Emiliano García-Page se ha despachado estos días con unas declaraciones, medio en broma, medio en serio, sobre su candidatura que dependería, en última instancia, de Pedro Sánchez pues él se considera un “monaguillo”.
García-Page, fiel socialista mesetario, ha mostrado su desacuerdo más de una vez sobre los pactos parlamentarios del PSOE con ERC, EH Bildu y los nacionalismos periféricos. Su discurso es distinto al del PSOE periférico, al menos en los matices, intentando así no verse castigado por un electorado supuestamente más conservador perteneciente a la España interior. No obstante, en política cuando te tornas en una fotocopia acabas en muchas ocasiones siendo devorado por el original. Así pues, las probabilidades de que en mayo de 2023 la suma de PP y Vox sea superior a la de García-Page en Castilla-La Mancha son elevadas.
No obstante, el presidente manchego apuntó a cómo han evolucionado los modelos de partidos. Y una cosa es verdad: el PSOE de cuadros que nació en el Congreso de Suresnes (1974) fue postergado con ocasión del proceso de primarias entre Pedro Sánchez y Susana Díaz. Las primarias en sí tienen cosas buenas pero también riesgos. Y cuando una estructura política, que encima tiene cultura de poder y que está volcada en las instituciones cuando gobierna, se convierte (dicho telegráficamente) en un todopoderoso secretario general y una legión de militantes, el otrora valor del cuadro desaparece. Ha ocurrido en el PSOE y en numerosas formaciones políticas. El partido se descapitaliza, pierde musculatura social. Y, poco a poco, los problemas a enmendar en la calle son cada vez más complejos y, por el contrario, la capacidad de reacción de los aparatos disminuye considerablemente.
Felipe González tuvo poder. José Luis Rodríguez Zapatero no tanto, pero también lo atesoró. Me refiero en Ferraz. Pero Sánchez acumula mucho más que ambos. Otrora había cuadros, había debate ideológico, que ahora ha ido desapareciendo progresivamente. Concurrían contrapoderes internos a un presidente del Gobierno, como González, que dispuso de mayoría absoluta varias legislaturas. Por tanto, democratizar está genial pero comporta otros peligros.
Una parte del PSOE en Canarias comienza a detectar esta problemática que ha ido gestándose en lo últimos años, en una década más o menos. Olfatean, palpan, que se le ha ido de las manos el control de muchos aspectos y que, en cierta medida, unas siglas pueden transformarse en un caballo desbocado que acabe por sufrir tropiezos morrocotudos en las urnas. De hecho, el 19J en Andalucía arrojará si el PSOE (en un feudo suyo de siempre) aún conserva latido social o, empero, no ha sabido renovar un modelo histórico que fue de éxito pero que ya estaría agotado. Así está el panorama. Por otro lado, el debate territorial le genera enormes tensiones al PSOE. Dentro de un año mal contado se constatará qué PSOE tiene mayores expectativas con el tiempo: el mesetario o el que reconoce la plurinacionalidad. En función de cómo gestione esto el PSOE, más la cuestión monárquica, definirá su futuro como partido. A fin de cuentas, la crisis del 78 es la crisis del PSOE, y la del PSOE es la del 78. Son las dos caras de la misma moneda. Se retroalimentan. Y el PSOE está obligado, tanto en el conjunto del Estado como en Canarias, a despejar este dilema que le concierne de plano.




























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