A comienzos de los años noventa surgió en España las televisiones de titularidad privada. Hasta entonces la oferta se reducía a las dos públicas. Allá irrumpieron Telecinco (bajo la batuta de Silvio Berlusconi), Canal + (de pago, la gran apuesta del Grupo Prisa que emulaba al modelo implementado en Francia) y Antena 3, de clara línea editorial conservadora y liberal. Fue en esta última donde asomó la figura de José María Carrascal que se convirtió en el azote nocturno contra el ‘felipismo’.
Los noticiarios de Antena 3, con las pintorescas corbatas de Carrascal, fueron el repaso diario de la derecha mediática contra un PSOE en horas bajas. Era el tramo final de Felipe González en La Moncloa. Alfonso Guerra ya no era vicepresidente. De hecho, era la época en la que el PSOE se dividía entre ‘guerristas’ y renovadores; renovadores de la nada, llegó a decir Txiki Benegas. Se acumulaban los casos de corrupción y la sombra de los GAL amenazaba con pujanza. Pero lo más inquietante para el PP y sus operadores mediáticos es que tenían instalado en la cabeza que no había forma de derrocar electoralmente al PSOE. González llevaba más de una década en La Moncloa y, para más inri, en los comicios generales de 1993 el PSOE volvió a ganar contra pronóstico, pues José María Aznar creía que esa era ya su ocasión y que nadie se la arrebataría. Tuvo que seguir esperando.
Hoy el contexto es muy diferente. Los políticos están en crisis de cara a la opinión pública. Los medios de comunicación seriamente cuestionados. Y aquellas corbatas de Carrascal se antojan lejanas con el presente panorama en el que YouTube ha desgarrado a las televisiones (especialmente tras la pandemia y el confinamiento) y la digitalización al calor de los teléfonos móviles le ha dado un enorme revolcón a la prensa. En aquellos noventa, Carrascal era el último parte de la jornada para la derecha sociológica en España y leía los titulares que albergaban los periódicos que se podrían encontrar en el quiosco a la mañana siguiente. Desde luego, todavía no había internet ni WhatsApp. Era otro mundo.
Carrascal en la pequeña pantalla era el reflejo cultural sobrevenido de la herencia de Ronald Reagan y Margaret Thatcher en España. La ola neoconservadora ochentera que justo aquí, fruto de la larga dictadura franquista, a Aznar no le quedó otra que suavizar con su denominado viaje al centro. Por lo demás, Carrascal aportó finura, elegancia y su propio estilo producto de una personalidad definida. Eso sí, su público tuvo que esperar hasta 1996 para alcanzar La Moncloa. Felipe González era imbatible.




































Olga Maria Rivero Santana | Domingo, 05 de Noviembre de 2023 a las 19:38:11 horas
La prensa, llamada "el cuarto poder", en todos sus formatos, sea la pública o las privadas, lo digan o no, tienen su "ideogía" y "barren para los suyos". Dicho ésto, lo ideal sería que, independientemente de sus ideas políticas, entendieran que tienen un importantísimo deber de informar, de denunciar, de ser la voz, principalmente del Pueblo y por lo tanto, sean libres a la hora de realizar su trabajo, aunque tengan que hacerlo sea quién sea el partido y/o político que en un momento determinado hacen las cosas mal. No es así y son, en ocasiones "cómplices" de malas práxis y los "voceros" propagandísticos de sus permanentes campañas preelectorales, durante sus gobiernos, etc. Ya se les ve "el plumero" a más de uno y es una pena, pues la esencia de su trabajo, queda relegara a un segundo o tercera plano.
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