Cuando ir desde la farmacia de la Fonda hasta la parada de la guagua me suponía un recorrido interminable debido al riesgo que comportan la velocidad de los vehículos, la oscuridad y el estado de las aceras, un joven, llegado de no sé dónde, se colocó a espaldas de la noche, para proteger la mía y, sin decir palabra, me acompañó hasta creerme segura.
¡Gracias, Ángel de la noche!




























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