El clima acompañaba, ni frío ni calor, la tarde del viernes en la plaza de San Juan Bautista. Ángel Víctor Torres se encontró con su gente y, al calor del pistoletazo de salida de las fiestas aruquenses, las sanjuaneras, el pregonero de honor ofreció un testimonio de lo más personal. En realidad, ahí residía el interés de la cita: el Torres más humano previo a su trayectoria política. La plaza repleta y la majestuosa fachada de la iglesia como fiel testigo.
El presidente del Gobierno forma parte de esa generación cuya juventud ochentera fue la de los accesos a los estudios universitarios gracias a la política de becas y promoción de la educación pública de los primeros gobiernos de Felipe González. Fue tal la impronta sociopolítica, en términos emotivos, que dejó el ‘felipismo’ en aquella España que se modernizaba que constituye hoy por hoy el suelo electoral del PSOE y que Unidas Podemos no pudo arrebatarle en las elecciones generales de 2015 y 2016, aunque estuvo a poco de lograr el ‘sorpasso’, emulando la retórica del respetable PCI de Enrico Berlinguer. El aruquense es, por ende, hijo político de aquel tiempo. Lo que luego motivó un periplo de militancia que comenzó en lo local, justo en un municipio que rezuma memoria histórica, recuerdo republicano y es (a diferencia de Telde y Santa Brígida) feudo electoral del PSOE.
El pregonero supo transmitir lo que era otrora el barrio de La Goleta. Un núcleo de gente trabajadora que salió adelante al compás de la prosperidad económica que apuntaló el proceso democratizador y el primer municipalismo. Y en La Goleta, como en La Laguna en su etapa universitaria, la propia de los canarios de la época, se forjó. A buen seguro, cuando sacó las oposiciones a primeros de la década de los años noventa (la España de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla, la de 1992) no pudo imaginarse que llegaría a alcanzar la responsabilidad pública máxima de Canarias. Tampoco hasta hace apenas unos años. En política, más ahora, es difícil dirigir el timón sin tener presente los vaivenes caprichosos que se le antoja a la Historia.
Conocedor de las letras e impulsor de un grupo de teatro escolar en el IES Domingo Rivero, no es el típico ‘apparátchik’ de partido. Por lo que, el día que toque, que por él (naturalmente) será lo más tarde posible, no tendrá inconveniente en regresar a su esfera profesional. Y se dedicará a la faceta de Torres que emergió el viernes en la plaza de San Juan Bautista: el familiar, el amante de los suyos. A estas alturas, con las ambiciones colmadas, la vida se ve diferente aunque el ajetreo diario de la moqueta y el coche oficial pueda confundir al afectado de turno como a la opinión pública que observa. Arucas es un lugar apacible, sereno, pasear por el casco es un ejercicio intimista, propicio hasta los mismos domingos por la tarde, y eso deja surco. Dio su pregón a los aruquenses. Están encantados de tener un presidente del Gobierno entre los vecinos y eso le acompañará el resto de la vida a Torres. Pocos llegan. Si, encima, le sumamos que ha sido alcalde, vicepresidente del Cabildo de Gran Canaria y diputado en Cortes, está listo para continuar con sus responsabilidades en democracia. Se desprende que está viviendo una de las etapas vitales más felices. Y es lo que quiso, en última instancia, contagiar al auditorio que fue a escucharle.

























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