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Domingo, 11 de Enero de 2026

Actualizada Domingo, 11 de Enero de 2026 a las 16:48:33 horas

Colaboración

Viejos amigos de infancia, de primeras juventudes y exalumnos

Reflexión de Nicolás Guerra, catedrático y escritor

NICOLÁS GUERRA AGUIAR 1 Domingo, 11 de Enero de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Domingo, 11 de Enero de 2026 a las 08:08:38 horas

Cuando ya se han caminado por la vida siete décadas y pico, estimado lector,  las distintas geografías y situaciones personales, profesionales o casuales acumuladas siguen permitiendo, o acaso potenciando, el fortalecimiento de aquella palabra tan simple aparentemente pero tan poderosa en sentimientos y pálpitos: amistad. Y es tal su importancia en nuestra sociedad que los hablantes, a lo largo de siglos, van añadiendo sinónimos o afines relacionados con ella. Así, “compañerismo, camaradería, aprecio, afecto, apego, simpatía, hermandad, lealtad, confraternidad, amiganza, barcada...” (esta, en Filipinas).


La voz inicial, la de partida (“amistad”), la explica el Diccionario (RAE) como ‘Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato’. Su propia definición implica en sí misma una condición -”se fortalece con el trato”- sin cuyo cumplimiento tal carga sentimental - afectiva podría disminuir e, incluso, desaparecer. 


Bien es cierto. ¿No ha tenido usted, estimado lector, la experiencia de una gran hermandad con alguien (*álguienes) y tras haber andado por distintas rutas u otras circunstancias el reencuentro tras varios años se convierte en una ceremonia distante, fría a veces, y cuyo final es un vacío “adiós”? Hay excepciones, claro: dos años atrás compañeros de aula y a la vez coleguillas de calles estudiantiles y yo, por ejemplo, nos fundimos en fuertes abrazos y retomamos durante horas las *antañas palabras de confraternidad… pasadas  tres décadas sin trato directo con algunos.  

 

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(Acudo a su comprensión, estimado lector, para un rodeo o digresión lingüística que contradice el a veces riguroso rigor académico cuando etiqueta palabras populares -¡que no vulgares!- a las cuales llama “malsonantes” -es el caso, por ejemplo, de “coñón” con significado de bromista-. Pues bien: la palabra “amistad” es una derivación popular de amīcus, término latino ampliado por el pueblo llano a  amicĭtas, considerada vulgar, es decir, ‘perteneciente al populacho, la masa, el vulgo’, e ‘impropia de personas cultas o educadas’ (tercera acepción del adjetivo.)
 

Si la línea divisoria entre la infancia y la pubertad viene marcada en el ser humano (generalizo) por distintos factores (interés sexual, iniciales relaciones sociales y afectivas, búsqueda de la intimidad…) aproximadamente a partir de los diez años, retengo en mi memoria a muy pocos amigos de la primera etapa, condiscípulos (La Graduada, escuela pública). Con ellos, en efecto, mantuve buenos tratos. Y como el casco galdense sólo registraba tres mil habitantes, casi nos veíamos todos los días... hasta mi primer abandono de aquella realidad geográfica. Hoy, cuando vuelvo a Gáldar, ni los veo ni pregunto: el rigor temporal y mortales malejones los convirtieron en recuerdos, puras imágenes… 
 

Avanzadas las edades (inicial adolescencia) fortalecemos las relaciones con otros, cronológicamente próximos. La confluencia en las mismas aulas (Colegio Cardenal Cisneros, mi caso) invitaba a conocer a quienes hasta el momento nada o casi nada sabíamos de ellos: habían nacido en barrios lejanos del mismo municipio (Marmolejos, San Isidro, El Roque, La Montaña…). En tales momentos, sin embargo, descubrimos que nuestras curiosidades, ideas, e incluso equipos de fútbol casi coincidían.
 

Más: estábamos ya en los doce - dieciséis añitos cuando nuestras fijaciones  casi se centraban en temas rigurosamente tabúes, condenables y con rigurosas cargas de penitencia cuando terminábamos la confesión para entrar en el mundo de la espiritualidad religiosa, supuestamente liberados de las tentaciones carnales gracias a los angelitos que nos vigilaban cual brigadas de las SS, sobre todo durante las nocturnidades... 
 

A lo largo del quinquenio hice grandes amigos en Sardina, playa. Hijos de pescadores, jóvenes de mi edad, se convirtieron en maestros cuando empecé a descubrir la realidad social: ellos pasaban hambre, pero yo degustaba el chocolate inglés y la cubana pasta de guayaba en mis meriendas. Y aprendí a compartirlas mientras me enseñaban también sobre poteras, potalas, cangrejiar, calamariar, a descubrir lapas negras de fondo, a saborear las huevas de erizos de color abiertos sobre la barquilla… Gente muy elemental, por supuesto; a veces analfabeta, tosca, pero noblota y sencilla, muy natural. (Tampoco los veo cuando voy -ya muy pocas veces- a mi gran escuela para el compromiso social, Sardina: o andan secuestrados por sus enfermedades o tiempo ha de su inexistencia.)
 

Con los otros, los del casco urbano (“niños de la cogolla del pueblo” nos echó en cara -¡con toda la razón!- un guardia municipal) mantengo lazos imperecederos de amistad. Y también echo de menos a algunos, precipitadamente llamados por Ella como le sucedió a Ramón Sijé, amigo-maestro literario de Miguel Hernández, cuya tempranísima muerte impactó tanto en el costado  del poeta orihuelense. Y a quien, por doler, le dolía “hasta el aliento” mientras andaba sobre rastrojos de difuntos y reclamaba la vuelta de su amigo (“Volverás a mi huerto y a mi higuera; volverás al arrullo de las rejas; alegrarás la sombra de mis cejas”), “que tenemos que hablar de muchas cosas”.    
 

Unos años después, tras la etapa lagunera, barbado y *bigotado (tercera fase), entré en las aulas de colegios e institutos durante casi cuarenta años. Y precipité el momento de la iubilatio latina o jubilación forzado por decepciones, desencantos y negativa a entrar en un sistema que, desde mi perspectiva ética, dejaba mucho que desear, lo descomponían. No obstante el final, a lo largo de tanto tiempo tuve la grandísima suerte de conocer a muchos alumnos, cientos, miles, cuyos recuerdos también van íntimamente relacionados con el positivo impacto sobre algunos de la “Elegía a Ramón Sijé”, lamento arriba citado. 
 

Una semana, cuatro clases, iban siempre dedicadas a su pormenorizado estudio para entrar con corazones y sentimientos en los cincoo apartados de la misma: presentación del amigo y tristeza por la muerte acelerada (“un empujón brutal te ha derribado”; quejumbrosa denuncia  (“y siento más tu muerte que mi vida”); ruptura con la racionalidad  (“Quiero minar la tierra hasta encontrarte”) y simbólico reencuentro con el compañero hasta alcanzar la relajación interna (“por los altos andamios de las flores / pajareará tu alma colmenera”).  
 

Yo notaba que entre varios y yo se establecía una relación distinta a la rígida y rigurosa de profesor (autoridad) / alumnado (subordinados), y que llegaba a sus interioridades y sensibles edades el canto hernandiano a la amistad. Eran los momentos cronológicos precisos: andaban entre los 14 y los 18 años, tiempos estos en los cuales la juventud comienza a marcar nuevas relaciones con sus padres y potencia la amistad con sus iguales por edad y coincidencias. 
 

Hoy sigo vinculado a bastantes de mis exalumnos (encuentros cortos, claro: un buchito cafetil, una charla, alguna blanquidorada esencia…) .  Y ahora son mis maestros sobre cosas que afectan a la vida… (Con algunos, incluso, ¡comparto abuelidades!).

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

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