
Al morir Su Santidad el Papa Pío XII, después de un Pontificado largo y convulso (1939-1958), los Cardenales de la Iglesia Católica se reunieron en Cónclave, en la Capilla Sixtina, como había pasado otras tantas veces, para elegir un nuevo Obispo de Roma y Pontífice Máximo. Aunque el ala conservadora se presumía mayoritaria, la realidad constatable fue bien distinta. Entre sus Eminencias votantes la suma de italianos daban una mayoría absoluta. De ahí que a nadie podría sorprender que se volviese a cumplir el dicho de: El Espíritu Santo es italiano. Y como había sucedido en otras tantas ocasiones, la Cátedra de Pedro sería ocupada por un Purpurado de aquel país mediterráneo. Un 28 de octubre de 1958, la fumata bianca (Humo blanco) anunciaba Urbe et Orbe (A la ciudad y al Mundo): Habemus Papam. Y éste no era otro que el Patriarca de Venecia, Su Eminencia Reverendísima Angelo Giuseppe Roncalli, que gobernaría la Iglesia con el nombre de Juan XXIII. Entonces pocos, muy pocos, podían augurar que aquel orondo y bonachón hombre de sonrisa casi permanente fuera llamado a hacer un papel tan trascendental en la Historia de la Humanidad.
Más allá de sus gestos amables y solidarios, cercanos y dadivosos, el nuevo Papa era un gran teólogo,
asentando todas sus experiencias vitales en una profunda e íntima Fe en Cristo Jesús. Sus biógrafos han escrito que todas esas actitudes y aptitudes, nacían de la humildad extrema y el amor fraterno al semejante, modos y formas aprendidos de sus progenitores y compartidos con sus hermanos y demás parientes. Su origen aldeano le hacía ver las cosas pequeñas con la grandeza del alma, analizando la realidad inmediata con la praxis como norma. Su gran experiencia sacerdotal lo había convertido en Misionero entre los suyos, no siéndole extraño ni la felicidad ni la desdicha de aquellos con los que convivía cotidianamente. Ni las toscas piedras ni las más mullidas alfombras, habían logrado trocar un ápice su alma angelical. Y si alguna vez tuvo que emplear sus dotes de mando, jamás se permitió hacerlo sin sobradas dosis de caridad. Por todo ello pensó que el Cuerpo Místico de Cristo, La Iglesia, debería despojarse de todos aquellos añadidos, que el tiempo le había impuesto como pesado lastre. De tal forma y manera que volviese a la sencillez evangélica, a partir de comportamientos más llanos y cercanos. Así, anuncia la convocatoria de un gran Concilio, llamado a la renovación integral de cuantas leyes y normas humanas encorsetaban a la Verdadera Fe en Cristo Resucitado.
El Concilio Vaticano II se inició el 11 de octubre de 1962 y, tras tres años de ímprobo trabajo, concluyó el 8 de diciembre de 1965, día de La Inmaculada Concepción de María. A partir de entonces, sus efectos se harán sentir en el seno de La Iglesia de manera rotunda. Para los tradicionalistas, el Concilio había llegado demasiado lejos y para los aperturistas, se quedaba corto; por lo que, parece ser, todas las leyes y normas salidas de él, fueron equidistantes de esas dos corrientes ideológicas, marcando, según los estudiosos del tema, una línea intermedia, afianzada en el Evangelio y suprimiendo todo adorno mundano.
Las principales parroquias teldenses: La Matriz de San Juan Bautista y su hijuela de San Gregorio Taumaturgo, estaban dirigidas entonces por dos ilustres sacerdotes. La hoy Basílica Menor, tuvo como párroco, (Desde 1959 a 1968) a don Juan Artiles Sánchez y la de Los Llanos a don José Díaz Alemán (Desde 1961 a 1973). Otras parroquias teldenses contaban igualmente con sacerdotes de grandes carismas. Tal es el caso de don Hermenegildo Caballero Sánchez de Nuestra Señora de Las Nieves en Lomo Magullo; don Andrés Viera Martín de Nuestra Señora de Fátima, en El Calero o don Santiago Pérez Mesa del Santo Cura de Ars y Nuestra Señora del Carmen… menos las dos primeras a las que podemos denominar históricas, pues una fue de finales del siglo XV y la otra de mitad del XIX el resto fueron elevadas a tal rango a partir de 1942.
Llegados a este punto, comentaremos los principales cambios, que se produjeron como consecuencia del Concilio Vaticano II. Entre ellos el abandono paulatino de la sotana, que algunos sacerdotes trocaron por el clériman gris o negro, según gustos, otros optaron por vestir llanamente a lo seglar. Abandonaron también la tonsura, símbolo externo de su condición que se reducía a afeitarse la coronilla y dejar un hueco sin cabello de forma redondeada. La verdad fue que todo ello causó extrañeza en algunos feligreses y pavor entre otros. A los sacerdotes, el nuevo Obispo, Monseñor don Antonio Infante Florido, les permitió fumar en público, ser tuteados y por tanto descabalgados don inherente al cargo.
Las monjas y demás religiosas redujeron la altura de sus hábitos y sus tocados dejaban ver el total de sus mejillas, así como los pabellones auditivos y algo de su pelo. Un paso más allá, las llevaría a abandonar definitivamente el hábito de su instituto u orden, dejando entrever su condición de consagradas sólo por el uso de un Crucifijo pendiente de una larga cadena, ambos casi siempre de plata o metal.
Todos esos cambios fueron motivos de comentarios , en tertulias sociales y familiares. Todos querían opinar, algunos para mostrar su aprobación y otros maledicentes para criticar lo que creían era un atentado contra la Santa Tradición. Expresiones tales como: ¡Dónde vamos a parar!, ¡Se comienza por ésto y se terminará en lo otro! Sin aclarar qué era lo otro. Y así sucesivamente.
Los templos también fueron espacios del cambio, experimentado por la Iglesia en su conjunto. En Telde, los más radicales se llevaron a cabo en la Iglesia de San Gregorio Taumaturgo de Los Llanos, tal vez por la juventud de los sacerdotes allí destinados y los aires progresistas que siempre soplaron por este barrio. En la Parroquial de Los Llanos se suprimieron imágenes de Santos y fueron, irremediablemente, al desván San Antonio María Claret, San Antonio de Padua, San Expedito, San Francisco de Asís, San Simón Cirineo, Santa Lucía, Santa María Magdalena, San Blas, Santa Rosa de Lima, Santa Lucía y Santa Teresita del Niño Jesús; cuatro Cristos de diferentes tamaños, Jesús Nazareno y dos Niños Jesús, entre otras. Donadas a otras iglesias de Telde: Una Santa María Margarita de Alacoque y una Virgen de la Caridad (Lomo Magullo) una Virgen de Fátima y un Cristo (Tenesoya). Y una Santa Lucía de vestir (Cazadores). Así mismo se depositó temporalmente en el Museo Diocesano de Arte Sacro de Las Palmas de Gran Canaria, las siguientes Imágenes: Una Santa Rita de vestir de principios del siglo XIX. Un San Miguel Arcángel de madera policromada del siglo XVI. Un San Juan Niño del siglo XIX. Un San Blas de vestir pequeño y un San Antonio de Padua de alabastro sobre policromado. Estas últimas Imágenes jamás han sido devueltas. Desaparecieron como por arte de magia los dos Ángeles Custodios porta luces, repuestos con posterioridad junto al Sagrario. Y también pasó a mejor vida el monaguillo portador del limosnero u hucha para los donativos misioneros. Se suprimieron de un plumazo los candelabros de plata alemana que en número de cuatro o seis adornaban los diferentes retablos, así como los marcos de idénticos metales que custodiaban en su interior textos de las Sagradas Escrituras. A mitad de los sesenta, no podemos concretar fecha, sin previo aviso la feligresía vio cómo era trasladada la gran lámpara central de alpaca, que salió de ésta para la Parroquial del Santo Cura de Ars y Nuestra Señora del Carmen, en Las Clavellinas (Costa de Telde), hoy devuelta a su lugar de origen.
También se perdieron por entonces Libros Sagrados impresos en latín (Misales, cantorales, vidas de Santos, etc.).
Los distintos retablos que recientemente habían sido sobrepintados a imitación de jaspes y mármoles, además de dorados con finos panes de oro, vieron recortados sus taulas o mesas misales, ya que jamás se volvió a decir misa sobre ellas. En el caso específico del Altar Mayor, bellísimo ejemplo de carpintería del siglo XIX, su transformación fue más evidente, ya que don José Arencibia Gil el artista autor de todos esos cambios, le aumentó por sus lados, derecho e izquierdo, unas grandes volutas-pantallas que si bien lo ensanchaban, le restaba pureza al neoclásico inicial, convirtiéndolo en una especie de híbrido entre el clasicismo original y el barroco impuesto.
En otro orden de cosas, se suprimió el reclinatorio o comulgatorio, ya que por primera vez estaba autorizado recibir el Santísimo Sacramento de pie. Este elemento realizado como elegante balaustrada de caoba, no solamente se quitó de la vista, sino que se troceó, de manera que han ido apareciendo trozos del mismo en otras iglesias teldenses. La sustracción de éste supuso una merma sin paliativos a la belleza general de nuestra Iglesia, toda vez que se le privaba de su diseño noble cuando más. Asimismo, se derribó, destruyéndolo en su totalidad el púlpito, también de madera sobrepintada, utilizando los mismos colores que los empleados en el Altar Mayor. Tenía nuestro estrado principal forma de cáliz hexagonal de rotunda base y sobresaliente copa, poseyendo en la parte superior un tornavoz o alero que permitía una mayor acústica ante las palabras del predicador. Hasta él se accedía por una ligera escalera de semi-caracol. Miren por donde, los propios sacerdotes, en su ánimo de adaptar el templo a las nuevas normas conciliares, destruyeron para siempre una verdadera reliquia histórica, pues desde allí dijo un apasionado sermón, nada más y nada menos, que San Antonio María Claret, que saliendo de Telde (San Juan) pasó por Los Llanos (San Gregorio) camino de El Ingenio y Agüimes en su Misión Evangelizadora de mayo de 1848.
En la Basilical de San Juan Bautista, las transformaciones fueron menos evidentes, el buen gusto y la ponderación de las acciones llevadas a cabo por don Juan Artiles Sánchez, hicieron mella en la estética interior de nuestra Iglesia Matriz, pero en algún caso la ennobleció sobremanera. Es cierto que se perdió el bellísimo púlpito realizado en nobles maderas al que se llegaba por escalera de semi-caracol. Aquél, se encontraba troceado en la antigua Casa Parroquial, en la parte trasera del piso bajo de la misma, hoy dedicado casi por entero a albergar el Archivo Parroquial. También sufrió destino incierto el más que notable y altamente bello comulgatorio. En cambio, se alzó una tarima o meseta de cantería gris de Arucas que va de las antiguas escalinatas que ascendían al Altar Mayor hasta los pies mismos del Arco Toral, ampliación ésta que fue debida a las exigencias de la Nueva Liturgia que exigía una nueva Mesa de Altar, en donde se pudiese celebrar la Eucaristía de cara a la feligresía, ésta realizada en cantería verde de Ayacata, con trazas goticistas, fue diseñada por un joven Luis Arencibia Betancor, por entonces seminarista, aunque falsamente siempre se ha tenido por obra de su padre José Arencibia Gil.
En todas las Iglesias Parroquiales teldenses se realizaron cambios en sus Altares Mayores, a veces separando la taula o mesa para adelantarla hacia la feligresía y otras veces haciéndolas ex profeso para las nuevas celebraciones eucarísticas. En estos mismos momentos, aparecieron las llamadas Capillas del Santísimo y las también Capillas Penitenciales. Las primeras guardaban en su interior el Sagrario Principal depositario de la Sagrada Forma (Reserva Eucarística) y en el segundo, dicho recinto fue acondicionado para los nuevos Confesionarios.
En el caso particular de la Iglesia neoclásica de San Gregorio Taumaturgo en Los Llanos de Telde, el hermosísimo Sagrario de pan de oro, ocupó una sala contigua en la cabecera del Templo, que nunca contó con la suficiente buena estética que mereciera sus funciones, por lo que fue suprimida, a los pocos años. El Sagrario era parte integrante del Altar Mayor, aunque pieza separada y sobre él un templete clásico con puertas semicirculares abatibles, hacían de gran manifestador, cuando la Sagrada Hostia se mostraba en la Custodia, ésta ultima bellísima joya de platería perteneciente al extinto Convento de San Francisco o de Santa María La Antigua de nuestra ciudad.
Hasta aquí hemos contado, los cambios más evidentes en las dos parroquiales históricas. En el caso específico de San Gregorio Taumaturgo de Los Llanos faltarían otros, tales como: La creación del popular Cine Parroquial, popularmente conocido por el Cine del Cura; la transformación de las cofradías y demás asociaciones devocionales. La evolución a formas más contemporáneas de La Acción Católica; la profundización sindical de la J.O.C. (Juventud Obrera Cristiana). Y el acogimiento, en el patio trasero del Templo Parroquial del movimiento de los Boys Scouts. Asimismo, la supresión de algunas procesiones de grandes valores religiosos, artísticos y etnográficos como fueron: La siempre popular de Nuestra Señora del Buen Suceso, el domingo siguiente a Pascua de Resurrección y, la archiconocida del Encuentro, en Semana Santa.
En San Juan Bautista se creó el Centro de Retiros Espirituales Casa de Betania, concretamente en la casa y finca del Bailadero, hoy pertenecientes ambas al Instituto Femenino Salesiano.
Esperemos que en el futuro, las siguientes reformas se hagan siempre consensuadas y no tengamos que lamentarnos jamás de otras tantas pérdidas en nuestro acervo religioso y cultural. Por lo demás, bienvenido fue y es el Vaticano II, tan justo cono necesario. Nuestro profundo agradecimiento como católico a los dos Sumos Pontífices que le dieron vida: San Juan XXIII y San Pablo VI.
























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