Las encuestas, más o menos, atribuyen alrededor de 100 escaños a Pedro Sánchez si hubiese hoy elecciones. Cuando en marzo del 2000 Joaquín Almunia obtuvo tan solo 125 actas presentó la dimisión la misma noche del recuento en Ferraz.
Algunos dirán que eran otros tiempos, y lo eran, el bipartidismo dinástico imperaba, pero también dentro del magma de fragmentación parlamentaria se arroja luces y sombras. El mismo Sánchez logró en diciembre de 2015 y junio de 2016 menos diputados que esos 100 (insisto, más o menos) que los sondeos le dan en el presente y optó por aguantar. Su manual de resistencia. Y le valió: hoy es presidente del Gobierno, aunque acostumbra a olvidarse que fue gracias a una moción de censura en la que el PSOE requirió del concurso inexcusable de los nacionalismos periféricos y las izquierdas territoriales.
El PSOE de Joaquín Leguina ya no existe. Ni tiene motivo para existir. El discurso mesetario, otrora pretendidamente jacobino, se diluye como un azucarillo frente al dilema de la plurinacionalidad y el debate territorial que tiene a España en una encrucijada e inmersa en una crisis constitucional. El malestar de los Leguina y otros que destacaron durante el socialismo ochentero tropiezan con una realidad que ha cambiado a marchas forzadas. Estos, igualmente, tampoco podían ver a José Luis Rodríguez Zapatero cuando gobernó (2004-2011). No tienen salida dentro del PSOE porque la pluralidad territorial manda.
Conviene recordar que la última mayoría absoluta que tuvo el PSOE fue en 1989 con Felipe González. Hace tiempo ya. José Luis Rodríguez Zapatero no llegó a tanto. Unos números que no retornarán. Ahora bien, ¿cómo se remonta a partir de 2023 con los consabidos 100 representantes si sabes que para acceder otra vez a La Moncloa tendrás que ir de la mano de partidos republicanos o que aspiran a la independencia? El PSOE borbónico después de 2023, sondeos en ristre, tendrá difícil la pervivencia material como organización. Salvo que se despoje, de una vez, de su condición de partido dinástico y sistémico, por costoso que pueda resultarle en primera instancia.
Cuando Zapatero fomenta que Unidas Podemos y Yolanda Díaz se entiendan no lo hace solo para asegurarse que el PSOE pudiese repetir en el poder, que también, sino (consciente o inconscientemente) asume el vértigo que se aproxima con el multipartidismo. A IU en época de Julio Anguita ni se molestaron en llamar para acordar alianzas, por mínimas que fueran. Felipe González postergaba a Anguita. Y en 1993 pactó con la burguesía catalana y no con la izquierda a la izquierda del PSOE. El sistema de partidos del 78 está agotado. No sabemos qué vendrá. La contrarrevolución con la presencia de Vox en el Congreso de los Diputados indica la oscuridad y regresión democrática como amenaza real. Para esto no tiene pócimas mágicas ni el propio Felipe González porque precisamente este, otrora gran líder, prócer reverenciado, fue cuajado con los esquemas del 78. Y atrincherarse en unos parámetros que se esfuman no sirven de nada, solo conduce a la irrelevancia, a la frustración. El riesgo es el que es.



























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