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Martes, 13 de Enero de 2026

Actualizada Martes, 13 de Enero de 2026 a las 19:14:24 horas

Opinión

El nuevo Herodes: cuando el poder teme a la luz

Pedro Rodríguez

PEDRO RODRÍGUEZ REYES Martes, 13 de Enero de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Martes, 13 de Enero de 2026 a las 17:04:25 horas

La Epifanía del Señor no es solo una escena entrañable del calendario cristiano; es una revelación profundamente política y espiritual. Dios se manifiesta en un niño frágil, pobre y sin poder, y esa sola presencia desata el miedo del poder establecido. Herodes no teme a ejércitos ni a conspiraciones visibles: teme a la verdad que no puede controlar.


Conviene recordar un detalle que muchas veces pasamos por alto: el Evangelio no llama “reyes” a quienes llegan a Belén. Mateo habla simplemente de “unos magos de Oriente”. No son poderosos, no gobiernan territorios, no imponen leyes. Son buscadores de sentido, hombres que leen los signos, que se ponen en camino y se dejan interpelar por una luz que no dominan. Frente al trono de Herodes, no aparece otro trono rival, sino la inquietud de la conciencia.


Herodes, en cambio, sí es rey. Representa al poder que se siente amenazado cuando la luz irrumpe. No discierne, no escucha, no se convierte: elimina. Mata para conservar su lugar. Y aunque solemos situarlo cómodamente en el pasado, la Epifanía nos obliga a reconocer que Herodes no murió con la historia. Hoy sigue vivo, multiplicado y sofisticado. Hoy existe nuevos Herodes.


Son aquellos que fomentan la guerra en nombre de la seguridad, que concentran poder económico en nombre del progreso, que desarrollan fuerza militar en nombre de la paz. Herodes ya no actúa solo con violencia explícita; ahora se reviste de discursos aparentemente buenos y justos. Habla de estabilidad, de crecimiento, de defensa de valores, mientras siembra muerte, exclusión y miedo.


Los nuevos Herodes no se presentan como tiranos, sino como garantes del orden. No empuñan espadas visibles, sino presupuestos, armas “disuasivas”, mercados y relatos cuidadosamente construidos. Su poder económico y militar se disfraza de inevitabilidad: “no hay alternativa”, “es por el bien común”, “es un mal necesario”. Pero detrás de esas palabras siguen cayendo inocentes, como en Belén.


La Epifanía nos muestra un contraste radical: mientras Herodes habita palacios y calcula estrategias, Dios se revela en la precariedad. Mientras el poder mata por miedo a perder, Dios se entrega por amor sin miedo a perderlo todo. Esta es la gran denuncia del Evangelio: el mundo sigue prefiriendo a Herodes antes que al Niño.


Y hoy los niños siguen siendo sacrificados. En guerras justificadas como defensivas, en sistemas económicos que descartan, en migraciones forzadas, en el hambre que no conviene erradicar porque no es rentable. No siempre con violencia directa, pero sí mediante decisiones políticas y económicas que tienen nombres, apellidos y responsabilidades.


Los magos, no reyes, representan otra forma de estar en el mundo. No buscan dominar, sino comprender. No se arrodillan ante Herodes, aunque lo visitan. Disciernen. Y cuando descubren la mentira del poder, regresan por otro camino. Ese gesto es profundamente subversivo: no todo poder merece obediencia.


La Epifanía también nos interpela a nosotros: ¿somos súbditos de Herodes o buscadores como los magos? ¿A qué poder damos crédito? ¿Al que promete seguridad a costa de la vida, o al que se manifiesta en la fragilidad?
Creer en el Dios de la Epifanía implica incomodar a los Herodes de cada época. Significa no aceptar como normal la guerra, ni como inevitable la desigualdad, ni como justa la violencia estructural. Significa recordar que ningún poder que necesite matar inocentes puede llamarse legítimo, por más razones morales que esgrima.


La luz de la Epifanía no vence por la fuerza; desenmascara. Y por eso molesta. Porque revela que el verdadero poder no está en dominar, sino en servir; no en acumular, sino en compartir; no en matar para conservar, sino en dar la vida para salvar.


Herodes sigue temiendo a ese Niño. Y quizá esa sea la mejor noticia: la luz sigue brillando, y todavía hay quienes se atreven a buscarla.

 

Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes es integrador social, técnico en Gerontología Social por la Universidad de León y director del CAMP El Tablero.

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