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Criterio

TA ofrece la columna diaria de Rafael Álvarez Gil

direojed Lunes, 16 de Mayo de 2022 Tiempo de lectura:

No son los años. Hay personas por las que el discurrir de décadas apenas deja efecto. Las hay que aún, avanzada en edad ya, no han madurado. Y es que la madurez y los años no van en consonancia ‘per se’. Lo que sí te cambia, te cincela, son las lecturas o la sabiduría del pastor en su terruño en la cumbre. Eso deja, sin duda, una huella honda, distingue a quien sea frente al resto. Que es cuando los demás, incluso sin saberlo, sin decir la palabra exacta, cuando menos piensan este o esta tiene criterio. Tener criterio. Te hace libre o, como mínimo, más libres que otros. Ser quijotesco ante el sistema tampoco es plan.

 

Con el avance del calendario, valoras más los detalles, los que nos definen a nosotros mismos y a los demás. Valoras, por tanto, esa relación, esa amistad, esa otra u otro que nos aportan. Esa es la categoría del café, del compartirlo: la conversación, el saber estar y el diálogo mantenido con el aprecio recíproco. Porque tomar café sin más, lo hace cualquiera. Pero desplegar un tiempo de nuestras vidas y querer precisamente compartirlo, es lo que le otorga entidad a aquello de quedar para compartir. Sí, digo compartir, algo que ha quedado, por desgracia, en desuso al calor del neoliberalismo, los egoísmos, el narcisismo y la digitalización galopante.

 

A veces, es mejor la soledad. La soledad buscada. La barra del bar en la que miras a un camarero ajetreado y a los parroquianos mientras apuras el cortado. Esa es la vida. No hay más. No hay dinero ni fincas que te lleves en el ataúd. Todo se queda aquí. Solo podrás regodearte en la persona que amaste, en los tuyos, en las sonrisas (compartidas) que quedaron en algunos encuentros, en el saludo espontáneo de alguien que en la calle ves que te estima de verdad. El resto, se queda. La tarjeta de crédito la cortan con una tijera. Acaba en la papelera. La misma tarjeta con la que ufano de ti, sacabas a relucir como un revólver en restaurantes de postín y entradas de hoteles en aras de imponer un poderío que, en realidad, no era tal. Eras una hipoteca andante, eras un espíritu pobre, parco en expresiones, atado a las querencias de la sociedad de consumo. Preso de ti mismo.

 

Yo te quise. Tú me quisiste. Nos quisimos. Solo hizo falta una mirada, una caricia. Nadie quiere morirse. Pero la muerte ni siquiera avisa en innumerables ocasiones. Un paseo por la plaza de San Juan en Telde, por el casco de Arucas, por la canariedad de Agüimes, por las calles de Gáldar o una ruta rumbo a Tejeda y Artenara en un día soleado, espléndido, de los que evocan la ilusión que irradia la vida, lo es todo. Vivir, de eso se trata. Tan precario, tan efímero, para muchos; tan consistente para unos pocos, los que sí detectaron los gozos simbólicos de la vida. Solo en función del criterio, de la madurez, de interiorizar lo pasajero con la salvedad de la buena energía que entregaste a los demás, de los sentimientos lucidos, te nutre, te expandes. Hoy es lunes. Una jornada, como las otras, que le darán contenido esos destalles descritos. Un beso, unas palabras, un recuerdo. Todo se va. Solo queda la esencia del alma, la real, la auténtica, la compartida.

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