
(Dedicado a todos/as los/as que de esta playa han sido).
El título del presente artículo pertenece a los primeros versos de una cancioncilla algo cursi, que en nuestra juventud cantábamos a viva voz y acompañados de guitarras, en el común lugar de reunión: La Barranquera.
Hoy, la he traído a mi memoria, porque en esos deslices propios de abuelos, se la he intentado cantar con voz ronca y cansina a mi nieto Luis. La letra decía algo así como: Salinetas linda playa donde veraneo yo,/ allí está La Barranquera, junto a la casa de Tita y Pepito Mayor./ Salinetas linda playa donde veraneo yo./ Entre piedras, riscos y arenas me baño./ Salinetas linda playa donde veraneo yo,/ Allí están la Charca y la Peña del Gato, Las Bajas Grande, Mediana y Menor./ En el Bufadero, en el Muelle Grande, en el Chico y en el Hoyo me margullo yo./ Las Aguas Marchanas corren a la Mar por las piedras vivas del Chingadero./ Salinetas linda playa donde antes mis bisabuelos, abuelos y padres veranearon, como ahora lo hago yo.
En la playa de Las Salinetas, costa de Telde; a finales de los años cincuenta del siglo XX, sobre el morro pétreo
con cimentación basáltica y superficie calcárea, existían varias edificaciones de la anterior centuria (s. XIX), sólo ocupadas en los meses estivales. Allí, pasaban la temporada: El sacerdote teldense, don José María Ceferino Quintana Hernández y sus primas doña Elena, doña Cristo… Algún que otro mes se venían sus hermanos Juan, Florencio, Salvador, Cristóbal y Francisco; todos ellos hijos de don Florencio Quintana Artiles y doña María del Pino Hernández Herrera. También la familia de don Fernando Castro Ojeda y doña Juana Jiménez Sánchez; la hermana de ésta, doña Reyes. Don Antonio Espino. Y doña Dolores Jardín Doménech, viuda de don Francisco Blanco Cabrera. Todas estas viviendas unifamiliares tenían amplias terrazas, la mayoría en forma de porche o con alero porticado. La de los Castro Jiménez era a cielo abierto y la de las Blanco Jardín (Doña Lola y doña Pino) poseía la peculiaridad de tener una verja de hierro forjado, que bordeaba la amplia terraza ocupante de toda la fachada de su bella casa modernista.
Ya sobre riscos, callaos y arena, edificaron sus casas don Francisco (Pancho) Ramírez Ramírez y doña Agustina López Bethencourt; viviendo con sus hijos Francisco, Felipe, Severa, Agustina, Clara, Fernando, Carmen y Antonio, éste último murió siendo sólo un niño. Un poco más al Sur, se encontraba la casa de don Miguel Suárez y doña María Gil Monzón. Junto a éstos levantaron su vivienda otros Jiménez, esta vez de Los Llanos. En línea recta siguiendo a las anteriores construcciones, encontrábamos la de Don Maximino Alonso Jiménez, que a principio de los sesenta del siglo XX, fue reedificada por don Juan Mayor Falcón (El Chico) y doña Reyes Alonso del Toro. Colindante a ellos se encontraba el hogar familiar, sólo de veraneo, de don José Monzón Santana y doña Amelia Vega. Así mismo, allí se hallaba la de don José Suárez (Joseíto), padre de nuestro recordado don Juan (Juanito) Suárez Milán. Y la de la familia Báez Mayor, a la que se unía más adelante la casa de don Francisco Alemán y doña Pino Vega, padres entre otros, del sacerdote don Francisco Alemán Vega que siguió veraneando, en su antigua casa con terraza arbolada, por muchos años.
En la Montaña de las Pulgas, los herederos de don Juan Mayor Alonso, (Papá-abuelo, como le llamaban en familia) y doña Leonisa Falcón Croissier, poseían una longa propiedad inmobiliaria de vistosa terraza. Completándose las edificaciones salineteras con las viviendas existentes en la llamada Montaña de Arena: Una perteneciente a don Juan Monzón Santana y su esposa doña Lila Mayor. Separada de ésta, pero no muy lejos, sólo a una veintena de metros, lucía en todo su esplendor otra, con bellos acabados Art Nouveau. De amplio corredor-galería acristalada y escalera imperial abalconada, sobre terraza-patio de más que amplias dimensiones.
Ésta fue acabada en 1931 por don Francisco Mayor Alonso para regalársela a su mujer doña Isabel Martín. Varios veranos fue habitada vacacionalmente por don Luis Castro Ojeda, por entonces Alcalde de Telde, y a su esposa doña Pino Álvarez Peña. También vivieron en ella el estío, doña Pilar de Azofra y Hechevarría, viuda del comerciante teldense don Francisco Pérez Cabral, y su hija doña Lucrecia Pérez de Azofra. Con el tiempo, ésta propiedad pasó a manos del hijo de sus dueños, don Manuel Mayor Martín y más tarde a sus herederos. Un poco más al Sur y junto a ésta última se erigieron dos nuevas construcciones, una racionalista, cuyo propietario era don Juan Mayor Martín (El Grande), alcalde de Telde durante la II República. Y la otra, con aspecto de chalet inglés, hogar de don Manuel Álvarez Cabrera, quien fuera también Alcalde de Telde, y de su esposa doña Felisa Monzón Vega. Hasta aquí hemos reseñado las que podríamos calificar como Edificios Históricos, pero tan pronto comienza la década de los sesenta surge una imparable fiebre constructiva, que como si de un puzle se tratara, van colmando todos los espacios libres, que hasta ese momento marcaban la primera línea de playa.
Ahora que el Gobierno Central, nos dicta nuevas delimitaciones para las costas canarias, invadiendo groseramente nuestro Estatuto de Autonomía y las competencias que de él emana, debemos, más que nunca, valorar la Historia, pues estamos hablando de edificaciones construidas entre 1875-1955. Para más inri es obligado aclarar que todos esos solares fueron adquiridos a la familia Martínez de Escobar, antiguos propietarios de las fincas de Las Salinetas, Las Clavellinas y Melenara. Fue doña Adela Martínez de Escobar, quien vendiera, el domingo 25 de diciembre de 1913 a favor de don Juan Francisco Gómez Apolinario, tasándose la propiedad agrícola-ganadera en un total de 80.000 pesetas. En el documento de compraventa se señalan los límites y, claramente se especifica que las tierras que forman el montante de la transacción son las que van desde el Jable del mar hasta Las Huesas. La frontera norte la marcaba el Barranquillo o Barranco del Mondongo, también llamado Del Negro, que la separaba de la Finca de los Del Río. Y por la parte sur, llegaban hasta la base misma de la Montaña o Montañeta de Las Salinetas, por algunos llamada Montaña de Silva, en donde después de ser allanada, se erigió el complejo industrial de C.I.N.S.A.
Los datos referentes a la gran propiedad reseñada fueron obtenidos en el Fondo Bibliográfico y Documental Manuel Campos. Y desde estas líneas quiero agradecer la disponibilidad de ellos gracias a la altruista entrega de don Manuel Campos Gómez.
En 1951 el nuevo propietario pide al Ministerio correspondiente, que marque una clara y precisa delimitación, entre lo que era Bien Público por su cercanía al mar (Playas, riscos, etc.) y su Bien Privativo formado en su totalidad por campos de labor y pastoreo. Así colocó mojones y levantó muros, dos de éstos últimos muy visibles: El primero formado la vaguada existente en la bajada de Las Clavellinas, al comienzo de la Playa de Melenara por su lado Sur. Éste estaba formada por dos trozos de unos cinco o seis metros de longitud cada uno, hechos de bloque de picón, enfoscados para mayor dureza con cemento y picón y entre ellos, una gruesa cadena. En Las Salinetas, un amplio paramento de más de setenta metros, nacía a los pies mismos del promontorio que sube hacia Las Clavellinas y se prolongaba hasta el lugar conocido popularmente como La Barranquera. Dicho tapial de un metro cincuenta de altura, separaba el antiguo pedregal, hoy sustituido por arena, que conformaban la llamada playa, por tierras roturadas durante décadas para el cultivo del tomate y más tarde aprovechada para algunos juegos infantiles, por lo que recibió el nombre de campo de fútbol. Esta limítrofe edificación se hizo de piedra viva o canto rodado de la misma ensenada y, hoy es el muro exterior del llamado pomposamente Paseo de Las Salinetas. La familia Gómez vendió en diferentes momentos los solares que estaban dentro de su propiedad agrícola, permitiéndole el Ayuntamiento de Telde y Marina que se edificaran casas de dos o más plantas, respetando un paso libre entre el muro tantas veces nombrado y el principio de las terrazas de aquellas nuevas edificaciones, todas ellas realizadas en los tres primeros años de los sesenta del pasado siglo XX.
A diferencia de lo ocurrido en otras playas del municipio, en Las Salinetas todos los dueños de las casas han tenido siempre títulos de propiedad debidamente firmados y rubricados por los distintos notarios, que como tales ejercieron en la ciudad y, como no podía ser de otra manera, elevados a Registro Público, por lo que deduzco que en un Estado de Derecho no debería ser tan fácil jugar con los bienes ajenos. La lucha de clases, que siempre es legítima, no debe nacer de la corrosiva envidia, sino asentarse en los principios de Justicia Social. El tiempo nos dicta prudencia y perseverancia, conscientes como somos que aquí no se vislumbra nada más que la más que necia acción de medir a todo el mundo por el mismo rasero, cuestión ésta más que baladí, ante la sentencia demostrativa de la Historia.
Y ya que hemos aclarado suficientemente el tema, no deseamos pecar gravemente de parcialidad, pues de todos son conocidas las apropiaciones indebidas de algunos barranquillos, cuando no de algún que otro camino vecinal, que sutilmente fueron enajenados por propietarios colindantes, haciendo de sus primigenios trazados diminutos y angostos pasajes, cuando no anulados en su totalidad por nuevas edificaciones hechas muy a principio de la década de los sesenta del pasado siglo XX. Fíjense bien nuestros lectores, que a estos propietarios sí se les puede pedir responsabilidades, pero no a otros muchos, por no decir muchísimos, que nada han tenido que ver en esas apropiaciones indebidas. Parodiando las palabras evangélicas que rezan: Quienes tengan oídos que oigan. Señalaremos: Quien tengan ojos que lean. Y si les cabe alguna duda pregunten a este Cronista, que hasta ahora tiene buena memoria.
























Jorge Benito | Lunes, 08 de Julio de 2024 a las 16:24:48 horas
Otrora playa casi particular. Ahora, con la llegada masiva de edificios se tienen que bañar por turnos
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