Poco a poco se va recuperando la vida social. Sin embargo, la pandemia ha dejado múltiples secuelas; entre ellas, una especie de desgana e indiferencia hacia la cosa pública. Ya existía esa desazón hacia la política hace tiempo pero el coronavirus lo aceleró. Es inimaginable sostener que tras meses de confinamiento domiciliario, especialmente duro en función de las circunstancias materiales de cada casa, al volver a salir a la calle volvamos como fuimos antes. Y es que no hace falta acudir al tema de las enfermedades mentales y retahílas de depresiones que florecieron entonces, que es grave y que requieren de más inversión pública, sino que las pandemias a su modo (como igual las guerras) lo trastocan todo. Todas las tardes éramos convocados a aplaudir desde las ventanas y balcones, todavía estábamos bajo el asombro, y ahora tratamos de recuperar una normalidad perdida o una nueva porque la anterior es irrecuperable. Entonces, ¿qué votantes son los convocados a las urnas?
El hartazgo que concurre hacia la política es enorme. Ya nadie cree nada. O, mejor dicho, no cree en las estructuras de poder. Ven a los partidos como empresas que empezarán desde este momento a vender sus productos (como podrían vender perfectamente otros) y nadie, o casi nadie, traga ya con nada. ¿Es justo? A buen seguro, no. La multitud de concejales que se parten la cara cotidianamente volcando sus esfuerzos en mejorar la vida de sus vecinos es real. Unos lo hacen desde la izquierda, otros desde la derecha y otros tantos desde el nacionalismo. Sin embargo, la ciudadanía apenas distingue. A falta de ideología, ¡vivan las gestorías! Lo que ocurre es que las gestorías no emocionan, no implican a la sociedad. Gestionar por gestionar, por muy bien que lo hagas, no deja de ser impregnar chutes de frialdad. Es como recibir las cartas de hacienda para recaudar tributos, cumples y listo. ¿Pero votar? ¿Votar a quién?
Esto es lo que hay. Y los partidos están tan alarmados que ya, a un año vista, comienzan a preparar actos de todo tipo para cuando llegue el instante de la gran movilización de la campaña, no coja fría a su gente. No ha llegado el verano y las distintas siglas convocan para ir abriendo boca y así políticos y votantes vuelvan a saludarse, a sonreír y a sacarse fotografías. ¿Pero son las mismas sonrisas? ¿Van a estos actos participantes nuevos más allá de los interesados y sus allegados? La democracia está en crisis.
Es verdad que este caldo de cultivo es idóneo para la ultraderecha. Y el auge de Vox en los sondeos es lo que vislumbra precisamente que el PP pueda retornar a La Moncloa. Con todo, si fuera así, estos no serán capaces tampoco de darle un vuelco al estado de ánimo, al pulso de la calle. Con la extrema derecha rubricando en el Boletín Oficial del Estado solo cabe aguardar más indignación que otra cosa. A la política le sucede lo que al periodismo, una crisis de intermediación descomunal que nadie sabe cómo subsanar. Los partidos son reemplazables y los negocios periodísticos tratan de sobrevivir como sea, este es el sentir general. El descrédito es dominante. Y reina el nihilismo, la dejación absoluta fruto del decaimiento del entusiasmo colectivo de antaño. ¿Quién dijo Transición?

























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