Otros lo llaman distancia. Pero la perspectiva, el alejamiento progresivo hacia una persona u objeto, te permite valorar mucho mejor el contorno, los matices y, si se tercia, la profundidad del alma. Esta no es una columna política. O podría también serlo pues a los partidos también le ocurre con respecto a sus militantes, simpatizantes y votantes.
Acabo de decir que no es una columna política y precisamente ahora que sigo escribiendo, decido lo contrario. Les explico. Antes el ciudadano veía al político de turno en los periódicos de papel en la fotografía en la que salía bien o mal parado (en función de la línea editorial) a la hora del desayuno o del cortado a media mañana en los bares y cafeterías. El soporte papel ya no está presente en estos templos de la socialización. Pero era (antaño) el canon, al menos hasta antes de la pandemia. Eso se completaba luego con los segundos en los que el candidato o dirigente salía en el telediario. Y listo. Hasta el día siguiente. Esa era la conexión entre la ciudadanía y el político, esa la perspectiva. Una perspectiva analógica.
La inmediatez, la digitalización y las redes sociales lo han cambiado por completo. Puedes ver al político durante todo el día en diversos sitios y formatos. Y como este imaginario es presa fácil de las emociones, el sujeto ve a su político con cariño o aversión en función de cómo le ha ido la jornada. Es una montaña rusa permanentemente emocional. No hay perspectiva. Cada minuto envían, los unos y los otros, a los grupos, fotografías y vídeos sobre el político que cambia su consideración a juicio del respetable. Te levantas, almuerzas y cenas con acceso sobre la marcha de tal partido o responsable público. Saturación.
Llama la atención, por muy esperable que fuera, que afloran declaraciones sobre la necesidad de autocrítica en el seno de la izquierda. Las direcciones de los partidos se reúnen y saltan las afirmaciones grandilocuentes sobre que hay que reaccionar, formuladas estas con mejor o peor fortuna. Y es que hay quienes siguen sin asumir sus responsabilidades y sueltan lo que sea por aquello de continuar en el cargo. Nadie se baja de la noria. El hartazgo ciudadano es mayúsculo. Y luego le echan la culpa al electorado por no ir a votar o por no votar lo que el aparato previó que tenían que hacer. Como si los votantes fuesen propiedad de unas siglas y no personas libres. El electorado nunca tiene la culpa. Lo que acontece es que los años pasan, llevamos décadas de democracia, y la película es la misma. Una película que apenas se renueva. Y si no hay ilusión, no votas. O votas lo que te plazca.
Sobrevienen meses intensos, muy intensos, políticamente. Las derechas arremeterán contra Pedro Sánchez con una furia superior a la de José María Aznar contra Felipe González. ¿Y las izquierdas? No sabemos si sabrán hacer piña o seguirán los desplantes. Y sin unidad no se logra nada. La República perdió la Guerra Civil por falta de unión, entre otros factores. La división trabaja a favor de los poderosos. Y si ganan estos, después habrá recortes y privatizaciones de los servicios públicos. Y la izquierda está sin medios de comunicación realmente afines editorialmente, salvo excepciones. En una sociedad fugaz, esencialmente instantánea, la lógica y ritual de pegar carteles te condena a la irrelevancia.


























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