El inicio de cada año se caracteriza por un comportamiento casi automático: la formulación de promesas. Estas promesas abarcan una amplia gama de objetivos, desde la modificación de hábitos y la mejora de la salud hasta la optimización de las finanzas personales, la dedicación de mayor tiempo a las relaciones interpersonales o, simplemente, la aspiración a una mejora general del propio ser. Las promesas de Año Nuevo constituyen un ritual colectivo que se perpetúa a través de las generaciones, independientemente de factores como la edad, el contexto socioeconómico o la nacionalidad. Cada mes de diciembre, millones de personas en todo el mundo elaboramos listas de propósitos con renovada esperanza y optimismo.
Entre los objetivos más comunes se encuentran la pérdida de peso, la práctica regular de ejercicio físico, el aprendizaje de un idioma extranjero, la acumulación de ahorros y la disminución o cese del consumo de tabaco. La promesa de un “nuevo yo” se percibe como una meta alcanzable cuando el calendario marca el inicio de un nuevo año. Sin embargo, estadísticas reveladoras indican que aproximadamente el 80% de estas resoluciones fracasan antes del mes de febrero.
La pregunta que surge es: ¿qué nos revelan realmente estas promesas sobre nuestra naturaleza y sobre nuestra comprensión del proceso de cambio?. Diversos estudios en el ámbito de la psicología social sugieren que el cambio de año actúa como un “marcador temporal”: un punto simbólico que nos permite establecer una distinción entre el pasado y el futuro. El calendario ofrece la ilusión de un nuevo comienzo, una oportunidad para dejar atrás errores, frustraciones o metas incumplidas. No es casualidad que la mayoría de las promesas se centren en aquellos aspectos que sentimos que no hemos logrado durante el año anterior.
El cambio de año genera una ilusión psicológica de nuevo comienzo, pero en ausencia de una motivación intrínseca genuina, el impulso inicial se disipa con rapidez. Muchos propósitos se enfocan en lo que debemos abstenernos de hacer, en lugar de en los beneficios que obtenemos al implementar un cambio. Esta mentalidad de sacrificio erosiona la motivación a largo plazo. La transformación personal genuina rara vez coincide con fechas arbitrarias del calendario. Ocurre cuando nos encontramos verdaderamente preparados, con una motivación interna sólida y un plan de acción realista y viable.
El propósito más valioso para cualquier año nuevo podría ser: “Aprender a establecer metas significativas y perdonarme cuando el camino no sea lineal”. El crecimiento personal no es una carrera con fecha de inicio el 1 de enero, sino un viaje continuo que celebramos cada día que elegimos intentarlo de nuevo. El cambio de año crea una ilusión psicológica de separación entre el “yo pasado”, con sus fallos, y el “yo futuro”, con potencial ilimitado. Este reseteo mental nos permite distanciarnos simbólicamente de nuestros fracasos anteriores.
Desde una perspectiva crítica, las promesas de Año Nuevo también pueden interpretarse como el reflejo de una cultura que responsabiliza al individuo de todo éxito o fracaso. “Si no cambias, es porque no te esfuerzas lo suficiente”, parece transmitir el discurso dominante. En este contexto, el incumplimiento de una promesa no solo genera frustración, sino también culpa.
A pesar de ello, el hecho de que cada enero millones de personas volvamos a intentarlo ofrece otra interpretación posible. Las promesas no solo hablan de lo que falta, sino de lo que todavía importa. Prometer cuidarse más es reconocer que la salud tiene valor. Prometer dedicar más tiempo a los afectos es admitir que algo esencial ha quedado relegado. En este sentido, las promesas funcionan como un “diagnóstico emocional colectivo”.
Quizá el problema no resida en hacer promesas, sino en esperar que el cambio ocurra de manera inmediata y definitiva. El año nuevo no elimina las dificultades estructurales ni las contradicciones personales, pero sí ofrece un espacio para la reflexión. Y en un mundo marcado por la prisa y la incertidumbre, detenerse a pensar qué queremos -aunque luego no lo logremos del todo- sigue siendo un acto significativo. Al final, las promesas de Año Nuevo no garantizan resultados, pero revelan algo persistente: la necesidad humana de creer que el futuro puede ser distinto. Y esa creencia, aunque frágil, es también una forma de esperanza...desde la acera de enfrente.
Gregorio Viera Vega fue concejal del PSOE en el Ayuntamiento de Telde.









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