
Suele decirse que los que desembarcaron en las playas de Normandía no desfilaron por París. Que viene a ser una manera elegante de aludir cómo en la política y en la estrategia decaen víctimas en el camino para lograr un fin mayor que congratula a la humanidad. 80 años se cumplen desde que las tropas aliadas arribasen al norte de Francia, en un desembarco que pilló al general alemán Erwin Rommel en otros quehaceres y no a pie de obra. Las cosas del destino. Que llegasen los estadounidenses, principalmente, era cuestión de tiempo. La guerra estaba decantada a favor del bando aliado desde la batalla de Stalingrado. No fue Normandía el punto de inflexión sino el remate hasta llegar a Berlín.
Pero ocurre que en Berlín entró la Unión Soviética. Principal fuerza que perdió más vidas y sacrificó más material,
en términos proporcionales o absolutos, para derrocar a Hitler. Esto no es materia de las películas porque casi todas las superproducciones sobre este ámbito se han hecho al otro lado del Atlántico para mayor gloria de la cultura de Estados Unidos.
Sin ir más lejos, muchos tienen asociados el desembarco de Normandía con ‘Salvar al soldado Ryan’ (1998), dirigida por Steven Spielberg. Los primeros treinta minutos del largometraje son una auténtica joya y, dicho sea de paso, un horror sobre qué es en la realidad la beligerancia de la sangre y las mutilaciones. Ahora que en Ucrania se libra un conflicto sin final (Ucrania nunca podrá ganar a Rusia) y alimentamos un trance sin saber para qué, conviene subrayar la estupidez de que las personas se maten entre sí y no triunfe la diplomacia.
Mientras tanto, muchos jalean el retorno del servicio militar obligatorio. Vamos, que los hijos de las familias trabajadoras y menos pudientes vayan a las trincheras a morir por intereses del capitalismo y el imperialismo en sus nuevos formatos. Un clásico que se repite. Cuando creíamos que en el Viejo Continente esto era pasado, resulta que con el 80 aniversario del desembarco de Normandía algunos agitan el militarismo. Uniformes y banderas envalentonados por los canallas para que los inocentes mueran. En vez de progresar, tratan de imponer la involución.
La democracia hay que cuidarla. Hubo que hacerlo ante al nazismo alemán y le fascismo italiano. Hoy los tambores de guerra son otros. Pero se resume en que sobreviene la ola posautoritaria que lamina los valores democráticos y la sociedad del bienestar. Obreros marchando al frente para ser carne de cañón.
























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