
El recién nacido año 2026 confirma los más sombríos pronósticos sobre las consecuencias para el mundo del segundo mandato de Donald Trump. Su ilegal intervención militar en Venezuela, incluyendo el secuestro del presidente Maduro y su esposa, y sus declaraciones posteriores, son una mezcla de matonismo y lenguaje imperial. Estados Unidos se reserva la opción de atacar con su poderoso ejército cuándo quiera y dónde quiera, así como expresa su derecho de quedarse con los recursos naturales que precise su economía. Como sucede siempre con los abusones, los practicantes de acoso, hay víctimas y, también, cómplices que miran para otro lado como si no fuera con ellos. Hasta que les toca.
Ya la rueda de prensa del presidente de Estados Unidos ofrecida muy pocas horas después de los bombardeos fue muy esclarecedora. Trump habló, sobre todo, del libre acceso de su país al petróleo venezolano y, asimismo, de su absoluto mandato sobre el hemisferio occidental. Sin reglas, normas ni leyes, salvo la del más fuerte.
Amenazó, además, con nuevas acciones similares a otros estados y no hizo apenas referencias a presuntos procesos democratizadores; no le interesan, nunca le interesaron. Y puso rotundamente al pie de los caballos a la líder opositora María Corina Machado, pese a que ambos se mueven en el mismo espacio de la extrema derecha, pese a que esta ha dado más que muestras de indigno vasallaje y de estar dispuesta a ofrecer las riquezas de su país a las empresas de Estados Unidos; e, incluso, planteando, en una muestra límite de pleitesía, compartir el Nobel con Trump.
Regla, no excepción
Si ya la agresión militar contra Caracas y el presidencial secuestro se hicieron sin autorización alguna del Congreso y saltándose la legalidad internacional, los halcones estadounidenses avisan de que no se trata de una excepción, sino de una regla, de un comportamiento que aplicarán siempre y cuando les convenga. En México, Cuba, Colombia, Irán o en la danesa Groenlandia, en este último caso una amenaza que cuestiona la propia existencia de la OTAN.
Por las buenas o por las malas todos deben doblegarse ante el inmenso coloso militar y económico y sus particulares intereses. En la era Trump, Estados Unidos ya ha bombardeado sin ninguna cobertura legal a Irán, Siria, Sudán y Nigeria. Acabando de facto con cualquier papel de Naciones Unidas, de la que, además, se ha retirado de más de 60 organizaciones y tratados internacionales, buena parte de la ONU, porque “no sirven a los intereses estadounidenses”, entre ellas los vinculadas a la lucha contra la Crisis Climática.
En esas circunstancias, la reacción de la Unión Europea ha sido, una vez más lamentable. Como lo fue, y lo sigue siendo, respecto al genocidio que se viene perpetrando en Gaza, en la que Israel, bajo la protección y el patrocinio de EEUU, viene vulnerando grave e impunemente el derecho internacional. Como la lamentable reacción de la derecha y la ultraderecha española: mientras los ultras franceses eran capaces de enarbolar la bandera del respeto a la soberanía nacional de los estados, Vox aplaudía a su comandante en jefe y el PP no hacia ningún reproche inicial a la intervención y se liaba, además, con el apoyo a Machado, cuando ésta ya había sido descabezada por Washington. Y esas reacciones solo consiguen envalentonar aún más al agresor, que ve como nadie es capaz de levantar mínimamente la voz ante sus acciones y ante sus propuestas, por más disparatadas que estas sean.
Por otra parte, los que desde la política o desde los medios de comunicación han celebrado la agresión militar a Venezuela deberían ser conscientes de que están justificando la implantación de la ley de la selva, el fin de cualquier atisbo de legalidad internacional y la imposición del más brutal de los imperialismos. En el que domina la razón de la fuerza frente a la fuerza de la razón. Una manera de pensar y de hacer en la que la democracia les resulta un absoluto estorbo y en la que es inconcebible que pueda haber aspiraciones de mayor equidad y justicia social. En la que no hay valores éticos ni humanidad, solo pura y dura rapiña.
Así ha sido el nivel de las respuestas de los partidos conservadores europeos (a excepción, curiosamente, de la ultraderecha francesa) y también en Canarias, donde el Gobierno de las dos derechas, valora como positivo el secuestro de Maduro y no ha expresado su rechazo firme a una acción que vulnera el derecho internacional, la soberanía de los pueblos y la Carta de las Naciones Unidas.
Al tiempo, lo sucedido estimula a otras superpotencias a hacer lo propio en sus respectivos ámbitos de influencia, en sus patios traseros. Ya sea Rusia en Ucrania o China en el caso de Taiwán. Y, no es baladí, en el entorno del trumpismo se empieza a apostar por un gobierno de partido único en Estados Unidos, en plena coherencia con el nuevo fascismo que se está consolidando en una de las democracias más viejas del planeta. Y que no se queda en sus fronteras, claro.
Pronunciamiento sobre Groenlandia
Se puede considerar positivo el pronunciamiento frente al acoso de Trump a Dinamarca realizado por los jefes de estado o de gobierno de Alemania (Friedrich Merz), España (Pedro Sánchez), Francia (Emmanuel Macron), Italia (Giorgia Meloni), Polonia (Donald Tusk) y Reino Unido (Keir Starmer), además de por la primera ministra danesa Mette Frederiksen. Al que luego se sumó en la red social X el neerlandés Dick Schoof. Como se puede observar dirigentes de variadas ideologías: conservadores, liberales, socialdemócratas y hasta de extrema derecha.
“Groenlandia pertenece a su pueblo. Corresponde a Dinamarca y Groenlandia, y solo a ellos, decidir sobre los asuntos que les conciernen”, aseguran, recordando que Groenlandia forma parte de Dinamarca, país integrante de la OTAN y que la seguridad en el Ártico “debe lograrse colectivamente, en colaboración con los aliados de la OTAN, incluido Estados Unidos, defendiendo los principios de la Carta de las Naciones Unidas, como la soberanía, la integridad territorial y la inviolabilidad de las fronteras. Estos son principios universales y no dejaremos de defenderlos”, señala el texto. Unos principios - soberanía, integridad territorial e inviolabilidad de las fronteras- que no solo deberían defender en este, sino en todos los casos. En Venezuela o en Palestina, por ejemplo.
Lo cierto es que Bruselas ha sido poco contundente ante la gravedad de los hechos en Venezuela, con la fragrante violación de la legalidad internacional llevada a cabo por Estados Unidos, y las más que alarmantes amenazas posteriores. O la subordinación vergonzante en materia arancelaria. Máxime cuando su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, hecha pública el pasado diciembre, incluye entre sus objetivos acabar con la Unión Europea, a la que desprecia. Para sus planes imperialistas resulta un estorbo una Unión fuerte, cohesionada, integrada política y socialmente. La prefiere desarticulada, sin proyecto común y con cada uno de sus estados en manos de sus amigos de la ultraderecha local.
Resulta imprescindible una Europa más unida y fuerte para tratar de afrontar los embates y chantajes de la extrema derecha trumpista, que no cejarán. Así como una reacción en el terreno económico, político y defensivo. Recomponiendo espacios de cooperación internacional que han sido derruidos por los Estados Unidos. Redefiniendo las relaciones económicas y monetarias, así como en materia de defensa y seguridad. Con más y mejor democracia, desde el desarrollo de políticas que den adecuadas respuestas a los problemas que sufre la gente, ofreciendo alternativas al extremismo ultra y sus políticas reaccionarias y violentas en todos los ámbitos.
El problema es que el virus trumpista está bastante extendido y va a dificultar enormemente esa unidad. Y tampoco ayuda la debilidad y falta de compromiso de los socialdemócratas europeos y la ambigüedad, cuando no abierta complicidad con los desmanes estadounidenses, de los partidos conservadores y sus líderes. Resulta más que evidente que el vasallaje no es la respuesta, sino la unidad, la firmeza y los planteamientos alternativos a la imposición imperial de la razón de la fuerza.
Román Rodríguez es secretario nacional de Estrategia, Programas y Formación de Nueva Canarias-Bloque Canarista (NC-BC).









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