Hace un tiempo escuché como una persona le aconsejaba a otra diciéndole algo así: “conserva esos muebles, que ya no se hacen”. En la sugerencia subyacía la certeza de que las tiendas de muebles de antaño ya no están y que el producto sustituto ofrecido en las grandes galerías y centros comerciales están vendidos al por mayor, no son personalizados, son de menor calidad y, por ende, duran menos. En la tecnología lo denominan obsolescencia programada. Hace unos días nos tropezábamos con la noticia de que Muebles Floro cierra tras más de cincuenta años de actividad. El negocio, ubicado en Los Llanos, ha sido uno más de los que otorgan vida y pulso mercantil a una zona teldense cuyo ajetreo es considerable. Podría ser otra tienda, pero (en esta ocasión) ha sido esta. Y es una, como tantas otras que hubo, que reflejan el esplendor de crecimiento de Telde de la mano del alcalde Francisco Santiago.
Un mundo sociopolítico que ya no existe. Cuando en el presente la generación nacida a comienzos de la década de los años ochenta, en democracia, siente nostalgia por ese mundo que se esfumó, sentencia que hoy por hoy hay cosas que no están funcionando. Que el rango de expectativas intergeneracional se ha averiado. Que el ascensor social está roto. Porque no se puede tener menos de cuarenta años y sentir nostalgia, melancolía, por los años noventa. Es un indicador de que algo falla en la actualidad. Esa generación nació y creció al alimón del relato de la España y Europa de la prosperidad que estalló con la Gran Recesión de 2008. Un modelo que duró décadas en el cual todos se consideraban clases medias, no había trabajadores, era una ficción, y el que quería podía hacerse con dinero con esfuerzo o, en su defecto, dosis de astucia. Nada de eso concurre ya. Y Muebles Floro, como otros locales, irradia aquel universo de antaño. Locales que, por cierto, hoy cuestan alquilarse porque con la digitalización el espacio físico no es tan necesario como antes.
La velocidad que están adquiriendo los acontecimientos es una barbaridad. La pandemia lo ha acelerado todo. Y las consecuencias políticas son palpables aunque desconocemos aún cómo acabará todo esto. Juan Carlos I retorna a una España que ya no es la suya. Pero no es que no sea la que dejó tras su huida, que también, sino que no tiene nada que ver con la que el reinó. Cuando daba sus discursos televisados de Nochebuena, hasta pocos cursos antes de su abdicación, en los hogares se preparaba la mesa y se desplegaba el mantel a la vez que pensaban en los regalos, en el viaje lejano que harían en verano o en firmar esa hipoteca que les permitiría hacerse con otra propiedad. Todo eso se evaporó.
Por eso muchos jóvenes hoy, que en su niñez vivieron aquello, que lo mamaron, miran con nostalgia aquel mundo de ayer. Se educaron bajo la premisa de que les aguardaba un horizonte mejor que el de sus progenitores porque estos, a su vez, les había ocurrido lo propio con sus respectivos. Ese era el contrato intergeneracional. Esa era la cadena: ir siempre a mejor. Pero se rompió, se hizo añicos tras la crisis de 2008. Hoy hay trabajadores pobres, tener una nómina no garantiza nada. Eso antes era impensable. Y, en el fondo, en todo esto late el ritmo histórico que zarandea a la política. Con observar los cambios acontecidos en la última década, es más que suficiente.



























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