“Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor de la América ingenua que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español. (…) Tened cuidado. ¡Vive la América española! Hay mil cachorros sueltos del León Español.” Rubén Darío.
“¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios y va de más a menos!” José Martí.
Morirán hermanas gentes iberoamericanas, a manos sangrientas del imperio en su ocaso. Incluso, morirán ciegos vendepatrias sumisos a Estados Unidos y traidores a la gran patria hispanoamericana. Pero entre el secuestro del panameño Noriega en 1989 y el de venezolano Maduro en 2026, perpetrados por los bandidos y cuatreros de la superpotencia yanqui, hay un parecido fundamental y una diferencia determinante.
Lo que persiste entonces y ahora es que Estados Unidos es la única superpotencia imperialista mundial realmente existente. Pero en 1989, tras la implosión de URSS, la entonces agresiva superpotencia socialimperialista, EEUU estaba en el apogeo de su poderío mundial. En 2026, la sangrienta actividad histérica de EEUU trata de frenar el ocaso de su poder planetario. Que el rojo doloroso no nos nuble la conciencia luminosa.
EEUU ya no es el del apogeo, es el del ocaso
Hace casi 40 años EEUU ejecutó una agresión similar. Invadió Panamá y secuestró a su presidente, Manuel Antonio Noriega. ¿Es lo mismo? Sí, y sobre todo no. Las formas son parecidas, son agresiones imperialistas. Pero el mundo ya es otro.
El continente americano tampoco es el mismo que antes. En 1989, con la excepción de Cuba, todos los gobiernos seguían las directrices de EEUU. Hoy muchos de los principales países han condenado la agresión imperialista estadounidense contra soberanía venezolana. Lo han hecho Brasil, México, Colombia y Chile.
Noriega era “uno de los suyos” que se había “descarriado”. Llegó al poder tras décadas de colaboración con la CIA, pero quiso traspasar los límites que Washington le imponía. El régimen venezolano, sea cual sea la opinión que se tenga sobre él, es autónomo y ha crecido enfrentándose a EEUU.
Con el sangriento ataque contra Venezuela y el secuestro de Maduro, la superpotencia yanqui intenta demostrar su fuerza, su capacidad de intervenir en cualquier país del mundo y de derribar gobiernos a voluntad. Pero en realidad, nos revela su debilidad. Son tan agresivos porque quieren recuperar el terreno que han perdido a manos de los pueblos.
Hace 40 años China no era la segunda potencia mundial. No existían los BRICS. Ahora China es el primer socio comercial de toda Iberoamérica, incluyendo Brasil. Durante el último año, China ha comprado el 84% del petróleo que ha exportado Venezuela. Y no lo ha pagado en dólares.
El mundo ya es otro. Peor para el dominio estadounidense. Y mejor para los pueblos que luchamos contra él. La brutal agresión de EEUU contra Venezuela es la forma criminal con la que la superpotencia se revuelve, intentando detener este proceso.
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU con el gobierno Trump fija su prioridad en el “hemisferio occidental”, en el continente americano. ¿Washington deja de concentrar su atención en Asia-Pacífico y de contener la emergencia de China? No. Lo que sucede es que busca dar un golpe para recuperar el terreno perdido.
Europa, Miami o polo hispano, porque hay tercera vía
La Europa francoalemana nos metió en la Unión Europea destruyendo nuestra industria y nuestra agricultura con el objetivo de dominarnos y convertirnos en la “Florida europea”. Pero esa misma Europa -sus clases dominantes- es ahora un polo descendente, y está pillada entre su sumisión al imperio estadounidense en su ocaso y el pujante crecimiento de nuevos polos emergentes -unos, como China, en una pacífica competencia económica y beneficio mutuo, otro, como Rusia, con invasión militar y chantaje energético-, pero España y Portugal tenemos algo que el resto de Europa no tiene. Más Iberoamérica, menos Europa.
Así como EEUU exterminó a los pueblos indígenas, lo que planificó conscientemente y ejecutó de forma fría, porque para desarrollar el capitalismo en América del Norte había que liquidar físicamente a los indios. Así nació EEUU, del genocidio de los indígenas y del robo a México de más de la mitad de su territorio.
Europa, Miami o polo hispano, porque sí hay tercera vía, la vía de los pueblos luchando por su independencia. España y Portugal unidos a Iberoamérica podemos emproar el mundo hispano -emproar en catalán, gallego y portugués, en castellano aproar, poner proa- y convertirlo en un polo emergente en la complicada transición mundial. Porque somos mestizos, y esta histórica unidad sustenta el creciente mundo hispano frente al menguante mundo yanqui.
Eduardo Madroñal Pedraza es profesor jubilado de Secundaria y analista sociopolítico.





























Luis Seco de Lucena Moreno | Jueves, 08 de Enero de 2026 a las 21:32:41 horas
Durante años, Venezuela no fue una noticia: fue un susurro incómodo. Algo que estaba ahí, pero que muchos preferían no escuchar. Un país entero desangrándose en silencio mientras el mundo seguía con su rutina, tapándose la nariz para no oler el tufo de una dictadura que se pudría a plena luz del día.
Hoy cae Nicolás Maduro. Y de repente, muchos descubren el Derecho Internacional, la legalidad, los principios. Llegan tarde. Muy tarde.
Porque mientras se discutían equilibrios geopolíticos y conveniencias diplomáticas, el pueblo venezolano sobrevivía como podía. No vivía: sobrevivía. Haciendo colas interminables para conseguir pan, medicinas o gasolina en un país que flota sobre petróleo. Madres eligiendo a cuál de sus hijos dar de comer. Ancianos muriendo sin insulina. Jóvenes huyendo a pie, cruzando fronteras con una mochila y una vida rota dentro. Eso fue Venezuela durante años.
Maduro no fue un presidente discutido: fue un usurpador. Perdió elecciones y se quedó. Se proclamó vencedor desde palacios custodiados por fusiles, no por votos. Y cuando la gente protestó, respondió como responden las dictaduras: con golpes, cárceles y miedo. Presos políticos, torturas, desapariciones. Calles tomadas por fuerzas de seguridad y por bandas armadas leales al régimen. El mensaje era claro: o te callas, o pagas. Y el mundo miró hacia otro lado.
Durante años se supo lo que ocurría. Se sabía que Venezuela se había convertido en una narco dictadura, donde el poder político y el crimen organizado caminaban de la mano. Se sabía que el régimen se sostenía por el miedo, por el dinero sucio y por la complicidad internacional de algunos. Se sabía… y no se hizo nada.
Hoy, algunos se rasgan las vestiduras. Hablan de soberanía, de normas, de líneas rojas. Los mismos que antes guardaban silencio mientras millones de venezolanos se marchaban al exilio. Los mismos que toleraron elecciones falsas, represión real y hambre verdadera. Los mismos que ahora se escandalizan, pero ayer callaban.
Pregunten al venezolano de a pie si le importan esos debates. Pregunten a quien enterró a un familiar sin medicinas. A quien cruzó medio continente caminando. A quien vio a su padre encarcelado por pensar distinto. A quien aprendió a vivir con miedo. Para ellos, el problema nunca fue jurídico. Fue humano.
La caída de Maduro no borra el sufrimiento, no devuelve los años robados ni resucita a los muertos. Pero deja una lección incómoda: cuando la comunidad internacional convierte los derechos humanos en discursos y no en acciones, termina siendo cómplice del dolor.
Venezuela no cayó de un día para otro. Cayó lentamente, ante la indiferencia global. Y hoy, cuando el dictador ya no está, convendría recordar a quienes pagaron el precio más alto: un pueblo entero abandonado mientras el mundo decidía no mirar.
Porque lo verdaderamente imperdonable no es solo la dictadura que oprime,
sino el silencio de quienes pudieron hacer algo… y no lo hicieron.
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