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Caminando hacia la desmemoria (CXVIII)

Arabandinos o jarabandinos

Reflexión del cronista oficial de Telde, Antonio María González Padrón, licenciado en Geografía e Historia

ANTONIO MARÍA GONZÁLEZ PADRÓN Jueves, 08 de Enero de 2026 Tiempo de lectura: Actualizada Jueves, 08 de Enero de 2026 a las 21:10:13 horas

Arabandinos o jarabandinos, historia sesgada del comercio ambulante del siglo XX en Gran Canaria

En varios de mis artículos, he hecho alusión a mi pertenencia, por parte paterna, a una antigua familia de comerciantes de la Calle Mayor de Triana, en Las Palmas de Gran Canaria y de la Plaza de Los Llanos de San Gregorio en la ciudad de Telde. Mi tío bisabuelo Rafael Pérez Cabral, durante décadas mantuvo abierto un prestigioso almacén-tienda de tejidos que atendiendo a su numerosa clientela, la despachaba tanto al detalle como a por mayor. Miembro activo de una logia masónica, se sintió en el compromiso de entrar en política y lo hizo presentándose para concejal del Ayuntamiento de la capital grancanaria. Así mismo su activismo social le llevo a fundar con otros el Círculo Mercantil, del que fue Secretario y directivo en varias ocasiones. Mi bisabuelo[Img #1000600] Francisco Pérez Cabral, en cambio, aun siendo tentado por unos y por otros, a entrar en el Gobierno de la Cosa Pública (Res Publicae), rehusó, una y otra vez, dirigiéndose a sus interlocutores con la frase evangélica: Si es posible, que pase de mí este cáliz. Algunos de sus clientes se atrevieron a comentarle lo poco o nada que le veían en la calle. Cierto era que don Paco pasaba días sin traspasar los quiciales de las puertas de su establecimiento mercantil, ya que desde el interior de éste pasaba directamente a su hogar a través de una puerta que comunicaba ambas estancias. Al afirmarle que poseía pocos amigos, su inteligencia corría en su ayuda y mientras abrasaba un conjunto importante de telas decía en voz alta ¿Cómo que no tengo amigos? Para después afirmar: ¡Mis queridos tejidos, estos son mis verdaderos amigos, los que nunca me traicionarán! 


Tanto Rafael como Francisco (Paco) y el resto de sus descendientes, mantuvieron un espíritu emprendedor que los llevaron a mantener vivas sus firmas comerciales, que extendiendo  a la Banca Privada bajo el nombre de Cabral & Cía. Años después, cuando las leyes de la Banca Nacional hicieron imposible mantener su propia denominación, se convirtieron en corresponsales del Banco de Cataluña en Telde, hasta 1929. En Las Palmas de Gran Canaria no, porque allí lo representaba muy dignamente el también comerciante del ramo de los tejidos, don Manuel Campos Padrón. Y varios lustros más tarde se convirtieron en la imagen teldense del prestigioso Banco Central. 


Sirva esta introducción para poner en situación al sufrido lector. Empezaremos diciendo que contaría yo unos nueve o diez años, cuando me percaté de una escena que ocurría con cierta asiduidad, en nuestra tienda llanense. Sobre el mostrador, de madera bien lustrada (Uno de los dos existentes porque el otro era de madera y cristal), Pedro Santana Afonso, veterano empleado de la casa, deslizaba un buen trozo de muselina y sobre ella iba colocando toda clase de género: Bragas, calzoncillos, calcetines, camisetas, medias, algún que otro pullover, rebecas, paños de cocina, paños higiénicos, toquillas, pañuelos de cabeza y de nariz, combinaciones, sujetadores (Sostenes), delantales, mandiles, varios metros de telas para confeccionar ropa interior, sábanas, batas y demás vestidos femeninos, pantalones para niños y hombres, y así todo lo que se pudiera vender. El bueno de Pedro, el hombre más honesto y fiel que he tenido la suerte de conocer y querer a lo largo de mi vida, apuntaba todo con gran precisión en una libreta de crédito o fiados, como más comúnmente se le calificaba.


Frente a él, un señor alto y delgado con estrecho y corto bigote, hablando atropelladamente el español le repetía una y otra vez: ¡Todo’ ben, todo’ ben! (Todo bien, todo bien), al mismo tiempo que haciendo un ligero aspaviento con sus manos. Yo, que me fijaba en todo le pregunté a Pedro que quien era aquel señor y él me contestó que se trataba de un Jarabandino. Tiempo después mi padre me explicó que se trataba de un palestino, que había llegado a Telde a finales de los años cuarenta o muy principio de los cincuenta y que para ganarse la vida se dedicaba a la venta itinerante, unos por los municipios de Telde y Valsequillo, y otras tantas por los de El Ingenio y Agüimes. Gran parte de su deambular lo hacía a pie, bien por carreteras asfaltadas o por caminos de tierra y piedras (Estos últimos restos de la red de Caminos Reales, que desde el siglo XVI comunicaban las principales localidades de la Isla. Solamente si el invierno venia malo, con abundantes lluvias y no menos vientos, se trasladaba en los destartalados coches de hora, que entre resoplido y resoplido, salvando cuestas y curvas, llevaban a su mercancía y a él a los sitios más habitados para allí, improvisadamente, mercar (Verbo éste antes muy usual en algunas de nuestras Islas y ahora caído totalmente en el olvido).


En sus célebres Cuentos de Pepe Monagas compendio de magistrales obras narrativas del costumbrismo canario debido al genio creativo de Pancho Guerra (En 1948 este autor publica sus célebres Cuentos, aparecidos con anterioridad, semanalmente, en el Diario de Las Palmas y el Noticiero del lunes. En 1958 divulga su gran obra Las Memorias de Pepe Monagas. Muchos años más tarde, el Cabildo de Gran Canaria publicará sus Obras Completas), el protagonista reserva varios monólogos para relatar las andanzas de algún personaje al que denomina El Árabe, calificando así un nombre propio castellanizado. Los Manolito el árabe, Pepito el árabe, Juanito el árabe, Antoñito el árabe, Paquito el árabe… recorrieron la Gran Canaria de Norte a Sur y de Este a Oeste, unas veces sobre ruedas y otras tantas a pie, no importaba el frío y la lluvia en el invierno o el calor sofocante del estío, siempre dispuestos a atender a la numerosa clientela que, los esperaba como agua de mayo en cualquier momento del año. No pocas veces se servían de los cobradores y choferes de Melián y Compañía o de los dueños de los Piratas, a los que les decían: ¡Corran la voz! Queriendo así que anunciaran en los pueblos y lugares más distantes que en tal fecha se acercarían con su hatillo bien cargado de género. La clientela era variopinta y sus situaciones económicas no eran las mismas: Unos compraban fiado y otros, al decir ellos mismos adquirían las cosas con las perras oyendo la conversación o lo que es lo mismo al tocateja.


El poeta y dramaturgo agüimense de gratísima memoria Orlando Hernández en El Diario de Las Palmas, fechado el 7 de mayo de 1975, dedicó un bellísimo artículo sobre los arabandinos o jarabandinos, en los que se entretuvo en detallar muchos aspectos de la sacrificada vida de éstos. Entre sus muchas aportaciones, nos habla de sus particulares formas de hablar, tan características que solo con escucharlos sabíamos de quienes se trataban. El mismo Orlando nos relata la siguiente anécdota, en referencia a un jarabandino , que durante las fuiestas del Pino de Teror y, después de haberse tomado unos cuantos cacharros de vino peleón, cantaba a plena voz: ¡Ay, Teró, Teró, Teró,/Ay Teró qué lindo está!/¡Qué breciosa está la Virgen/bor encima de su Altá!


En varias tertulias familiares de los descendientes de don Fernando de Lara Henríquez y de doña Pino Vega Torres, sus hijas: María Teresa, Victoria y Carmensa, nos contaban de un jarabandino que llegaba hasta la casa-finca de recreo que ellos poseían en el camino de la Teja, que se encontraba en las inmediaciones de la Plaza de doña Luisa, en El Monte, municipio de Santa Brígida. El buen hombre cargado con un enorme hatillo a sus espaldas y sacando fuerzas de donde no las tenía, gritaba a pleno pulmón: ¡Cintas palancas (blancas) y hilo de susí.   


Sin duda alguna fueron las tristes y sencillas tierras del Sur de Gran Canaria, cantadas entre otros por el gran Alonso Quesada, que siempre las vio secas, los parajes naturales en donde los comerciantes árabes tuvieron mayor presencia, desde Las Huesas y El Goro, en tierras de Telde; pasando por El Carrizal y Arinaga, ésta última en tierras fronterizas con Balos, en Agüimes; hasta los llanos de Sardina, Vecindario, El Doctoral y Juan Grande, tanto en Santa Lucía de Tirajana como en San Bartolomé las tierras de labor se abrían paso gracias al cultivo del tomate regados con esfuerzo por el agua de profundos pozos y, junto a fanegadas y fanegadas de tomateros surgían por doquier cuarterías y demás zonas habitacionales, que con el tiempo vinieron a convertirse en las zonas urbanas tan bien desarrolladas que hoy podemos contemplar. Pues bien, a todos esos sitios y a otros tantos más al sur llegaron estos hombres cargados con sus fardos y mostrando el mejor humor que podían para ganarse a la clientela.  


Algo más arriba dejamos dicho que muchos de los árabes que se asentaron en Gran Canaria, procedían de Oriente Cercano, lo que hoy llamamos por imposición yanqui Oriente Medio (Palestina, Israel, Líbano, Jordania, Siria, Irak y Egipto). En su mayor parte fueron diásporas promovidas por las dos grandes contiendas mundiales, ocurridas entre 1914-1918 y 1939-1945. Y también por la creación del Estado de Israel y la partición del Protectorado Inglés de Palestina en 1948. Antes, mucho antes, a finales del siglo XIX, la emigración turca hacia tierras americanas, facilitó la llegada de algunas familias o individuos de ese origen, de ahí que, en un principio, esos mercaderes se ofendieran al ser llamados con cierto desdén  moros o árabes, reclamando para sí orgullosamente su calificativo de turcos. 


Muchos comerciantes de origen árabe se establecieron definitivamente en varios pueblos de Gran Canaria, su extrema honradez en los más diversos tratos comerciales y el alto honor de la palabra dada fue el mejor aval para su prosperidad económica y para su inserción en la sociedad insular. La mayor parte de ellos contrajeron matrimonio con jóvenes canarias. La religión no fue obstáculo, ya que muchos, o eran cristianos de origen o se convirtieron al catolicismo, dando testimonio de su predisposición a vivir una vida religiosa plena. Apellidos como Haddad, Said, Atta, El Mir, Irak Javer, Mahmud; caso particular es el de la familia Halte, Hatti, Halthe (Derivados fonéticos de un mismo apellido). Algunos de sus nietos y biznietos, muy pocos, aún hoy se dedican al comercio tanto en la calle Triana como en otras rúas de la capital grancanaria y otras localidades de la Isla, destacando los de Vecindario. La mayoría han optado por desarrollar sus vidas laborales en los más diversos campos, desde el periodismo a la medicina pasando por el funcionariado, el magisterio, el profesorado de enseñanzas medias y universitario, así como abogados, ingenieros, arquitectos, etc.


Este articulo nacido desde la admiración y el respeto a aquellos hombres que se abrieron camino ante la adversidad, quiere traerlos al presente para que sus particulares epopeyas pasen a formar parte de esos capítulos de la Historia de Canarias que todavía están por escribir.

 

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte y cronista oficial de Telde.

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