Ayer el casco de Santa Lucía de Tirajana lució sus mejores galas populares para concitar la alegría colectiva. Romería de Los Labradores que, pasada la pandemia, retoma la fiesta. El día acompañó. Soleado. Y allá en la Caldera de Tirajana se congregaron los tirajaneros más otras gentes procedentes de las localidades de Temisas, Cruce de Arinaga, Agüimes y demás rincones de la isla. Una jornada festiva, sana y perfectamente organizada que revive la identidad canaria cada curso y que entronca, en este municipio, con el recuerdo bien presente de un pueblo canario sacrificado que conoció las penurias de la aparcería y la zafra.
Por eso es importante recordar la historia. El asueto de los trabajadores en una jornada de relajo que siempre suponen las fiestas que se tercien. La hora de la dispersión al calor del santoral. Y, por tanto, camino de Santa Lucía de Tirajana cabe preguntarse cómo sería aquella vida en la caldera cuando Vecindario no era lo que es hoy. Ponerse a finales del siglo XIX y principio del XX y cavilar cómo aquella población vivía en un mundo rural al margen de todo. Cuando el concepto globalización e instantaneidad no se conocían ni por asomo. Era entonces cuando el ritmo despacio del tiempo, el calendario que avanza discretamente y la socialización limitada a los familiares y paisanos del enclave, lo regía todo; desde la mañana hasta la noche, desde la vida hasta la muerte.
La romería de Los Labradores es una expresión popular canaria que merece ser conocida por los grancanarios y desde las demás islas. Acercarse, al menos, una vez. Y, de paso, transitar el entorno de la plaza, la iglesia y las calles empedradas adyacentes que recuerdan a ese pretérito remoto en el que aún laten las esencias de la canariedad. Eso es el casco. El guardián de lo fundamental frente a la modernidad de Vecindario, que hace décadas se despojó de las servidumbres cuasifeudales de los tomateros y agrupa a la población que trabaja en la hostelería en el sur.
Santa Lucía de Tirajana, como otros municipios canarios, es de los que históricamente ha perpetrado su vida en las medianías y solo de un tiempo a esta parte se ha volcado en la costa. El desarrollismo económico y el turismo cambiaron muchas cosas. Este domingo las guaguas desde Vecindario iban repletas por la GC-65, amenizadas por las parrandas con sus guitarras y timples. Una explosión de alegría a la vez que saboreas unos paisajes increíbles que muestran una vertiente distinta de la isla. Frente a lo frenético de lo urbano, de la falsa creencia de que todo es la ciudad y que esta acaba (figuradamente) en el aeropuerto, resurge la Gran Canaria real o, al menos, más apegada a lo que hemos sido y somos como pueblo, como memoria isleña. La romería de Los Labradores edifica eso: la conciencia de los que no tenían de todo al calor del festejo. Si todavía no la conocen, no se la pierdan. Toca rendirle visita. Y disfrutarla.


























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