
Los maximalismos son malos consejeros en política. Está bien, o queda bien, de cara al electorado bufandero propio o al alimón de las emociones desatadas en un buen mitin, pero ya está. Llegado el momento de la verdad, que es cuando se está en las instituciones, toca rebajar las pretensiones, reconocer los argumentos del adversario y ceder. Sí, he dicho ceder. Algo que fue normal durante décadas y que, sin embargo, de un tiempo a estar parte no solo se ha disipado sino que, además, algunos lo ven como una hu
millación o derrota. Y ese es el problema: con cierta frecuencia es tan asfixiante el pretendido debate amén de las redes sociales, que los políticos van a la mesa con la premeditación de que no pueden modular o aminorar sus posiciones porque sus parroquianos lo tomarían como una ofensa. Vamos, una dinámica endiablada que se retroalimenta.
Sin cesiones mutuas, la Transición no hubiera sido posible. A buen seguro, unos cedieron más que otros. A fin de cuentas, la izquierda (entiéndase el PCE, principalmente) no pudo acabar con la dictadura. Franco murió en la cama. Eso sí, el franquismo fue acorralado socialmente en la calle, manifestaciones y huelgas mediantes. Pero luego tocó afrontar ese momento de la verdad referido: el de sentarse a hablar. Y lo hicieron: Adolfo Suárez lo hizo con Santiago Carrillo. Y concordaron, y renunciaron. Suárez legalizó el PCE (con la luz verde del rey Juan Carlos I) y Carrillo aceptó la monarquía parlamentaria y la bandera rojigualda, dejando a un lado la republicana. ¿Era lo que ambos querían? Según sus posiciones de inicio, para nada. Pero acabaron asumiendo que la democracia implica eso: entenderse y negociar. Es más, lo habían asumido ya de antemano, que es lo importante; no como sucede hoy.
Los sistemas políticos democráticos hay que cuidarlos. No pueden ser zarandeados indefinidamente con el riesgo de que, en cualquier instante, se vaya por el sumidero. Ese momento puede ser cuando en un episodio de xenofobia o en un atropello de acosadores (micrófono en ristre) a un político en la calle, a alguno se le vaya la mano y pegue un par de tiros. Y a ver cómo se gestiona eso luego desde el poder civil. No se llega a la violencia de un día para otro; al contrario, suele ser un proceso gradual que, si no es detenido a tiempo, encontrará en el camino a una o varias minorías radicales que les interese azuzar para que todo se vaya al garete.
Cuidado con lo que estamos viviendo. Ese clima sectario y de falta de respeto de los unos a los otros, no traerá nada bueno. Frenémoslo cuanto antes, aún estamos a tiempo. El sistema político del 78, el de la Transición, con sus luces y sus sombras, ha traído estabilidad sistémica durante décadas. No lo desmerezcamos.
























Olga Maria Rivero Santana | Sábado, 19 de Julio de 2025 a las 10:21:37 horas
Lo triste y lo grave, es que "salen partídos" y "políticos" que no creen en la democracia. Lo suyo es "enfrentar" y causar la mayor confusión entre la ciudadanía. ¡El PUEBLO tenemos que DESPERTAR, y no permitir que la CASTA POLÍTICA, nos use y nos lleve por éste peligroso camino de confrontación.
Accede para votar (0) (0) Accede para responder