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Primera Plana

El regalo y el establo

Columna de Rafael Álvarez Gil

TELDEACTUALIDAD/Telde 1 Lunes, 06 de Enero de 2025 Tiempo de lectura: Actualizada Lunes, 06 de Enero de 2025 a las 07:57:33 horas

Cada amanecer del 6 de enero es un resurgimiento de la plasmación de las ilusiones más íntimas para aquellos que aún son espoleados por la vitalidad que arroja la cotidianidad existencial en el ajetreo que nos invade. Para otros tantos, igual o más, es un recordatorio de un pasado remoto donde aquellos detalles o sobrios regalos les retrotraen a un tiempo que pervive en la memoria y que ya no volverá, son aquellos que encaminan tramos más avanzados del vivir, los que tienen más pretérito que futuro que encarar. Por eso la donación de los Reyes Magos remarca que por encima de la desgana, incomprensiones y derrotas, de la soledad manifiesta, irrumpe la certeza de la transcendencia encarnada en el niño.

 

El mensaje de la vida es un regalo inmenso ante el sencillo establo. Y gracias a ese contraste, tan profundo, tan[Img #1017475] incontestable, asoma la esperanza; esa esperanza como munición diaria que invoca el papa Francisco. La esperanza es el anticipo de la gloria donde lo transcendente vence a lo efímero. Porque de eso va el sortear las miserias y sumar años: aguardar la certidumbre del alma en vida que es la querencia de Dios en nosotros y en los demás, que se erige en el mandamiento de que habita en cada uno.

 

El pesebre es, a la vez, el aviso de que lo material nada importa cuando toca rendir cuentas de nuestras acciones frente a la justicia divina. Es decir, el regalo es todavía mayor regalo, porque es un regalo de vida, real e inmortal. Ese es el auténtico regalo que desborda a los regalos en sí que los Reyes Magos depositan al niño. Por eso el establo se funda en la parquedad, en acentuar la insignificancia.

 

Que este 6 de enero, como el de cada curso, se constituya en una invitación a la entereza del alma, a las costumbres espartanas, al enaltecimiento de la persona sobre la sociedad de consumo, a la palabra del evangelio que arrostra al despiadado e insaciable sistema capitalista… El niño es, por tanto, un niño eterno. Una aparente fragilidad que es santa, que se mantiene incluso intacta mientras descuella el mal, la indiferencia, el egoísmo, la instrumentalización de los demás… El niño y su pureza ungida desde la humildad del pobre abre las puertas a Dios, a la grandeza de la vida que nos ofrece.

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