Foto del grupo escolar con su maestro/Foto donación de la familia.Desde hace 50 años, cada 1 de noviembre, un grupo de personas se reúne en las inmediaciones de la Plaza de Jinámar, desde donde parte con dirección a la Sima. Una vez allí, unos toman la palabra, otros recitan alguna poesía y, finalmente, se lanzan flores al interior de la cavidad. Su objetivo es rendir un homenaje y recordar a aquellos hombres que fueron asesinados en dicho lugar durante los años de la guerra civil y del franquismo.
En las I Jornadas sobre Patrimonio Cultural de Jinámar, los asistentes tuvieron la oportunidad de conocer los hallazgos que el Cabildo de Gran Canaria ha realizado hasta el momento en la Sima. Los técnicos en arqueología, Javier Velazco y José Juan Guillén, explicaron que a 70 metros de profundidad, y bajo todo tipo de escombros, hallaron varios utensilios de uso cotidiano (zapatos, peines, monedas), casquillos y, por supuesto, restos óseos que confirman lo que era un secreto a voces: en la Sima de Jinámar se cometieron asesinatos. Muchos hombres de izquierdas y demócratas que creían y defendían la República recibieron fueron lanzados a las entrañas de la tierra. Entre 100 y 200 pudieron acabar allí, según estimaciones del historiador Sergio Millares. Una realidad que algunos intentaron esconder a lo largo de estos años, argumentando que era imposible que los camiones de la muerte pudieran acceder a las proximidades del lugar.
En el interior del tubo volcánico se cree que descansa (si se puede decir así), el que fuera segundo Teniente de Alcalde de Telde y vecino de Jinámar, José Tejera; y allí podía haber acabado el último maestro republicano que ejerció en dicho pueblo: Enrique Caro. Por fortuna, la Sima no fue su destino. A él los golpistas le obligaron a pasar una temporada en los campos de concentración de Gando, en Gran Canaria, y de Fyffes, en la isla de Tenerife. El gaditano fue una víctima más de la depuración del Magisterio. Desde los primeros momentos del levantamiento militar, el Régimen franquista miraba con lupa a los maestros e hizo un majo y limpio en las escuelas. Para ello, contó con la ayuda inestimable de los alcaldes, vecinos y, sobre todo, de los párrocos. El de San Juan Bautista, Pedro Hernández, jugó un papel fundamental en el devenir de Caro.
Llegada a Jinámar
A Enrique Caro Aguilar, nacido el 17 de octubre de 1887 en Sanlúcar de Barrameda, lo destinaron como maestro nacional a la escuela de niños de Jinámar el 27 de marzo de 1922. En ella tomó posesión como propietario el 1º de Mayo de dicho año, coincidiendo con el Día del Trabajador.
En esa época, el pueblo de Jinámar era muy diferente a como es hoy. La vecindad carecía de agua potable. Se recurría al agua de los pozos para el abastecimiento. Asimismo, el centro escolar no contaba con una edificación específica tal y como conocemos en la actualidad, sino que se iba ubicando en casas de particulares. Mientras que la Escuela Nacional de Niñas permaneció durante bastantes años en la vivienda de don Antonio Rivero Torres, la de niños fue cambiando. De este modo, pasó de estar en la de don Antonio López Suárez a la de don Dionisio Hernández Santana.
La escuela consistía en una sola habitación, tal y como se detalla en el acta del registro que realizaron el 24 de septiembre de 1936 el Jefe de la Línea – Delegado Gubernativo, Antonio Escandell Guasch, junto a los guardias locales Antonio Socías Sampol, Crisantos Cobos Santiago y otros testigos. Para ese entonces, Enrique Caro ya se encontraba detenido “por sus ideas extremistas”, aunque a él aún no le habían dado explicaciones.
El Golpe de Estado
Dos meses antes de que accedieran y registraran la escuela, el 18 de julio del 36 se produjo el Golpe de Estado. Ese día, el maestro Caro no acudió a su puesto de trabajo. Según dijo, se encontraba enfermo. Fue al trasladarse al Ayuntamiento de Telde para justificar su ausencia cuando los de Falange procedieron a su detención.
Los informes sobre él concluían que era “un comunista de los más extremistas”. Tal y como se detalla en el libro de Olegario Negrín Fajardo: Memoria histórica y educación en Canarias (1936-1942). Depuración y represión del Magisterio en la provincia de Las Palmas, el párroco de San Juan Bautista, Pedro Hernández, tachaba su conducta de “perversa y escandalosa”, atribuyéndole las perturbaciones sociales habidas en el pueblo de Jinámar. “Aquel pago antes tan tranquilo”, decía, y que ahora conocían como “la pequeña Rusia”.
Una bandera republicana, un folleto del Partido Socialista Obrero Español, un Estatuto para la Sociedad de Trabajadores de Telde, y un paquete con estampas, “algunas de ellas, de personalidades extremistas”, fueron, entre otros, los objetos que incautaron en el registro. Las acusaciones sin pruebas y esos hallazgos bastaron para su ingreso en campos de concentración isleños. “Estuvo dos o tres meses en el campo de concentración de Gando” – relata su nieto, Enrique Caro Zamora – “después se lo llevaron a Tenerife y lo metieron en Fyffes. Allí lo tuvieron un año”.
Precisamente fue en ese antiguo depósito de plátanos, donde al maestro le informaron de los cargos que pesaban sobre él: ser militante del Partido Comunista, contrario al Movimiento Nacional, “mostrar, en el ejercicio de su profesión, ideario perturbador de las conciencias infantiles...” Le acusaban, entre otras cosas, de cantar la Internacional en la escuela y de que sus alumnos saludaran con el puño en alto a los turistas que pasaban por la carretera que había delante del local. Sobre esto último se habló en la sesión plenaria del Ayuntamiento de Telde el 31 de mayo de 1935. El Patronato Nacional del Turismo se quejaba “sobre los abusos de que son objeto los extranjeros”, cosa que se confirmó en la sesión: “En Jinámar los chiquillos molestan a los turistas sin que haya por allí un guardia que los contenga, pues éstos no saben ir a Jinámar sino a cobrar el reparto”.
Es la única alusión sobre el asunto que consta en las actas municipales. En ningún caso se mencionan puños en alto ni se responsabiliza a Enrique Caro del comportamiento de los niños con los extranjeros.
El maestro de Juan Ramírez Valido
Enrique Caro era “un hombre funesto y peligroso” para la Comisión Provincial de Depuración del Magisterio de Las Palmas. Desde luego, una percepción muy distinta a la del que un día fue su pupilo, Monseñor Juan Ramírez Valido. En una entrevista concedida a La Provincia en el año 1991, el sacerdote nacido en Marzagán lo seguía recordando como “un gran maestro”.
De todos los cargos de los que se le acusó, a Caro le dolió especialmente los que aludían a su religiosidad. El párroco de San Juan aseguraba que el andaluz rompió el crucifijo de la escuela delante de los niños, algo que, posteriormente pudo demostrar ser falso. “Soy cristiano y no cabe en mi conciencia negar lo que se halla dentro de ella”, escribió en su pliego de descargo el gaditano. “De su escuela salieron diez curas” e, incluso, “hizo una fiesta en Jinámar para comprar la campana de la Iglesia, que no tenía”, relató a Sergio Millares, la maestra Angeliza Zamora, en el libro Apuntes para la historia de la Educación en Canarias.
Durante su encierro en la Prisión Militar de Fyffes, el andaluz elaboró un total de 7 hojas manuscritas que presentó para defenderse de las acusaciones. Sólo reconoció haber sido miembro de la Federación de Trabajadores de la Enseñanza y fundador de la Casa del Maestro, algo de lo que se mostraba muy satisfecho y orgulloso.
Pero de nada le valieron sus argumentos. Era la época en la que el acusado debía demostrar su inocencia y no los delatores la culpabilidad. En un campo de concentración, alejado de su familia, con el dolor físico y mental que podía suponer la privación de libertad, el hacinamiento, el terror de una guerra que daba comienzo… ¿Qué pruebas podía presentar en su defensa más que su palabra? “No aporta documento alguno”. “Del examen de cada uno de los informes se deduce ser un hombre funesto y peligroso y, por ende, la verdad de todos los cargos”, rezaba la propuesta de sanción de la Comisión Provincial de Las Palmas. Finalmente, el 24 de abril de 1940 se le separa de manera definitiva del Magisterio y se le da de baja en el Escalafón.
Casi 4 años transcurren desde su detención hasta la confirmación de la sanción. Durante ese tiempo, la familia había estado sobreviviendo gracias al Socorro Rojo y a la caridad de las vecinas, que les dejaban comida a escondidas. Después, Caro tuvo que reconfigurar su vida y dedicarse a otro medio de subsistencia. “Estuvo trabajando como comerciante. Vendía relojes, juguetes, termómetros Omega, ropa…”, explica Caro Zamora. Pero el maestro de Jinámar siempre quiso regresar a su oficio. Por ello, solicitó la revisión de su sanción hasta en dos ocasiones. La primera, en 1942, aportando certificados de buena conducta y una carta del Magistral de Canarias. La segunda, diez años después, presentando más certificados, avales y reconociendo haber pertenecido al PSOE, haciendo hincapié en que nunca ejerció actividad política alguna.
En esta última ocasión, el Juzgado Superior de Revisiones tuvo en cuenta la edad del maestro y los años que llevaba sancionado. Así, en 1953, con 64 años cumplidos y 12 apartado del Magisterio, el maestro de Jinámar es reintegrado en el cuerpo, con la sanción de traslado e inhabilitación para cargos directivos. Su primer destino, tras una temporada eterna de inactividad forzosa, fue La Lechucilla, en San Mateo.
El cura del pueblo no tiene sotana
Con la muerte del dictador, el 20 de noviembre de 1975, el país empezó a cambiar. Los familiares de quienes sufrieron la represión se vieron con la libertad de poder subir a la Sima, desde entonces, para llorar y honrar a sus desaparecidos. Pero hubo heridas que nunca pudieron cicatrizar. Lo que el maestro Caro vivió y sintió durante su internamiento en los campos de concentración jamás podrá saberse. El paso del tiempo no le devolvió la capacidad de verbalizarlo. “Mi abuelo nunca habló de su estancia en Fyffes. No podía. Cuando lo recordaba se ponía a llorar”, asegura Caro Zamora conteniendo las lágrimas.
El franquismo acabó con las ilusiones y la vida de muchas personas. Destrozó familias y proyectos de futuro. El caso de Enrique Caro es un ejemplo. Él no murió en el interior de la Sima con un tiro en la cabeza. El de Sanlúcar siguió con vida, pero con una muy distinta a la que tenía proyectada. Le privaron de libertad y le apartaron de su profesión, condenando, con ello, a toda su familia.
Jinámar quedaría grabado para la eternidad en la memoria de Enrique Caro. Jamás volvió a dar clases en esa escuela, pero en el pueblo quedó la impronta de un maestro al que se llevaron, como a tantos otros, por sus ideas. Quién sabe cuántos de sus alumnos continuaron cantando aquella coplilla inventada por el gaditando y que rezaba:
Venid pastorcitos, venid a Jinámar,
Que el cura del pueblo no tiene sotana,
Y si vais a casa de los escueleros,
Ni ella tiene camisa ni él sombrero.
































domingotomasjimenez@gmail.com | Sábado, 22 de Noviembre de 2025 a las 18:51:05 horas
TITULADO : MAGIA PPOTAGIA
Vale ya dejemos de lloriqueos
Que yo soy tonto y lo sabia
Levantemos la cabeza y unidos cantemos con Celia cruz
¡Azúcar!
Lara, rara, rara
Lara, rara, rara
Agárrate fuerte
Y ya no te sueltes
(Ríe) ríe
(Llora) llora, llora
Que a cada cual le llega su hora
(Le llega, le llega)
Ríe, llora
Vive tu vida y gózala toda
Lara, rara, rara
Lara, rara, rara
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