Uno de los grandes dilemas de la vida es cómo llegar a la tercera edad manteniendo la dignidad. Esa cualidad que entonces, y solo entonces, permite calibrar, con certeza, la magnitud de cada persona. Ahora bien, el problema es que, si acaso, del consabido dilema muchos no son conscientes hasta llegar el momento procesal oportuno, es decir, cuando cumplen esa loma de años. Pero también es verdad que para verificar dicha meta, previamente implica haber guardado la compostura, tanto en las formas como en el fondo. Sin esto último, sin congruencia vital, es imposible que la dignidad sobrevenga como un meteorito. Nadie cambia con el tiempo, son nuestras acciones las que nos definen.
La venida de Juan Carlos I, con un coste de trayecto en avión privado que arroja el nivel de vida que lleva, deja diversas postales para la memoria colectiva, cada cual más dantesca. Por un lado, asomó ese señor mayor que despierta la compasión del resto. Por el otro, la indignación mayúscula de cómo se pasea sin más, entra y sale sin haber sido sometido a un procedimiento judicial amén de la inviolabilidad de antaño o de la prescripción. Pero a él todo esto le da igual. Y se extraña que, encima, le pregunten sobre si piensa dar explicaciones.
En realidad, hay muchos Juan Carlos I. Sin embargo, no todos lucen su fuste institucional pretérito. Cuántos colegas de oficina se le habrá ido la mano con la caja y luego sonríen al gerente en el pasillo mientras se interesan sobre cómo fueron sus vacaciones. No tienen conciencia moral. Cuántos maridos llegan al hogar por la noche y dan un beso a su querida familia al sentarse a cenar en la mesa cuando han pasado una tarde de puteros en un lupanar de carretera, y además de camino a casa compraron una botella de vino para brindar con los suyos porque es viernes y solo se vive una vez. Fuleros de baja estofa. Cuántos dicen que se marchan una semana o dos de viaje por motivos de trabajo y llaman, pasados unos días, a casa preguntando a su mujer e hijas cómo se encuentran aparentando que están en el lejano extranjero cuando tan solo se ubican a cien kilómetros mal contados en un hotel del sur de Gran Canaria. Y no tienen pudor ni vergüenza.
Juan Carlos I es lo que ha sido y ahora reluce lo mismo pero aliñado con esa frivolidad del que, amparado por la edad, se permite ahorrarse el mínimo decoro y perpetrar lo que le plazca a su mero antojo. Explicaciones no habrá ninguna. Como tampoco acontecerá comisión de investigación en el Congreso de los Diputados porque el PSOE, junto a PP y Vox, lo ha rechazado reiteradamente. Luego vienen los llantos y las grandilocuentes declaraciones de los políticos de turno ante la afrenta de un emérito que abochorna cuando, en el fondo, estos mismos responsables públicos no han cumplido con su deber. Ya todo es igual y, por tanto, el espectáculo (espoleado por la instantaneidad de las redes sociales) está servido. La crisis borbónica no está cerrada porque Juan Carlos I seguirá haciendo y deshaciendo sabedor de que nadie, a efectos prácticos, le reprochará nada. Si cae él, cae Felipe VI. Y en esto se escuda. El problema lo tiene el bipartidismo dinástico que apuntala la grieta sistémica. El PP se enorgullece. El PSOE se hipoteca en la indefinición por tratar de contentar a dos charcos sociológicos distintos. El coste electoral, antes o después, está claro quién lo padecerá.



























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