleció su identidad y consolidó la participación femenina, logrando triunfos históricos y ampliando la comunidad de la lucha. La tradición y la innovación encontraron un equilibrio perfecto: respeto al pasado y compromiso con el futuro.

 

Hoy, mirar al Castro Morales es mirar al pasado y al futuro a la vez: los terreros del barrio siguen llenos de jóvenes, los nombres de los campeones antiguos se susurran con respeto, y la lucha canaria sigue viva gracias a quienes generación tras generación la mantuvieron así.

 

Mi mayor deseo es que el club siga perdurando, porque representa la esencia y la identidad de nuestro pueblo. Ojalá los políticos de turno comprendan lo que la lucha canaria significa para nosotros, los canarios, y para nuestra historia.

 

José Trujillo Artiles, Barranquera IV, exluchador.

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