El caso Mediador deja una retahíla de episodios dantescos que, con razón, causan una indignación mayúscula en la ciudadanía. Lo que ocurre ahora, a diferencia por ejemplo de los últimos años del ‘felipismo’, es que el sistema democrático está en riesgo y entonces no lo estaba. La distinción, por tanto, es enorme. Y esta brecha es precisamente la que utiliza el neofascismo para colar su mensaje de que todos son iguales; menos ellos, dicen. La trampa está expuesta en la misma retórica de Vox y en las formaciones de extrema derecha que pululan por el Viejo Continente.
Por eso es particularmente peligroso el caso Mediador, no solo para el PSOE, el PP tiene sus propios casos de corruptelas y financiación irregular, sino para la democracia del 78 en su conjunto. Así las cosas, si las dos siglas que conforman el bipartidismo dinástico se deslizan por un tobogán de corrupción creciente, pues aflora lo que ocurrió en Venezuela con su bipartidismo hasta antes de la llegada de Hugo Chávez al poder.
El ‘tito Berni’ y su pelotón de personajes representa lo peor. Y las noticias que vamos conociendo, y que nos quedan por conocer, causa hartazgo y conmoción. Pero necesitamos la democracia. Una democracia representativa que peligra. No es cosa solo de Estados Unidos con Donald Trump. Hoy cualquiera, y con poco dinero, puede montar un partido o un medio de comunicación. Y eso nos lleva a un infinito en el que todo se confunde y nada permanece.
Un representante público, por bien que lo haga, por bien que se venda, en cuestión de 48 horas puede ser una simple nota a pie de página. Cada mañana amanecemos con titulares que caducan en cuestión de horas. No hay sociedad que resista este ritmo galopante. No hay sistema político que sea capaz de sostenerlo si encima está podrido por bochornos como el caso Mediador.
En mayo habrá elecciones locales y autonómicas. Al parecer, las generales serán en diciembre. Se reordenará el tablero en un sentido u otro. Aunque el caso Mediador ha asomado en un momento inoportuno para Pedro Sánchez. Si los partidos no se fijan en quiénes reclutan, luego salen los sapos que con sus conductas finiquitan a la organización. Por ahora, lo que impera en Canarias y en el conjunto del Estado es la incredulidad de cómo un diputado, su sobrino y un general de Guardia Civil (retirado), más la comparsa del caso, se han infiltrado en las altas instituciones. De momento, nadie dimite. Con el tiempo, será peor. Los dos terminales móviles de Navarro Tacoronte irán echando humo en las próximas semanas. La juez hace su papel. Y los medios de comunicación el suyo. Falta saber si los partidos harán lo propio.





























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