Enero llega cada año como un espejo incómodo. Tras la Navidad, los Reyes Magos, las fiestas, los regalos y los encuentros, aparece ese primer mes que nos obliga a mirar de frente las consecuencias de una sociedad de consumo tan sutil como constante, tan normalizada que atraviesa a todas las clases sociales sin distinción.
La llamada cuesta de enero no es solo económica. Es también emocional, mental y, en muchos casos, existencial. Supone enfrentarse al contraste entre el exceso reciente y la necesidad de volver al equilibrio. Entre el impulso de celebrar —porque celebrar también es vida— y la realidad de unos recursos que no siempre acompañan.
Vivimos en una cultura donde el premio suele materializarse en objetos, experiencias de consumo o estímulos inmediatos. Sin embargo, cada vez más personas y sectores comienzan a cuestionar ese modelo. Se abre paso otra mirada: la de dedicar tiempo de calidad a la familia, a los hijos, a los amigos… y a uno mismo. Aunque, conviene decirlo, incluso ese tiempo compartido muchas veces lleva asociado un gasto añadido: salir a la calle, sentarse en una terraza, celebrar la vida alrededor de una mesa.
No se trata de demonizar el consumo, sino de observarlo con conciencia. De distinguir cuándo elegimos y cuándo simplemente respondemos a una inercia social. En algunos casos, compartir no cuesta dinero; en otros, sí. La clave está en decidir desde dónde lo hacemos.
Enero como espacio de reflexión
Quizás enero sea, precisamente, el mes que nos invita a parar. A revisar qué ha acontecido, cómo hemos vivido, qué hemos sentido y hacia dónde queremos caminar. No como un castigo tras el exceso, sino como una oportunidad para recolocarnos.
Es aquí donde aparecen los famosos propósitos de año nuevo. Esos compromisos que nos prometemos cada diciembre y que, con frecuencia, se diluyen a medida que avanza enero. La cuesta se vuelve entonces más empinada: no solo fallamos en lo económico, también en la confianza que depositamos en nosotros mismos.
¿La razón? Muchas veces esos propósitos no están bien interiorizados. Los planteamos desde la exigencia, la prisa o la idealización. Queremos grandes cambios de golpe, sin dar espacio al proceso. Y cuando no llegan los resultados inmediatos, abandonamos.
Consolidar los propósitos: paso a paso
Aquí es donde cobra sentido una metodología sencilla pero profundamente eficaz: SMART. No como una fórmula rígida, sino como una guía consciente para transformar deseos en hábitos reales.
La metodología SMART aplicada a la vida cotidiana
Un propósito SMART es:
S – Específico
Cuanto más claro sea el objetivo, más fácil será caminar hacia él. No es lo mismo decir “quiero cuidarme más” que “quiero caminar 30 minutos, tres veces por semana”.
M – Medible
Necesitamos referencias que nos permitan ver el avance. Medir no es controlarse en exceso, sino reconocer el progreso, por pequeño que sea.
A – Alcanzable
Los objetivos deben ajustarse a nuestra realidad actual. Lo motivador no es lo grandioso, sino lo posible. Mejor pequeños logros sostenidos que grandes metas inalcanzables.
R – Relevante
El propósito debe tener sentido para ti. No para los demás, no por moda. Si no conecta con tus valores, no se sostendrá en el tiempo.
T – Temporal
Poner un marco temporal ayuda a mantener el foco. No como presión, sino como orientación. Revisar, ajustar y volver a intentar también forma parte del proceso.
Aplicar SMART es aceptar que el cambio real se construye pasito a pasito. Creando hábitos nuevos que se consoliden con el tiempo. Haciendo del propósito algo motivador, cercano y humano.
El ciclo que se repite
Porque apenas empezamos a estabilizarnos cuando ya asoman nuevas dinámicas de consumo: los carnavales, la Semana Santa… y, casi sin darnos cuenta, le hemos dado la vuelta al año. El tiempo pasa rápido cuando no lo habitamos con conciencia.
La cuesta de enero no tiene por qué ser una pendiente hostil. Puede convertirse en un tramo de aprendizaje, de reajuste y de elección. Un lugar donde revisar cómo vivimos, qué necesitamos y qué estamos dispuestos a cambiar —no desde la culpa, sino desde la comprensión.
Tal vez enero no venga a exigirnos más, sino a recordarnos algo esencial: que vivir mejor no siempre significa tener más, sino estar más presentes en lo que ya somos y compartimos.
Esteban Rodríguez García, coach en gestión emocional y mindfulness.





























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