Que el sistema político se está deshaciendo de un tiempo a esta parte, es evidente. La crisis de legitimidad se agudiza, las problemáticas cardinales se acumulan sin obtener respuesta y, por ende, los partidos caen en desgracia, surgen otros nuevos y estos, a su vez, se reemplazan con facilidad. El voto es voluble y, por extensión, los feudos electorales de antaño en cualquier instante pueden dejar de serlo. Los compromisos militantes, ajenos a la vida institucional, caducan o directamente no se generan otros nuevos. Esto, ‘per se’, es preocupante. Pero más aún lo es otro riesgo que asoma en el horizonte: ¿a este ritmo puede suceder, más pronto que tarde, que la política se haga fuera de las instituciones? Es decir, que estas últimas sean rebasadas por la marea de los acontecimientos en el pulso social de la calle.
De siempre, los movimientos políticos sobrevienen de fuera de las instituciones. Estas son importantes pero el cambio estrictamente político nace fuera. Y es normal que así sea. Sin embargo, otra cosa muy distinta es que las instituciones se tornen inoperativas fruto de su degradación, el nivel de sus representantes y el alejamiento ciudadano, y, entonces, todo (y digo todo) el acontecer político se dirima en la calle. Sin ir más lejos, el asalto al Capitolio de los Estados Unidos en enero de 2021 por parte del ‘trumpismo’ tan solo fue un síntoma de todo esto. De hecho, el fascismo supone, tanto históricamente como potencial amenaza permanente, el ataque (cruento o blanqueado mediáticamente) de las instituciones democráticas.
Vox irrumpe plácidamente en las encuestas mientras la apatía ciudadana cunde. Vox emerge como fuerza que le pisa los talones al PP al tiempo que la sociedad interioriza (espoleada por numerosos medios de comunicación) que es una especie de fenómeno inevitable, con el que cabe codearse y negociar. Algunos dicen que la reacción vendrá tras los comicios andaluces que, sondeos en mano, apuntan a una mayoría absoluta (y holgada) entre el PP y la ultraderecha. Puede que entonces sea tarde. O, por lo menos, siempre será mejor reaccionar cuanto antes y no regalar el calendario a tus competidores.
Juan Carlos I vuelve a España. No habrá comisión de investigación parlamentaria. Tampoco la hubo con Alfonso XIII. Nada nuevo bajo el sol. Las restauraciones borbónicas se mancillan a la par que, en esa calle, nace la contestación. Sabemos que vivimos tiempos convulsos. Pero desconocemos el desenlace. El bipartidismo dinástico y sistémico trata de contener la ola. Ojalá lo logren. Vox debe ser neutralizado. Quizá el PSOE debería asumir el sacrificio de abstenerse en Andalucía, en caso de no ganar, para que el PP gobierne sin la extrema derecha. Por supuesto, implica un coste electoral. El mismo a son de Juan Carlos I, y no pasa nada. Porque ya no pasa nada, porque ya todo es igual. Al menos, que los sacrificios valgan para algo. Porque el problema, en realidad, no lo tiene Felipe VI sino el PSOE. Es su comprometida posición sistémica sin la cual es imposible concebir el éxito del sistema del 78. Por tanto, una abstención, si se tercia, podría ser un ejercicio de sentido de Estado del socialismo en aras de repeler a Vox. Andalucía es la antesala.


























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