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Domingo, 30 de Noviembre de 2025

Actualizada Domingo, 30 de Noviembre de 2025 a las 17:53:13 horas

Colaboración

¡Si el Sol los iluminara para razones y corduras…!

Nicolás Guerra

NICOLÁS GUERRA AGUIAR Sábado, 29 de Noviembre de 2025 Tiempo de lectura: Actualizada Sábado, 29 de Noviembre de 2025 a las 11:57:30 horas

“Para y óyeme, ¡oh Sol!, yo te saludo / y extático ante ti me atrevo a hablarte”. Así comienza, estimado lector, el largo poema firmado por Espronceda, acaso el más conocido vate español de la pléyade perteneciente al siglo XIX, el del Romanticismo, tras cuyo nombre no solo hay un movimiento literario como nos limitaron en el Bachiller. Sí, en efecto:  muchos planteamientos nacionalistas surgieron y fructificaron por el Viejo Continente y América influenciados por su pensamiento pues los románticos, además, estaban unidos por el nacionalismo. 

 

  Canarias vivió su filosofía tal como se refleja en la obra de varios autores, fundamentalmente tinerfeños: “Era el conquistador omnipotente: / sometidos los guanches a Castilla”; “Mas hubo un día aciago en que la patria hollada / vieron bajo la planta de audaz conquistador”; “Mi patria no es el mundo, / mi patria no es Europa; / mi patria es de un almendro / la dulce, fresca, inolvidable sombra”. 

 

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  Sin entrar ahora en sutiles detalles o escrupulosas normas académicas, es indiscutible que los poetas acaparan un elevado tanto por ciento de influencia en la creatividad lingüística, no solo con formación de palabras que amplían  el campo léxico sino, y sobre todo, para dar nuevos significados (a veces muy complejos) a términos ya existentes. Así, por ejemplo, cuando el romántico Diego Estévanez Murphy identifica con “puras y líquidas perlas” las lágrimas de la dama a la cual  canta (“porque perlas son tus lágrimas”),  está rompiendo la precisión *diccionarial de nuestra lengua: las lágrimas, rigurosamente, son eso, gotas segregadas por la glándula lagrimal. Y las perlas vienen a ser objetos de color blanco agrisado muy apreciados en joyería. Pero jamás se convertirán en agua, gotas o secreciones deslizadas desde los ojos.

 

  ¿Cuál es, entonces, la relación racional entre una y otra? Entramos, así, en la metáfora, figura literaria capaz de crear belleza rompiendo el sentido tradicional de las voces. Cuando en el poema lorquiano “Prendimiento de Antoñito el Camborio” el gitano corta  limones redondos y los tira al agua del río “hasta que la puso de oro”, ¿podemos creerlo por muy Federico García Lorca que se llame su autor y a cuyo nombre figura el Romancero Gitano, obra donde aparece el verso citado?  

 

  Pues bien. Espronceda  se muestra placentero, encantado y fascinado a causa de su contemplación. Como me quedé de extasiado ante este parto matutino cuando contemplé tal lejanía geográfica cercana a la “fuerteventurosa Fuerteventura” al decir de Pedro Lezcano, el poeta que también cantó a la rosa y la definió como “Pura, encendida rosa, / émula de la llama, / ya te hemos olvidado los cantores, / pura rosa apagada”. 

 

  ¿Pero qué es eso de rosa “pura, encendida, émula (‘competidora, imitadora’), apagada”? Si se trata de la flor del rosal, ¿por qué desde el primer verso de su soneto Garcilaso de la Vega recurre a ella (“En tanto que de rosa y azucena / se muestra la color en vuestro gesto”) para referirse al semblante de un jovencísimo rostro femenino? 

 

  Pues, estimado lector, se trata también de lenguaje poético ajeno a la realidad: pretende destacar la pasión juvenil (el rosáceo rojo) frente a la pureza, castidad y recato de la azucena, la simbólica e inmaculada planta de flores grandes, blancas y muy olorosas. ¿Por qué el rojo de la rosa traduce pasión si en el campo de la circulación automovilística el mismo color  en el semáforo impide el paso y en la exterioridad de algunos animales avisa a posibles depredadores para que se abstengan en sus ansias devoradoras? Es la convención: se impusieron y  aceptaron en el campo poético y en el de la vida cotidiana.

 

  Más: la propia rosa roja  también es “la azul de tu vientre” (poema “Preciosa y el aire”), está presente en Lorca para significar lo inalcanzable, la muerte o la esterilidad en la mujer. La dorada de Alonso Quesada (“Hoy va con mi carta una rosa, una rosa dorada”, escribe en Las inquietudes del hall) se convierte en símbolo de la plena satisfacción; la blanca lleva a la exaltación de la amistad en José Martí: “Cultivo una rosa blanca / […] para el amigo sincero / que me da su mano franca”. 

 

  Lo mismo sucede en los dos versos iniciales del poema esproncediano,  desconcertante entrada pues desde el inicio destruye la lógica: se dirige a un ser inanimado, el Sol, estrella que  centraliza el sistema planetario en el cual se encuentra la Tierra.  Pero por muy (muy mucho, incluso) importante y vital que es para nuestra supervivencia, sin cuya luz y calor esta geografía sería simplemente una estructura congelada, carece de la capacidad animal para la comunicación. Ni tan siquiera por signos, alquimias, inteligencia artificial, logaritmos u otros recursos será capaz de entendernos, ni tan siquiera de oírnos… y a la inversa. Sin embargo, Espronceda le habla y tutea, como si de un ser animado se tratara: es, desde el lenguaje figurado, la personificación, da cualidades propias de seres vivos a cosas inanimadas. 

 

  (Por cierto, estimado lector, la Inquisición católica amenazó al astrónomo  Galileo Galilei -siglos XVI/XVII- con la muerte si no se retractaba de su afirmación científica: la Tierra no es el centro del Universo, sino el Sol, en torno al cual giran todos los astros. Un ejemplo más de la oposición  fe -a veces irracionalidad, con todos mis respetos- y Ciencia, observación y razonamiento. Obviamente renegó de su afirmación científica, pero por lo bajini mantuvo su acertada conclusión.)  

 

  Sí, es el mismo Sol al cual el romántico tinerfeño Tabares Bartlett llamó “El astro de oro, el luminar del cielo” oculto “en las líquidas ondas” de la mar y de las cuales parece surgir en este amanecer desde Maxorata cargado de  luminosidades. Y si el Diccionario define al sustantivo “luminar”  como ‘cada astro que despide luz’, yo recurro a la segunda acepción (‘persona de mucha virtud, ciencia o sabiduría’) para requerir al Sol canario como lo hace Espronceda, acaso con menos brío por falta de fe en su reacción o, acaso, porque mi ruego, súplica o imploración escaparán de su inmenso poder demostrado desde cuatro mil millones de años atrás: no es capaz de hacer milagros.

 

  No obstante, ¡oh Sol!, también me atrevo a hablarte: actúa como astro luminar dominante, todopoderosísima estrella; irradia tus “dardeantes cohetes solares” cargados de cuatrillones de calorías que pueden iluminar el entendimiento. Asi tal simbólica luz, educadora desde la Razón, actuaría perpendicularmente sobre quienes, limitados y creídos, figuran en cargos políticos. Echa, ¡oh Sol canario!, una visuá y los descubrirás por torpes y aturdidos atrevimientos...   

 

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

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