
El cáncer de mama ha estado siempre en mi historia de vida. Perdí a mi abuela en 1986 a causa de esta enfermedad y, desde muy pequeña, conocí sus consecuencias, que afectan de manera especial a nosotras, las mujeres.
Los datos de la Red Española de Registros de Cáncer (REDECAN) estiman que en 2025 se diagnosticarán 296.103 casos de cáncer en España, de los cuales 37.682 serán de mama. En Canarias, las cifras en 2024 alcanzaron los 13.200 diagnósticos, con 1.638 de mama, todas mujeres y 423 de las cuales tenían menos de 49 años.
A ello se suman las secuelas que acompañan al proceso: la autoestima tocada tras operaciones que dejan huellas en las mamas, las consecuencias de la menopausia inducida, la difícil tarea de reencontrarse como mujer, el temor a que se resienta la vida en pareja o el cuidado de los hijos. Todo ello se une a los dolores del cuerpo y del alma y, sobre todo, a un escalofrío que lo impregna todo: el miedo a la muerte.
El cáncer regresó a mi casa en 2018, cuando la enfermedad alcanzó también a mi madre (a quien volvería a golpear en 2021). No me permití analizar el cómo ni el por qué, simplemente me encontré de nuevo en la piel de aquella niña de ocho años que acompañaba a su abuela.
La sanidad había avanzado: diagnósticos tempranos, tratamientos más eficaces y, junto a ellos, un trato profesional y humano en los hospitales Materno-Insular y Doctor Negrín. A la atención médica se sumaba la fortaleza de la familia y la naturaleza resiliente de mi madre, la de la mujer canaria.
Pasó esa primera tormenta. La Navidad de 2019 fue una de las mejores de mi vida. Mi hijo Adrián tenía siete años y disfruté momentos irrepetibles con mi familia. Apenas un mes después, mientras me autoexploraba en el espejo, descubrí un pliegue en la parte inferior de mi mama derecha que se acentuaba al moverme. No dudé: aquello era extraño. Pocos días más tarde, el Complejo Insular Materno Infantil confirmaba el diagnóstico de cáncer de mama, tras activar un protocolo rápido y profesional.
El impacto fue devastador. Sentí un frío que me atravesaba el cuerpo mientras pensaba en cómo afrontarían mis padres, ya mayores, aquella noticia. Pero sobre todo pensé en mi hijo Adrián, en mi pareja y en nuestro proyecto de vida. Ese miedo inicial se fue mitigando —nunca desapareciendo— gracias a la confianza en la ciencia, la información recibida y, sobre todo, una mezcla de esperanza y ganas de curarme.
Luego llegó la segunda fase: el tratamiento. La quimioterapia transforma el cuerpo y obliga a reconocerse de nuevo, con todas las consecuencias que ello tiene en la relación con una misma y con los demás, especialmente con la pareja. En mi caso, Armando se convirtió en el mejor de los compañeros: cuidador, padre y ser humano excepcional. Aunque se tiene que dar por sentado que las parejas tenemos que compartir y siempre estar a la altura, a veces esto no sucede. En mi caso, afrontamos juntos los momentos más duros, y hoy solo puedo agradecerle la forma en que sostuvo nuestra vida en común.
También estaba Adrián. Mi tratamiento comenzó apenas dos días antes de que se declarara la pandemia. Tenía que explicarle lo que ocurría: que había un “bicho” en el pecho de mamá y que las inyecciones que lo combatían harían que se me cayera el pelo y que, a veces, me sintiera mal. Él lo entendió y lo vivió conmigo, regalándome toda la fuerza y el amor que necesitaba. Vivió de cerca la frustración, aprendió que la vida no siempre es fácil, que llorar no es malo y que incluso en los momentos más duros hay oportunidades para renacer.
He necesitado terapia psicológica para aceptar los cambios, asumir las secuelas y reconciliarme con lo que aquella etapa dejó en mí. El cáncer no es una guerra ni una batalla; no me siento ganadora de nada. Es muy duro, pero también un camino de aprendizaje: enseña a levantarse tras cada caída, a dar valor a un abrazo, a oler una flor, a sentir la tierra en los pies o a respirar el salitre del mar.
Recuerdo que, pocos meses después de terminar el tratamiento, subí al Roque Bentayga, respiré hondo y agradecí a la vida. Desde entonces, sigo dando las gracias cada día, recolocándome cuando el miedo regresa y aprendiendo a despedir lo innecesario para dar la bienvenida a lo que suma.
Pero si hablamos de cáncer, no podemos dejar de mencionar los avances que, gracias a los esfuerzos de muchos médicos y científicos, se han producido en los últimos años. La tasa de supervivencia en mujeres diagnosticadas con cáncer en la mama se encuentra entre el 85% y 95% (Asociación Española contra el Cáncer, 2025). Un dato que refleja el impacto positivo de la investigación, la detección temprana y los tratamientos innovadores, además de la influencia de estilos de vida más saludables.
Confiar en el sistema público de salud es fundamental, pero debemos reforzar los recursos humanos y materiales para garantizar que las pacientes mantengan esa confianza. Es un deber de las instituciones ampliar el grupo de edad del Programa de Diagnóstico Precoz, promover campañas de sensibilización que impulsen hábitos saludables y la autoexploración, y reforzar la Estrategia en Cáncer y su Plan Nacional, con especial atención al cáncer de mama metastásico.
Queda además un aspecto muchas veces olvidado: “el después”. Las secuelas físicas, los efectos de los tratamientos prolongados y el miedo que persiste marcan la vida de miles de mujeres. Necesitamos apoyo para reconstruirnos, para volver a empezar desde una nueva realidad emocional y física.
Con este artículo, íntimo pero también reivindicativo, quiero militar en esta causa y aportar un mensaje de acompañamiento. Hablo desde mi experiencia, pero pensando en todas las mujeres que hoy transitan esta enfermedad o que quizá nunca lo hagan. Nos necesitamos unidas en la sororidad: por las que estamos, y por las que ya no están.
Minerva Alonso Santana es consejera de Desarrollo Económico del Cabildo de Gran Canaria.























Rosario de la Nuez | Domingo, 05 de Octubre de 2025 a las 11:39:42 horas
Excelente artículo. No ha dudado en contar su historia para servir de estimulo a aquellas mujeres que sufren la enfermedad. Pero hay que apoyar la investigación para luchar contra todos los tipos de cáncer. Los que hemos perdido a algún familiar por esta enfermedad , sabemos del sufrimiento y la impotencia, cuando los tratamientos fracasan.
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