
El sol apenas despuntaba sobre la bahía de Melenara cuando la vida y el mar se cruzaron en una escena inesperada. Una raya, boca arriba y atrapada entre las rocas volcánicas, apenas respiraba con la bajamar. La marea, que tantas veces regala, esta vez le había tendido una trampa.
Fue entonces cuando apareció Juan Carlos Rivero Sánchez, vecino del Camino de la Cruz y caminante diario de la playa. Vio al animal agonizando entre los peñascos situados al naciente del antiguo espigón del muelle y no dudó: se empapó entero y bajó entre piedras resbaladizas para tenderle la mano al mar.
Con la guía del marinero Germán Santana, que le indicó cómo sujetarla sin dañarla, Rivero la levantó con esfuerzo y la arrojó de nuevo a las aguas. “Ya respiraba con dificultad… si la dejábamos, moría”, contó después a TELDEACTUALIDAD.
La raya tardó un instante en reaccionar. Se quedó cerca, como tomando fuerzas, hasta que finalmente recuperó su resuello y nadó hacia el horizonte, bajo la mirada atenta de quienes habían sido testigos de aquel amanecer distinto.
No fue solo un rescate: fue un gesto sencillo de respeto y compasión, un recordatorio de que el mar, además de paisaje, es vida compartida.



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